'Prácticamente magia 2' llega a las salas casi tres décadas después de que las hermanas Owens se ganaran un hueco en el imaginario colectivo con su mezcla de brujería, romance y tragicomedia familiar. Susanne Bier, cineasta danesa con una trayectoria que transitó desde el Dogma 95 hasta producciones de prestigio para plataformas, se pone al frente de esta continuación que recupera a Sandra Bullock y Nicole Kidman en los papeles de Sally y Gillian. El guion, firmado por Akiva Goldsman, Georgia Pritchett y Kelly Marcel, adapta 'El libro de la magia' de Alice Hoffman y sitúa la acción en dos escenarios: la casa familiar de Massachusetts y una Inglaterra fría y gris que sirve como telón de fondo para la búsqueda de los orígenes del clan. La cinta arranca con la muerte del segundo marido de Sally, Gary, lo que la lleva a borrar los recuerdos mágicos de sus hijas Kylie y Antonia para protegerlas de la maldición que condena a todo hombre que ame a una Owens. Años después, Kylie, ya universitaria, ve cómo su novio Gideon cae en coma tras ser arrollado, lo que desencadena un viaje a Inglaterra para romper el hechizo ancestral. La película plantea así una continuación que revisa el legado de la original desde una perspectiva generacional.
La trama se sostiene sobre una estructura que replica el esquema del filme de 1998: una crisis sentimental provoca la ruptura del equilibrio familiar, las hermanas se separan y luego se reencuentran para enfrentar juntas una amenaza sobrenatural. Joey King y Maisie Williams interpretan a las hijas de Sally, aunque sus trayectorias quedan desigualmente repartidas. Kylie acapara el protagonismo en la misión de salvar a Gideon, mientras Antonia permanece recluida en un hospital de Boston, con un arco narrativo que la reduce a una presencia casi ornamental. La película introduce a un profesor de ocultismo, Ian Wright, encarnado por Lee Pace, que se convierte en interés romántico de Sally y en guía en tierras británicas. Frente a él, un brujo llamado Thomas, interpretado por Solly McLeod, representa la cara oscura del deseo de poder. Esta dualidad masculina, entre el hombre que apoya y el que consume, articula una reflexión sobre las relaciones afectivas y la manera en que el patriarcado se infiltra incluso en comunidades que se pretenden alternativas. La cinta sugiere que la solidaridad femenina, representada por el vínculo entre Sally, Gillian y las tías Frances y Jet, constituye el único refugio fiable ante un mundo que sigue castigando la autonomía de las mujeres.
La dirección de Bier apuesta por una estética pulida, con una iluminación que difumina las marcas del tiempo en los rostros de las protagonistas y una fotografía que abandona la calidez otoñal del original para abrazar tonos fríos y digitales. Este cambio de textura visual acompaña el traslado de la acción a Inglaterra, donde la película pierde parte del encanto doméstico que caracterizaba a la primera entrega. Los efectos especiales, más abundantes y evidentes, restan sutileza a una magia que antes se intuía en pequeños detalles cotidianos. La química entre Bullock y Kidman sostiene gran parte del metraje, con una Gillian despreocupada y hedonista frente a una Sally rígida y ansiosa, aunque el guion las confina a roles que repiten sus dinámicas previas sin explorar nuevas facetas. La película dedica espacio a la vejez de Frances y Jet, interpretadas por Stockard Channing y Dianne Wiest, y plantea la muerte como una transición serena, lo que otorga cierta densidad a un relato que, por lo demás, se dispersa en subtramas y conveniencias narrativas.
El filme aborda de manera tangencial la transmisión intergeneracional del trauma, la culpa de las madres que intentan proteger a sus hijas mediante el ocultamiento y la dificultad de romper con herencias afectivas que se arrastran durante siglos. La decisión de Sally de borrar la memoria mágica de sus hijas plantea un dilema moral sobre la conveniencia de la ignorancia frente al conocimiento, aunque la resolución del conflicto resulta predecible y carente de matices. La película sugiere que la brujería funciona como metáfora de cualquier legado familiar que condiciona la libertad individual, ya sea una enfermedad, una pobreza o una estructura de pensamiento heredada. Sin embargo, el tratamiento de este tema queda subordinado a la mecánica de la trama, que prioriza la acción sobre la reflexión. La cinta se estrena en un panorama saturado de continuaciones tardías y parece consciente de su condición de producto nostálgico, aunque logra momentos de complicidad con el espectador gracias a la complicidad evidente entre sus protagonistas.
La película concluye con una secuencia que reúne a las tres generaciones de mujeres Owens en un ritual que celebra la continuidad del linaje y la aceptación de la magia como parte inseparable de su identidad. Este cierre, aunque previsible, conecta con el mensaje central de que la fuerza reside en la comunidad y en la aceptación de la propia naturaleza. Bier consigue que el conjunto resulte digerible, con un ritmo que alterna escenas de humor ligero y pasajes de drama sobrenatural, pero la sensación final es la de un producto que recicla fórmulas sin aportar una mirada renovada. La película cumple con su función de entretener y ofrece un reencuentro con personajes queridos, aunque lo hace a costa de sacrificar la intimidad y la extrañeza que convirtieron a la original en un referente de culto.
Crítica elaborada por Andrés Gómez
