Cine y series

Prefiero la muerte

Sebastián Sariñana

2026



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Sebastián Sariñana concibe ‘Prefiero la muerte’ como un relato donde lo sobrenatural irrumpe en la rutina de un pueblo llamado Mendoza, y lo hace con una mezcla de registros que desconcierta y atrae a partes iguales. La premisa arranca cuando Archie, un estudiante sin brillo social, es mordido por un muerto viviente en una tienda de barrio. Ese incidente lo empuja a una carrera contra su propia transformación, acompañado por Cris, una amiga gótica, y Brenda, de quien está enamorado. Fernanda Castillo interpreta a una detective que orienta a los chicos en medio del desconcierto. Sariñana, que también firma el guion junto a Humberto Hinojosa en la codirección, apuesta por un tono que oscila entre el susto y la carcajada, sin tomarse demasiado en serio a sí mismo. Esa decisión otorga a la serie una identidad peculiar, aunque también plantea dudas sobre su consistencia. El resultado es un artefacto que se mueve entre el homenaje y la parodia, donde la amenaza zombi sirve como excusa para retratar los miedos de una generación que lidia con la presión social, la religión y la incertidumbre afectiva.

El relato avanza con un ritmo que privilegia el desconcierto sobre la lógica, y ahí reside su mayor atractivo y su riesgo más evidente. Los ocho episodios encadenan situaciones donde lo absurdo se asume sin justificación, desde una secta de señoras devotas hasta un esquema de venta de vitaminas. Ese caos deliberado busca reflejar una manera mexicana de afrontar la desgracia, mezclando humor negro con sangre y momentos de ternura adolescente. Sin embargo, la acumulación de giros puede producir una sensación de dispersión, como si la serie confiara más en el impacto inmediato que en la construcción de una tensión sostenida. La música de Camilo Lara, con guitarras distorsionadas y aires lo-fi, refuerza esa atmósfera punk que Sariñana buscó desde el rodaje. Las interpretaciones juveniles, en especial la de Diego Bernal, sostienen el peso de una historia que exige pasar de la comicidad al desamparo con soltura. Lilith Curiel aporta una seriedad que ancla el desconcierto general, mientras Farah Justiniani completa un trío cuya química resulta creíble. Los actores veteranos, como Luis Fernando Peña y Armando Hernández, introducen una capa de duda generacional que enriquece el conjunto.

La propuesta de Sariñana explora el suicidio y la crisis adolescente sin subrayados moralizantes, integrando esos temas en la mecánica del apocalipsis. Archie descubre que su tiempo puede agotarse, y esa certeza lo impulsa a actuar, a decir lo que antes callaba, a intentar reparar vínculos. La serie sugiere que la proximidad de la muerte, lejos de paralizar, puede despertar una urgencia vital. Esa idea se desarrolla con eficacia en los momentos de introspección del protagonista, aunque el guion recurre a veces a soluciones precipitadas para cerrar conflictos secundarios. La dirección de Sariñana y Hinojosa acierta al mantener un tono que evita el dramatismo excesivo, pero pierde fuerza cuando intenta abarcar demasiados frentes. La amenaza zombi, el romance, la conspiración y la crítica social compiten por espacio, y esa ambición termina por diluir el foco. Aun así, la serie logra momentos de auténtica extrañeza, como si el fin del mundo fuera una excusa para hablar de lo cotidiano. Esa convivencia entre lo grotesco y lo tierno constituye su aportación más interesante.

‘Prefiero la muerte’ se estrena en Prime Video con una temporada completa, y su apuesta por un humor irreverente y una estética mexicana reconocible la distingue de otros relatos de zombis. La serie encuentra su mejor versión cuando se abandona al absurdo sin pedir permiso, cuando las señoras religiosas y los punks comparten plano sin jerarquía. Ahí reside una mirada crítica sobre la manera en que la sociedad mexicana convive con la tragedia, riéndose de ella para sobrellevarla. Sin embargo, esa misma dispersión impide que la historia alcance una densidad mayor. Los personajes secundarios quedan esbozados, y algunas subtramas se resuelven con prisa. La serie funciona como entretenimiento y como retrato generacional, pero su apuesta formal se queda a medio camino entre la provocación y la comedia ligera. Sariñana demuestra oficio para sostener el tono, aunque la acumulación de elementos reste cohesión. El resultado es una propuesta que se disfruta por momentos, que arriesga en su mezcla de registros, pero que confía demasiado en el desconcierto como motor narrativo.