La trayectoria de Damon Thomas como realizador televisivo ha orbitado alrededor de mujeres letales y estéticas cuidadas, y en ‘Kill Jackie’ insiste en ese territorio con una historia que aspira a la elegancia criminal. Catherine Zeta-Jones encarna a Jackie Price, una comerciante de arte que durante dos décadas ha sabido moverse entre millonarios y paraísos fiscales. Su rutina se rompe cuando un grupo de asesinos irrumpe en su piso londinense y descubre que la refinada galerista fue, tiempo atrás, una narcotraficante temida. A partir de ahí, la serie la empuja a desempolvar viejos instintos mientras una organización de sicarios conocida como los Siete Demonios la persigue por media Europa. La premisa encierra un conflicto moral jugoso: la protagonista ha construido su respetabilidad sobre un pasado de violencia y ahora debe pagar facturas que creía olvidadas. Sin embargo, Thomas y sus guionistas resuelven ese dilema con una ligereza que roza la frivolidad, tratando el crimen como un accesorio de moda y la culpa como un estorbo que se aparta a un lado cuando conviene. La puesta en escena se apoya en localizaciones soleadas y una fotografía reluciente, pero esa superficie acaba funcionando como un barniz que oculta la falta de sustancia.
Zeta-Jones interpreta a Jackie con una frialdad que pretende ser ironía y termina pareciendo indiferencia. La actriz galesa luce su acento natal por primera vez en pantalla, un detalle que aporta cercanía, aunque el texto le exige una y otra vez reaccionar a la muerte de seres queridos con una entereza que desconcierta. Cuando la serie necesita que sintamos su dolor, la actriz se queda en un registro monocorde que impide conectar con su supuesta angustia. A su alrededor, Daniel Ings encarna a Sam, un abogado pusilánime que sirve de contrapunto cómico, y Hattie Hook da vida a Charlie, la asistente leal que acepta los secretos más oscuros de su jefa con una naturalidad pasmosa. La química entre el trío funciona a ratos, sobre todo cuando el guion les permite improvisar salidas absurdas, pero el conjunto carece de un anclaje afectivo sólido. Los villanos, empezando por una Sidse Babett Knudsen que se divierte con su papel de intermediaria, aparecen y desaparecen sin dejar huella, y la muerte de personajes secundarios se resuelve con una indiferencia que impide que el relato gane peso dramático.
El mayor problema de ‘Kill Jackie’ radica en su incapacidad para decidir qué quiere contar. La serie alterna el thriller de venganza con la comedia negra y el drama familiar sin encontrar un tono estable, de modo que cada secuencia parece pertenecer a un proyecto distinto. Los saltos temporales hacia el pasado de Jackie buscan justificar su comportamiento, pero llegan tarde y con escasa convicción, mientras que la conspiración que sostiene la trama se revela tan enrevesada como hueca. Los Siete Demonios, presentados con aspavientos de cómic, resultan antagonistas intercambiables: un sicario cubano, una científica con parche en el ojo, un par de hermanos teutones. Esa galería de caricaturas resta tensión a unos enfrentamientos que se resuelven gracias a recursos arbitrarios, como si la protagonista dispusiera siempre de un as en la manga. La violencia, abundante y coreografiada con esmero, produce un efecto anestésico porque nunca hay duda de que Jackie saldrá airosa. El entretenimiento se sostiene sobre la imitación de referentes ajenos y sobre la certeza de que la heroína es invulnerable.
Desde un punto de vista moral, la propuesta plantea una incoherencia llamativa. Jackie se presenta como una mujer que ha dejado atrás el narcotráfico para dedicarse al comercio de arte, pero la serie evita examinar las consecuencias reales de su antigua actividad. Las víctimas de su pasado importan poco; lo que cuenta es que ella conserve el estilo y la sonrisa cínica. Esa indulgencia convierte el relato en una apología de la impunidad, donde la riqueza y el encanto justifican cualquier crimen. Al mismo tiempo, la decisión de transformar al protagonista masculino de la novela en una mujer madura resulta interesante, aunque el guion la aproveche más como reclamo que como materia dramática. Nos queda una protagonista que presume de experiencia y de independencia, pero cuya evolución se limita a encadenar persecuciones sin enfrentar sus responsabilidades. El resultado es una serie vistosa que se consume con facilidad y se olvida con la misma rapidez, porque bajo su brillo superficial late un vacío narrativo que ninguna actuación puede disimular.
