Cine y series

Oasis: Don't Look Back in Anger

Dylan Southern, Will Lovelace

2026



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La reconstrucción de un vínculo fraternal fracturado durante quince años se convierte en el eje central de 'Oasis: Don't Look Back in Anger', un documental dirigido por Will Lovelace y Dylan Southern que se sumerge en la gira de reunión de 2025 de la banda británica. Los realizadores, responsables de trabajos previos sobre formaciones como LCD Soundsystem y Blur, construyen un relato que trasciende la mera crónica musical para adentrarse en las complejidades de una relación personal deteriorada por disputas creativas y económicas. La cinta, escrita por Steven Knight, creador de 'Peaky Blinders', emplea un montaje que alterna imágenes de archivo de los años noventa con material inédito de los ensayos y conciertos, configurando una estructura que busca equilibrar la nostalgia con la tensión palpable de un reencuentro que muchos consideraban improbable. El documental se estrena en el festival de Venecia y llega posteriormente a plataformas como Disney+, lo que evidencia su vocación de alcanzar a un público amplio, aunque ello implique ciertas concesiones en el tratamiento de aspectos controvertidos. La propuesta de Lovelace y Southern se apoya en la fuerza de las canciones y en la respuesta de los seguidores, dejando en un segundo plano las causas profundas del distanciamiento entre Noel y Liam Gallagher, lo que genera un retrato amable pero incompleto de una historia marcada por la rivalidad.

La evolución de los hermanos Gallagher constituye el motor narrativo de un filme que los presenta en dos etapas vitales claramente diferenciadas. En los ensayos, la desconfianza inicial se manifiesta en gestos contenidos y en una comunicación mínima, con Noel expresando dudas sobre la viabilidad del proyecto y Liam mostrando una actitud profesional que sorprende a sus compañeros. A medida que avanza la gira, esa frialdad se transforma en complicidad, simbolizada por el acto de salir al escenario tomados de la mano y por declaraciones mutuas de afecto que resultan difíciles de imaginar en su juventud. El documental subraya este cambio mediante entrevistas donde Noel califica a su hermano de delicioso, término que adquiere un peso significativo tras años de insultos públicos. La dirección opta por obviar los detalles del conflicto económico derivado de los derechos de autoría, así como las conversaciones que propiciaron la reconciliación, lo que deja un vacío en la comprensión de un proceso que el filme prefiere presentar como un renacer espontáneo. Esta decisión resta complejidad a unos personajes que, pese a su carisma, quedan retratados desde una óptica edulcorada.

La dimensión social del fenómeno Oasis ocupa un lugar destacado en el metraje, con testimonios de admiradores procedentes de países como Brasil, Corea del Sur o Estados Unidos que explican cómo las canciones les ayudaron a superar momentos difíciles. La cinta recoge el caso de una superviviente del atentado de Manchester de 2017 que encontró consuelo en 'Don't Look Back in Anger', así como las palabras de un sacerdote que compara la reunión con una peregrinación y cita el evangelio de Mateo para ilustrar el valor del perdón. Estos fragmentos, aunque bienintencionados, interrumpen con frecuencia el ritmo de las actuaciones y aportan una carga sentimental que choca con la naturaleza irreverente de la banda. La inclusión de imágenes de políticos como Keir Starmer o Donald Trump, junto a referencias a la nostalgia colectiva por los años noventa, sugiere una lectura generacional que el filme aborda de manera superficial, limitándose a esbozar el contexto sin profundizar en las implicaciones morales de una reunión millonaria en un tiempo de desigualdad económica. La tensión entre el origen obrero reivindicado y los precios elevados de las entradas queda apuntada mediante un comentario de Liam sobre la ausencia de asientos baratos, pero el documental rehúye desarrollar esa contradicción.

El trabajo de Lovelace y Southern destaca en la captación de la magnitud de los conciertos, con un diseño de sonido que reproduce la potencia de guitarras y voces, y una fotografía que logra plasmar la euforia de estadios repletos. Sin embargo, la insistencia en planos de asistentes llorando y cantando, unida a una edición que salta constantemente entre continentes, provoca una sensación de repetición que diluye el impacto de los momentos más íntimos. La estructura fragmentaria impide que algunas secuencias alcancen la fuerza que podrían tener si se les concediera mayor continuidad, y la elección de cerrar con 'Champagne Supernova' en lugar de la canción que da título al filme resulta cuando menos discutible desde un punto de vista narrativo. La película se sostiene, en definitiva, sobre la calidad de un repertorio que ha resistido el paso del tiempo y sobre la química innegable de dos hermanos que han encontrado una tregua, aunque el retrato resultante sacrifique el análisis riguroso en favor de una celebración que complace a los seguidores pero elude las aristas más incómodas de una historia tan fascinante como contradictoria.

Crítica elaborada por Óscar Horacio Ruiz

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