Netflix recibe estos días una comedia alemana que transita por el espinoso terreno de la codependencia masculina y los celos en las amistades. Marco Petry, con la colaboración de Janina Petry en el guion, plantea una situación que podría resultar familiar: dos hombres que comparten piso, oficina y un viaje soñado alrededor del mundo ven cómo la llegada de una mujer desestabiliza su universo compartido. La cinta, producida por Wiedemann & Berg Film y disponible desde el 14 de agosto, cuenta con Kostja Ullmann, David Kross y Janina Uhse como rostros principales de esta historia de rivalidades domésticas.
La relación entre Olli y Matze trasciende la amistad convencional hasta rozar la simbiosis. Comparten cada espacio de sus vidas: el hogar, el puesto de trabajo y un proyecto vital que han alimentado durante años. Esta configuración inicial presenta un terreno fértil para explorar cómo una amistad tan cerrada puede reaccionar ante la intrusión de un tercero. Rebecca aparece como el agente externo que rompe ese equilibrio, y lo hace con una rapidez que descoloca a Olli. La película construye un triángulo donde cada vértice tira con fuerza de Matze, quien permanece pasivo ante el conflicto que sus dos seres queridos provocan a su alrededor. Esta pasividad del personaje central resulta uno de los puntos más discutibles del relato.
El enfrentamiento entre Olli y Rebecca se articula mediante sabotajes mutuos que incluyen desde bromas de mal gusto hasta incendios domésticos. La cinta opta por la escalada constante sin ofrecer momentos de tregua o comprensión entre las partes. Olli encarna al hombre que se resiste a madurar, un arquetipo que la película parece criticar pero al que concede demasiado protagonismo. Rebecca, por su parte, asume el rol de la novia controladora que modifica los hábitos de su pareja, desde la alimentación hasta la práctica deportiva. La película presenta a ambos personajes con unas características que dificultan la identificación del espectador con cualquiera de ellos. El guion sitúa al público en una posición incómoda donde resulta complicado elegir bando porque ninguno de los contendientes muestra cualidades redentoras.
Las implicaciones de género atraviesan todo el metraje con una crudeza que roza lo burdo. La película plantea una dicotomía simplista entre la vida de soltero inmaduro y la vida en pareja estable, como si el crecimiento personal solo pudiera alcanzarse mediante la renuncia a la amistad. Un personaje secundario, amigo de la pareja protagonista, declara su felicidad al tener una esposa que le impone horarios restrictivos, presentando esta dinámica como un ideal de relación adulta. Esta defensa de la sumisión voluntaria dentro de la pareja resulta especialmente problemática porque se introduce sin matices ni cuestionamientos. El largometraje parece defender que la madurez consiste en aceptar que la pareja dicte las normas de convivencia, incluso cuando estas implican alejarse de los amigos y abandonar los gustos personales.
La dirección de Marco Petry opta por un ritmo acelerado que busca la comedia de enredos pero que termina por resultar agotador. Las situaciones se suceden sin dar tiempo a que los personajes respiren o muestren alguna faceta que vaya más allá del conflicto permanente. La cámara sigue a los protagonistas en sus correrías sin detenerse en detalles que pudieran enriquecer la narrativa. Esta elección estilística priva al espectador de momentos donde conocer las motivaciones internas de los personajes, reduciendo sus acciones a una sucesión de reacciones impulsivas. La fotografía de Marc Achenbach no logra imprimir personalidad a los espacios, que funcionan como meros escenarios para las disputas domésticas.
El humor de la película se apoya en situaciones extremas que difícilmente provocan la sonrisa. La quema de una tostadora o el teñido de dientes como armas arrojadizas en la guerra particular entre Olli y Rebecca parecen recursos pensados para un público adolescente, pero el tratamiento que reciben resulta plano y predecible. La supuesta comedia se convierte en una sucesión de momentos incómodos donde la mala baba sustituye a la inteligencia en los diálogos. Los intercambios verbales entre los personajes carecen de la chispa necesaria para mantener el interés, y las discusiones se repiten con variaciones mínimas a lo largo de los noventa y ocho minutos de duración.
La película aborda el miedo al cambio y la resistencia a abandonar la zona de confort, pero lo hace desde una perspectiva tan maniquea que termina por desactivar cualquier reflexión posible. El viaje alrededor del mundo que Olli y Matze han planeado simboliza esa etapa de la vida donde todo parece posible, mientras que la relación con Rebecca representa la estabilidad que conlleva la madurez. Sin embargo, el tratamiento de este conflicto permanece en la superficie sin indagar en las razones que mueven a cada personaje. La cinta prefiere el golpe efectista antes que la construcción lenta de un argumento sólido sobre las relaciones humanas.
El reparto cumple con las exigencias del guion sin lograr elevar el material por encima de sus limitaciones. Kostja Ullmann despliega un registro de hombre infantil que convence dentro de lo que se le pide, mientras que Janina Uhse interpreta a la novia entrometida con la contundencia que requiere el papel. David Kross, como el amigo dividido entre dos personas que ama, tiene quizá el trabajo más complicado porque debe justificar la pasividad de su personaje, algo que resulta particularmente difícil dada la intensidad del conflicto que le rodea.
Crítica elaborada por Mario Lozano
