Julia Hart construye su filmografía en torno a figuras femeninas que navegan por territorios inciertos, y su última propuesta para Netflix continúa esa línea con una historia que entrelaza el descubrimiento artístico adolescente con la enfermedad de una madre. La directora, que ya demostró su habilidad para manejar tonos diversos desde el cine familiar de 'Stargirl' hasta la propuesta más arriesgada de 'Fast Color', afronta ahora un relato de madurez donde la protagonista debe compatibilizar el estreno de un musical escolar con el regreso del cáncer de su progenitora. El guion, firmado por Hart junto a Jordan Horowitz y Laura Hankin, parte de las vivencias de esta última para construir una narración que evita los grandes momentos de consulta médica y se centra en las pequeñas señales que anuncian lo inevitable. La película se mueve entre dos mundos que podrían parecer antagónicos: la burbuja creativa del instituto y la cruda realidad doméstica, pero Hart los funde con una mirada que otorga a ambos la misma importancia.
Sophie Birenbaum, interpretada por Sunny Sandler, encarna a esa estudiante de teatro que obtiene el papel principal de 'Waitress' en un giro inesperado que cambiará su último año de instituto. La joven actriz, que ya había mostrado destellos en producciones anteriores junto a su padre, asume aquí un papel que le exige mostrar la fragilidad de una adolescente que descubre la enfermedad de su madre a través de una llamada accidental de su padre. La relación con su mejor amiga Carolyn, que interpreta Scarlett Estevez, introduce una capa adicional de complejidad cuando el éxito de Sophie comienza a generar distancia entre ambas. Por su parte, Jack Champion da vida al interés romántico de Sophie, un joven actor que oscila entre el encanto y la torpeza propia de la edad, sin caer en los arquetipos del galán perfecto o del completo desastre. La directora concede a cada personaje secundario, incluida la rival Mallory que encarna Elyse Bell, una profundidad que evita los estereotipos planos del cine adolescente.
Melanie Lynskey, en el papel de Elizabeth, construye una madre que lucha por mantener la normalidad mientras su salud se deteriora, y su interpretación aporta una capa de verdad que sostiene todo el entramado emocional. La actriz neozelandesa logra transmitir la determinación de una mujer que quiere proteger a sus hijos de la verdad mientras gestiona sus propios miedos, en una actuación que se convierte en el eje sobre el que gira la narración. Max Greenfield, como el padre Ted, aporta la figura paterna que intenta mantener el equilibrio familiar mientras dirige un negocio de alimentación que sirve como escenario para algunas de las escenas más ligeras de la cinta. La presencia de Steve Buscemi y Bebe Neuwirth como los abuelos introduce una perspectiva generacional que enriquece el retrato familiar, mostrando las diferentes maneras de afrontar el dolor que existen dentro de una misma familia. Jon Lovitz aparece en un papel secundario que aporta el contrapunto cómico necesario para aliviar la tensión dramática que impregna la mayor parte del metraje.
La dirección de Hart se caracteriza por una observación minuciosa de los pequeños detalles que construyen la cotidianidad de la familia Birenbaum, desde las conversaciones en la cocina hasta los ensayos teatrales que ocupan gran parte de la segunda mitad del filme. La cineasta demuestra su experiencia en el retrato de jóvenes al capturar la energía y las inseguridades propias de la adolescencia, creando un espacio donde los conflictos escolares adquieren tanta relevancia como la tragedia familiar. La elección de 'Waitress' como musical dentro de la película permite un juego de espejos entre la obra representada y la situación vital de Sophie, especialmente cuando interpreta 'She Used to Be Mine', una canción que resume el proceso de pérdida y transformación que atraviesa el personaje. Hart utiliza el escenario teatral como un espacio de catarsis donde Sophie puede expresar emociones que no consigue verbalizar en su vida cotidiana, convirtiendo la actuación en un mecanismo de supervivencia ante la adversidad. La película dedica una atención especial a los momentos de ensayo, mostrando el trabajo actoral como un proceso de crecimiento personal que va más allá de la simple diversión escolar.
El tratamiento de la enfermedad en 'No se desea buena suerte' se aleja del dramatismo efectista para centrarse en cómo afecta a las relaciones familiares y al desarrollo emocional de los personajes. La decisión de Elizabeth de ocultar la gravedad de su estado a Sophie genera un conflicto moral que la película aborda sin simplificaciones, mostrando las consecuencias de esa protección maternal en la psique de la joven. La cinta plantea una reflexión sobre la dificultad de mantener secretos en el seno de una familia unida, y cómo esas omisiones pueden generar una distancia mayor que la propia verdad. El entorno escolar, con sus propias tensiones y alegrías, funciona como un contrapunto necesario a la pesadumbre doméstica, recordando que la vida continúa su curso incluso cuando parece detenerse. La relación entre Sophie y su abuelo Dale, interpretado por Buscemi, proporciona momentos de sinceridad que contrastan con la rigidez de otros personajes, ofreciendo a la protagonista un espacio donde expresar sus miedos sin juicios. La película también apunta a las desigualdades generacionales en la gestión del duelo, mostrando cómo los abuelos representan una visión más tradicional que choca con la decisión de los padres de permitir que Sophie siga con su proyecto artístico.
