Cine y series

Hasta el final

Ludovic Colbeau-Justin, Nawell Madani

2026



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Ludovic Colbeau-Justin y Nawell Madani firman un relato que arranca en la cotidianidad de una monitora de boxeo para derivar hacia el asedio hospitalario, una progresión que revela las costuras de un guion partido en dos mitades incomunicadas. 'Hasta el final' (título francés 'Jusqu'au bout') sitúa a Jada, madre soltera tras un largo peregrinaje por tratamientos de fertilidad, ante el peor de los panoramas: su hijo Noa padece una leucemia de pronóstico sombrío y la lista de espera para un trasplante de médula se antoja interminable. La cinta, producida por Moana Films y distribuida mundialmente por Netflix, combina el drama familiar con el thriller de rehenes, pero esa hibridación funciona más como un truco de montaje que como una evolución orgánica del conflicto. Nawell Madani, que además asume el papel protagonista, comparte la responsabilidad de la puesta en escena con Colbeau-Justin, y ambos imponen un ritmo que vacila entre la crónica social y el melodrama de acción, sin que ninguno de los dos registros logre imponerse con claridad. La película pertenece a esa estirpe de producciones que pretenden denunciar la precariedad de los sistemas sanitarios, pero el empeño didáctico termina por devorar cualquier atisbo de sutileza narrativa.

La primera media hora de metraje se consagra a reconstruir la odisea reproductiva de Jada, con sucesivas visitas a la clínica, discusiones con su esposo Paul y una soledad que la cámara subraya mediante planos cerrados sobre su rostro. Esa insistencia en el pasado, aunque comprensible para justificar la devoción materna, lastra el arranque con una densidad que roza el boletín médico, y los diálogos entre la pareja recurren a tópicos del desgaste conyugal sin aportar matices que los distingan de cualquier otro conflicto doméstico. Guillaume Gouix, en el papel de Paul, encarna al padre ausente que reaparece cuando la enfermedad agrava la situación, pero su transformación de esposo distante a compañero solidario ocurre con una precipitación que anula cualquier evolución creíble. Los niños ingresados en el hospital, entre ellos Noa, exhiben una verborrea adulta que choca con su edad, y sus peleas y celos, lejos de humanizar el entorno, convierten la planta pediátrica en un escenario de murmullos irritantes donde la empatía del espectador encuentra obstáculos continuos. La dirección opta por una fotografía limpia y una iluminación neutra que acentúa la sensación de esterilidad clínica, pero ese acierto visual no compensa la incapacidad del guion para dotar de densidad a unos personajes que se definen exclusivamente por su sufrimiento.

El punto de inflexión llega cuando Jada, desbordada por la burocracia y la lentitud de los trámites, se apodera de un arma de un vigilante y retiene a todo el personal y los pacientes del ala infantil. Ese salto de la desesperación silenciosa a la acción violenta se ejecuta sin una transición que justifique psicológicamente la metamorfosis, y la película entra entonces en un terreno pantanoso donde las normas del thriller chocan con el realismo que se había esforzado en construir. La toma de rehenes, lejos de generar tensión creciente, se resuelve con una facilidad desconcertante: los médicos se pliegan a las exigencias de Jada, los niños la vitorean como a una heroína y las autoridades negocian en directo sin oponer resistencia seria. Esa ausencia de fricción moral convierte el acto extremo en una ocurrencia sin consecuencias, y la cinta desperdicia la oportunidad de explorar el dilema entre la ley y la necesidad, entre la seguridad colectiva y el instinto maternal. Los secundarios, desde el director del centro hasta la enfermera jefe, reaccionan con una uniformidad que los reduce a comparsas de la epopeya individual de Jada, y el público asiste a un desfile de gestos de apoyo que eliminan cualquier sombra de ambigüedad.

Más allá del entretenimiento, 'Hasta el final' pretende interpelar a la conciencia ciudadana sobre la escasez de recursos en oncología pediátrica, y de hecho el epílogo incluye un enlace a una fundación de donantes, pero esa urgencia reivindicativa se topa con un relato que simplifica la complejidad del problema hasta hacerlo irreconocible. La película retrata un sistema de salud francés colapsado, con listas de espera que condenan a los enfermos, pero la solución que propone Jada, esto es, la coacción armada, recibe un respaldo universal que trivializa las graves implicaciones éticas de su proceder. Los responsables del filme convierten la carencia de donantes en un obstáculo que se supera gracias a la publicidad mediática, y esa resolución optimista desactiva cualquier crítica seria a las estructuras burocráticas, porque el poder de los medios y la presión popular aparecen como varitas mágicas que resuelven en horas lo que meses de trámites no habían logrado. La interpretación de Madani sostiene el conjunto con una entrega física que transmite el agotamiento de una madre al borde del colapso, pero su esfuerzo choca con unos diálogos que reiteran frases manidas sobre el amor filial y la lucha sin cuartel. El mensaje sobre la financiación de la investigación y la urgencia de los trasplantes queda así diluido en un envoltorio de convenciones cinematográficas que priorizan la eficacia dramática sobre la verosimilitud y la reflexión.

El desenlace, con Noa recibiendo el trasplante y la reconciliación de los padres sellada con una mirada cómplice, cierra el arco con un broche de oro que sabe a concesión comercial, porque todos los conflictos se resuelven sin pérdidas ni arrepentimientos, y la audiencia abandona la sala con la certeza de que la determinación individual basta para doblegar cualquier adversidad. Esa conclusión edulcorada desdice el tono áspero que la película había ensayado en sus momentos más crudos, y revela la falta de valentía de unos guionistas que prefieren la catarsis fácil al malestar productivo. La dirección, por su parte, demuestra oficio en las secuencias de acción, con un uso dinámico de los espacios cerrados, pero falla a la hora de mantener la cohesión entre las dos mitades, que parecen pertenecer a proyectos distintos. El resultado final deja la impresión de un producto bienintencionado pero torpe, que confunde la intensidad con el grito y la denuncia con el cartel propagandístico, y que sacrifica la complejidad de sus personajes en el altar de una trama que prioriza el impacto inmediato. Quienes busquen un retrato sincero de la lucha contra la enfermedad infantil encontrarán aquí apenas un esbozo, porque el filme prefiere el atajo narrativo a la exploración minuciosa, y esa opción lastra cualquier aspiración a trascender el mero pasatiempo lacrimógeno.

Crítica elaborada por Dani Miguel Brown

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