La industria cinematográfica india continúa explorando las figuras históricas más relevantes de su pasado, y en esta ocasión el actor Riteish Deshmukh asume el doble desafío de protagonizar y dirigir una superproducción sobre la vida de Chhatrapati Shivaji Maharaj, el legendario guerrero que fundó el imperio maratha en el siglo XVII. Deshmukh, conocido por sus trabajos en la comedia y el cine regional marathi, se embarca en un proyecto de dimensiones colosales que busca narrar los albores de la resistencia contra los imperios mogol y adil shahi. La película, que cuenta con un reparto estelar donde figuran Sanjay Dutt, Abhishek Bachchan y Vidya Balan, se estrena en Netflix después de su paso por las salas cinematográficas, generando expectativas tanto por su espectacularidad visual como por la controvertida elección de su protagonista. El filme se inscribe en una corriente de producciones históricas que han ganado popularidad en los últimos años, aunque Deshmukh intenta diferenciarse apostando por un enfoque más contenido que sus predecesoras.
El argumento de 'Raja Shivaji' abarca desde el nacimiento del héroe hasta su victoria definitiva sobre el general Afzal Khan en la batalla de Pratapgarh, un periodo crucial que sentó las bases del autogobierno maratha. La estructura narrativa se divide en ocho capítulos que avanzan con ritmo desigual a lo largo de sus más de tres horas de duración. La primera mitad presenta la infancia y juventud de Shivaji, mostrando cómo las injusticias cometidas por los gobernantes musulmanes despiertan en él la conciencia de la necesidad de un reino independiente. El vínculo con su hermano Sambhaji, interpretado por Abhishek Bachchan, constituye el eje sentimental de esta sección, aportando cierta calidez a las extensas secuencias de acción. Sin embargo, la película se enfrenta a un problema estructural evidente: la acumulación de escenas bélicas que, aunque técnicamente competentes, terminan por saturar al espectador. La representación gráfica de la violencia, con miembros cercenados y cuerpos ensangrentados, se repite hasta perder parte de su impacto inicial.
Los personajes que pueblan este universo histórico presentan una marcada dicotomía entre el bien y el mal, aunque Deshmukh evita caer en una demonización sistemática de los gobernantes musulmanes. Sanjay Dutt encarna a Afzal Khan con la contundencia escénica que caracteriza sus interpretaciones de villano, convirtiéndose en el contrapunto perfecto para un Shivaji que, en manos del propio director, resulta correcto pero carente del carisma necesario para sostener el peso de la leyenda. La química entre ambos alcanza su punto álgido durante el encuentro final, donde la estrategia y la inteligencia prevalecen sobre la fuerza bruta. Abhishek Bachchan brilla en su papel de hermano mayor, aportando la energía que a veces falta en la actuación de Deshmukh. Vidya Balan, aunque con un rol secundario como la begum intrigante, demuestra una vez más su versatilidad interpretativa, mientras que Bhagyashree ofrece contención en el papel de madre que exige venganza. El cameo de Salman Khan, aunque breve, inyecta una dosis de energía al conjunto.
La dirección de Deshmukh revela un pulso firme en las escenas de diálogo y en los momentos de mayor carga emocional, donde logra transmitir la devastación de un hijo que debe comunicar a su madre la muerte de su hermano. Sin embargo, cuando se enfrenta a las secuencias de acción masivas, el director parece depender excesivamente de los recursos técnicos, resultando en un acabado visual que alterna entre la majestuosidad y la artificialidad. La fotografía de Santosh Sivan captura la grandiosidad de los paisajes del Decán con habilidad, aunque las imágenes generadas por ordenador rompen en ocasiones la ilusión de realismo. El uso reiterado de la cámara lenta para enfatizar la heroicidad del protagonista acaba resultando cansino, un defecto común en el género que Deshmukh no consigue eludir completamente. La banda sonora de Ajay-Atul cumple su función de subrayar los momentos épicos, pero peca de una excesiva familiaridad que resta originalidad al conjunto.
Las implicaciones políticas y sociales de 'Raja Shivaji' merecen un análisis detenido, especialmente en el contexto actual de la India. La película se alinea con una tendencia cinematográfica que utiliza el pasado para reforzar narrativas nacionalistas, presentando la lucha de Shivaji como un precedente de la identidad india contemporánea. Deshmukh, sin embargo, introduce matices que distinguen su obra de otros productos similares, al mostrar que los enemigos del héroe no siempre pertenecen a una confesión religiosa determinada. El filme aborda la traición entre marathas y la complejidad de las alianzas políticas, sugiriendo que la opresión no conoce fronteras religiosas. Esta aproximación, aunque superficial, representa un avance respecto a la simplificación binaria que caracteriza a muchas producciones del género. La representación de las mujeres, especialmente a través de los personajes de Jijabai y Saibai, otorga cierta profundidad a una narrativa habitualmente dominada por figuras masculinas.
El resultado final de 'Raja Shivaji' se sitúa en un terreno intermedio entre el éxito y el fracaso. La película cumple con los requisitos del cine de entretenimiento masivo, ofreciendo espectáculo visual y momentos de intensidad dramática, pero adolece de una visión más audaz que hubiera permitido trascender los límites del género. Deshmukh demuestra su valía como director al gestionar un reparto coral y mantener la coherencia narrativa durante un metraje extenso, pero su interpretación en el papel principal resulta insuficiente para elevar el conjunto. Las escenas de acción, aunque técnicamente elaboradas, carecen de la innovación necesaria para destacar en un panorama cinematográfico saturado de producciones similares. La película funciona mejor en sus momentos más íntimos, cuando los personajes dejan a un lado la épica para mostrar sus vulnerabilidades. Quizás el mayor acierto de Deshmukh haya sido rodearse de un elenco de secundarios que compensan las limitaciones del protagonista, creando un equilibrio que sostiene el interés del espectador a lo largo de las tres horas de proyección.
Crítica elaborada por Mario Lozano