La narrativa utiliza el musical como metáfora del proceso de maduración, estableciendo paralelismos entre la preparación de la obra y la preparación para la pérdida. Sophie debe aprender a interpretar un personaje mientras aprende a interpretar su propia vida, descubriendo que el arte puede ofrecer herramientas para afrontar realidades demasiado dolorosas para ser confrontadas directamente. Los ensayos se convierten en un ritual de paso donde la joven ensaya no solo canciones y diálogos, sino también las emociones que necesitará para sobrevivir a lo que se avecina. La relación con su profesor de teatro, interpretado por Stephanie Beatriz, introduce la figura del mentor que reconoce el talento más allá de la técnica, intuyendo que la capacidad interpretativa de Sophie proviene de su propia vulnerabilidad. El conflicto con Carolyn, su mejor amiga, refleja cómo las circunstancias externas pueden alterar las amistades más sólidas, y cómo el éxito de uno puede generar inseguridades en el otro sin que exista mala intención por ninguna de las partes. La película muestra con precisión la complejidad de las relaciones adolescentes, donde el egoísmo y la generosidad conviven en un equilibrio inestable que puede romperse en cualquier momento.
La banda sonora, compuesta por Yuli, acompaña la narración sin subrayar excesivamente los momentos más emotivos, permitiendo que las interpretaciones de los actores mantengan el protagonismo en las escenas clave. La fotografía de Bryce Fortner utiliza una paleta de colores cálidos para el hogar familiar y tonos más brillantes para los espacios del instituto, creando una distinción visual que refuerza la dualidad entre los dos mundos que habita Sophie. La producción de Adam Sandler y su esposa Jackie, junto a Horowitz y otros productores, demuestra que la marca Happy Madison puede extenderse más allá de la comedia para abrazar propuestas más contenidas y reflexivas. El ritmo de la película, que se mantiene durante sus noventa y cinco minutos de duración, alterna escenas de ensayo musical con momentos de silencio doméstico que permiten respirar al espectador entre los momentos de mayor tensión. La dirección de Hart apuesta por la sutileza en los momentos más duros, evitando los planos excesivamente dramáticos y confiando en la capacidad de sus actrices principales para transmitir el dolor a través de pequeños gestos. La escena final, que entrelaza la función teatral con el desenlace familiar, condensa la tesis central de la película sobre la necesidad de seguir adelante incluso cuando las circunstancias parecen empujar en dirección contraria.
El retrato de la familia Birenbaum como un núcleo funcional y afectuoso supone una elección narrativa que se distancia de las representaciones disfuncionales habituales en el cine contemporáneo. Esta apuesta por la normalidad como escenario del drama permite que la película explore el dolor desde una perspectiva menos explorada, mostrando que las familias estables también enfrentan crisis que ponen a prueba sus cimientos. La ausencia de grandes conflictos entre los padres, más allá de las tensiones lógicas ante la enfermedad, refuerza la idea de que la adversidad puede unir en lugar de separar, aunque el precio de esa unidad sea el dolor compartido. La película aborda la muerte como parte inevitable de la vida, y lo hace desde una posición que reivindica la importancia de vivir plenamente mientras se espera lo inevitable. La elección de un musical como vehículo para explorar estos temas permite un tono que oscila entre la ligereza y la gravedad sin resultar discordante, gracias a la habilidad de Hart para dosificar los momentos de mayor intensidad emocional.
Las interpretaciones del reparto, especialmente las de Lynskey y Sandler, consiguen transmitir la complejidad de una relación madre e hija marcada por la proximidad de la pérdida. La química entre ambas actrices resulta creíble en cada escena, desde los momentos más cotidianos hasta aquellos en los que la gravedad de la situación se hace evidente. La dirección de Hart sabe aprovechar esta conexión, colocando a ambas en el centro de la narración y permitiendo que sus interpretaciones guíen el tono general de la película. La joven Sandler demuestra una capacidad para transmitir emociones contradictorias, mostrando a una Sophie que oscila entre la alegría por su éxito teatral y la angustia por la situación de su madre, sin que ninguna de esas emociones anule completamente a la otra. Lynskey, por su parte, construye una Elizabeth que se niega a ser definida únicamente por su enfermedad, manteniendo su personalidad y su humor incluso en los momentos más difíciles. La película dedica tiempo a mostrar la cotidianidad de la familia, las rutinas que se mantienen y las que se rompen, construyendo un retrato que trasciende la anécdota para ofrecer una reflexión sobre el tiempo compartido.
Crítica elaborada por Andrés Gómez
