Cine y series

Salcedo, cuero y boogaloo

Laura Tatiana Bohórquez

2026



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La noche caleña se convierte en el escenario donde Martín Salcedo prueba los límites de su propia resistencia, y ese escenario tiene nombre propio: Quiebracanto, un bar de salsa que Dago García rescata de su memoria personal para construir esta derivación de 'La primera vez'. Laura Tatiana Bohórquez asume la dirección de doce episodios de corta duración, una fórmula que Caracol Televisión y Netflix ensayan con la intención de comprimir la tensión dramática en intervalos que apenas superan los diez minutos. La producción hereda el universo de la serie original, pero lo despoja de la ingenuidad adolescente para sumergirse en una atmósfera donde el alcohol y las sustancias ilegales tejen una red de complicidades que atrapan a quienes se acercan al centro de la fiesta. La elección de centrar la narrativa en un personaje secundario de la ficción madre supone un riesgo calculado, ya que Salcedo carecía del desarrollo que ahora se le exige, y el guion debe construir desde cero sus motivaciones sin el apoyo de tramas previas que lo justifiquen.

Martín Salcedo, encarnado por Sergio Palau, abandona cualquier resquicio de juventud para enfrentarse a un entorno donde Laura Pinilla, interpretada por Paola González, y Quiebra Canto, a cargo de Ramiro Meneses, actúan como catalizadores de su caída. La relación entre estos tres personajes articula el conflicto central, aunque la brevedad de los capítulos impide que el espectador asista a una evolución orgánica del protagonista, cuyos cambios de actitud resultan más abruptos que meditados. Palau imprime a su personaje una mezcla de fascinación y desconfianza que mantiene la atención, pero el libreto de García prefiere los golpes de efecto a la construcción paulatina, de modo que cada episodio ofrece un punto de inflexión que a menudo carece del soporte emocional necesario. Los diálogos, escritos con un registro coloquial que captura el habla de Cali, funcionan mejor en las escenas de conflicto abierto que en los momentos de supuesta intimidad, donde la prisa por avanzar en la trama deja frases huecas que apenas esbozan los estados de ánimo de los personajes secundarios, como Daniela, el papel de Laura Taylor, que permanece en un segundo plano sin alcanzar la relevancia que su presencia sugiere.

La música, y en concreto el boogaloy que da título a la serie, opera como un personaje más dentro del relato, marcando el ritmo de las secuencias y estableciendo un contraste entre la energía colectiva del baile y la soledad que acompaña a Salcedo cuando la pista se vacía. La dirección de Bohórquez utiliza la cámara para seguir los movimientos de los bailarines con una fluidez que remite al documental de observación, pero esa misma técnica se torna estática cuando la acción se traslada a los espacios privados, donde los planos fijos prolongan la incomodidad de las conversaciones incómodas. El diseño de producción recrea con acierto la atmósfera de los bares salseros de los años ochenta, aunque ciertos detalles de vestuario y atrezzo resultan demasiado pulcros para un ambiente que debería transmitir desgaste y marginalidad. La fotografía de Sonia Pérez apuesta por una paleta de tonos cálidos que envuelven la noche, pero esa elección estética contradice la crudeza de los temas tratados, como el tráfico de drogas y la explotación de jóvenes en locales nocturnos, creando una distancia incómoda entre lo que se ve y lo que se sugiere.

Las implicaciones sociales de esta microserie merecen un análisis detenido, porque el relato retrata un ecosistema donde el éxito efímero se compra con la sumisión a figuras de poder que operan al margen de la ley. La figura de Quiebra Canto, que Ramiro Meneses interpreta con un carisma turbio, encarna al mentor que ofrece reconocimiento a cambio de lealtad ciega, una dinámica que refleja ciertas estructuras de dominación presentes en la cultura juvenil colombiana. La serie evita el maniqueísmo al mostrar que el propio Salcedo busca activamente su perdición, impulsado por una necesidad de validación que sus relaciones familiares, apenas esbozadas a través de Luisa Salcedo, no logran satisfacer. Sin embargo, la condensación del metraje resta espacio para explorar las consecuencias de las decisiones del protagonista, de manera que el espectador asiste a los excesos sin percibir plenamente su coste físico y psicológico, una omisión que empobrece el potencial crítico de la propuesta. El reparto coral, donde figuras como Carlos Mariño o Jaisson Jeack cumplen con solvencia, aporta textura al conjunto, pero la fragmentación de sus intervenciones convierte sus personajes en meros apuntes que apenas dejan huella.

La apuesta por el formato de episodios brevísimos plantea interrogantes sobre la capacidad del relato seriado para abordar temáticas adultas sin caer en la superficialidad, y 'Salcedo, cuero y boogaloo' ofrece resultados desiguales en ese sentido. Los capítulos de once minutos logran mantener un ritmo vertiginoso que engancha al espectador, pero esa misma inmediatez impide que las situaciones adquieran la densidad que su trasfondo reclama, especialmente en lo referente a las derivas morales del protagonista. La producción, respaldada por la experiencia de Caracol en ficción colombiana, asegura unos estándares técnicos aceptables, aunque la planificación de los planos y la continuidad entre escenas revelan cierta precipitación en el montaje, tal vez forzada por la necesidad de ajustarse a los tiempos estipulados. La serie funciona como un experimento narrativo que interpelará a los seguidores del universo de García, pero su dependencia del conocimiento previo limita su capacidad de atraer a nuevos públicos, un riesgo que los creadores asumen al apostar por la continuidad de un universo ya consolidado.

Crítica elaborada por Mario Lozano

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