La ópera prima en solitario de Pep Garrido, cineasta vinculado a la pedagogía audiovisual y cofundador de Cinema en Curs, adapta la novela homónima de Núria Albó que obtuvo el premio Vaixell de Vapor en 1984, trasladando a la pantalla un relato juvenil ambientado en el Montseny. Producida por Atiende Films junto a DACSA Produccions, la cinta llega ahora a las salas españolas después de pasar por el D'A Film Festival Barcelona y recibir una mención especial del jurado en el Festival FicCat, lo que sitúa su recorrido en un circuito de festivales interesado por propuestas de escala media y raíz territorial. Garrido, que ya había abordado el duelo infantil en el cortometraje documental 'Dol i fa sol' codirigido con Maria Besora, cambia aquí de registro para construir una ficción donde la pérdida se filtra a través de la mirada de una criatura que habita un espacio rural y boscoso, con Dolça Salvans Portell al frente de un reparto completado por Sara Espígul, Sergio Caballero, Isabel Rocatti, Núria Molas y Mia Vinyoles, y con Clara Peya a cargo de una partitura pianística que interviene de manera intermitente.
La trama sigue a Tanit, una niña de unos diez años que reside en una casa rural del Montseny y que ve cómo la atención de sus padres, ambos sanitarios, se desplaza hacia un embarazo de riesgo que mantiene a la madre en reposo. La desaparición del perro Xuc empuja a la protagonista a adentrarse en el bosque más allá de los límites conocidos, donde descubre la vivienda de la abuela Perona, una anciana aislada a la que el vecindario atribuye prácticas de brujería. Entre ambas surge un vínculo de aprendizaje centrado en plantas medicinales, ungüentos y formas de pensar ajenas a los cánones que rigen la vida de la niña, mientras en casa se consuma la muerte de la hermana nonata y la familia debe reconfigurar sus lazos. La película sostiene así una estructura de iniciación donde lo fantástico se integra en lo cotidiano, sin fuegos de artificio, y donde el duelo se convierte en el eje que articula el crecimiento forzado de la protagonista.
El reparto sostiene el edificio con una Dolça Salvans Portell que trabaja desde la opacidad y la presencia física, en una línea que conecta con la tradición de niñas actorales del cine peninsular sin imitar modelos previos, y con una Isabel Rocatti que construye a Perona al margen de la anciana sabia y afectuosa, ofreciendo una figura áspera cuya utilidad para Tanit nace precisamente de su distancia respecto al hogar. Los padres, interpretados por Espígul y Caballero, funcionan como adultos desbordados que corrigen el lenguaje de la niña y esquivan sus preguntas sobre la muerte, mientras la tía ganadera de Núria Molas introduce un vínculo con la materia viva que resuena con títulos recientes como '20.000 especies de abejas' de Estibaliz Urresola. La evolución de Tanit se mide en su progresiva capacidad para nombrar lo que ocurre, y el grito desde el asiento trasero del coche, reclamando que nadie tiene ganas de hacerse mayor, condensa una resistencia que atraviesa la función entera.
La dirección de Garrido apuesta por mantener la cámara cerca del rostro de la protagonista, con encuadres pacientes y movimientos precisos que sitúan al espectador en la altura de la niña y filtran el mundo adulto a través de su percepción, de modo que una verbena con mujeres disfrazadas de brujas o un juego infantil adquieren una dimensión extraordinaria sin necesidad de subrayados. La fotografía de Asia Julia La-Roca convierte el Montseny en un territorio con peso propio, un espacio de aislamiento que sostiene el tono de cuento rural y que por momentos funciona como un personaje adicional, aunque la puesta en escena recurra a soluciones más funcionales que memorables. La música de Peya aparece y desaparece dejando que los sonidos del bosque ocupen la mayor parte del metraje, y el tratamiento del duelo evita el dramatismo añadido para observar cómo la pérdida obliga a reordenar los vínculos familiares, con una escena culminante en la que Tanit mira al cielo y la mirada le es devuelta por Perona como confirmación de un linaje femenino que habita el mundo desde la diferencia.
La dimensión social del relato aparece en la contraposición entre la medicina hospitalaria de los padres y los saberes curativos de Perona, dos caras de una misma necesidad de explicar la enfermedad y la muerte que la película expone sin caer en la apología de la pseudociencia, señalando más bien cómo el miedo a la verdad empuja a buscar refugio en relatos alternativos. El prejuicio colectivo hacia la anciana, temida por los niños y apartada por el pueblo, introduce una reflexión sobre la exclusión de quienes se sitúan fuera de la norma, y la pertenencia de Tanit a una familia estructurada pero atravesada por una nota discordante permite leer el filme como una indagación sobre la diferencia y sobre la dificultad de encajar cuando el lenguaje todavía resulta insuficiente para nombrar lo que se siente. La adaptación de Albó conserva su condición de cuento familiar y la abre a una complejidad afectiva que trasciende el público juvenil, con una sensibilidad que acompaña la extrañeza infantil sin pretender domesticarla, en una operación similar a la que Urresola desplegó en su acercamiento a la infancia.
Crítica elaborada por Estela Schiaffino
