Cine y series

Narciso

Marcelo Martinessi

2026



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Marcelo Martinessi regresa al largometraje de ficción con ‘Narciso’, un relato ambientado en el Paraguay de finales de los cincuenta, cuando Alfredo Stroessner consolidaba un régimen sostenido sobre la vigilancia y el silencio. La cinta arranca con un cadáver calcinado en 1959 y retrocede un año para reconstruir la vida de Narciso Arévalos, un joven que vuelve de Buenos Aires con discos de rock and roll y la pretensión de emitirlos en una emisora capitalina. Ese punto de partida, inspirado en el caso real del locutor Bernardo Aranda, permite al cineasta explorar cómo un hecho policial terminó justificando una persecución contra más de cien hombres señalados por su orientación sexual. Martinessi rehúye el discurso aleccionador y opta por una densidad atmosférica en la que la música, el deseo y la sospecha se confunden. La emisora ZP10 Radio Capital condensa las tensiones del país: su programación combina folclore, comunicados oficiales y ficciones radiofónicas, mientras en los pasillos late un anhelo que la moral imperante castiga como infracción. El film observa ese espacio con paciencia, dejando que las tensiones emergen de las miradas y los silencios antes que de los discursos explícitos. La propuesta de Martinessi resulta tan rigurosa como incómoda, porque muestra que la represión precisa de la colaboración cotidiana, de esa complicidad hecha de pequeñas cobardías y favores mal entendidos.

El personaje de Narciso, interpretado por Dino Romero, encarna una amenaza que el régimen percibe como contagiosa. Su baile, su forma de mirar y su manera de ocupar el aire radiofónico introducen una fisura en un orden que pretende regular hasta el modo de mover las caderas. La película subraya que el rock and roll llegado de Estados Unidos representa una paradoja: la potencia que sostiene a Stroessner exporta una música que desestabiliza el conservadurismo local. Esa contradicción se personifica en Mr. Wesson, funcionario de la embajada estadounidense interpretado por Nahuel Pérez Biscayart, quien observa a Narciso con una mezcla de deseo y curiosidad antropológica. Manuel Bermúdez, el locutor principal, encarna el conflicto central: un hombre casado que se descubre mirando al joven con una atención que desborda lo profesional. Manuel Cuenca compone ese personaje desde la contención, dejando que la tensión se manifieste en la rigidez de sus hombros y en la forma en que evita nombrar lo que siente. La cinta muestra cómo el deseo reprimido encuentra cauces clandestinos en callejones, moteles y bares nocturnos, espacios donde la dictadura finge mirar hacia otro lado mientras acumula material para su maquinaria represiva.

La puesta en escena de Martinessi recurre a una iluminación tenue y a encuadres que convierten la ciudad en un espacio permanentemente nocturno. Esa oscuridad materializa el clima moral de un país donde la delación se ha vuelto moneda corriente. La fotografía de Luis Arteaga trabaja con contrastes marcados, de modo que la cabina de radio aparece como una burbuja de luz frágil, siempre a punto de ser invadida por las sombras exteriores. El radioteatro de ‘Drácula’ que se emite en la misma emisora funciona como comentario oblicuo: los actores interpretan a un vampiro que chupa la vida mientras el régimen chupa libertades. Martinessi emplea ese recurso con inteligencia, logrando que el texto clásico dialogue con la coyuntura sin necesidad de subrayados. La música de la época suena con una potencia que contrasta con el mutismo impuesto, y cada canción se convierte en un pequeño acto de insubordinación involuntaria. El montaje alterna los números musicales con escenas de vigilancia y rumor, estableciendo un ritmo que avanza hacia un desenlace conocido desde el inicio: el cuerpo de Narciso arderá, y con él se encenderá la excusa para la caza.

El elenco secundario sostiene el entramado con solidez. Mona Martínez compone a Elvira, la esposa de Bermúdez, como una mujer que intuye más de lo que dice y que administra su silencio con una mezcla de lealtad y cansancio. Margarita Irún aporta a Goya, la animadora, una calidez que contrasta con la frialdad institucional. La película se detiene en los pequeños gestos de estos personajes, en sus rutinas, en la manera en que negocian espacios de libertad dentro de un sistema que los vigila. Martinessi construye así un retrato coral donde cada figura contribuye a la atmósfera de sospecha. La cinta elude el juicio moral sobre Bermúdez y lo presenta como producto de un orden que convierte a los individuos en verdugos de sus propios anhelos. Esa decisión narrativa otorga al relato una densidad que trasciende el caso puntual. El crimen de Narciso se revela como síntoma de una sociedad que prefiere quemar a sus jóvenes antes que aceptar que bailan de otra manera.

La película encuentra su fuerza en la negativa a resolver el enigma policial. Martinessi desplaza el interés hacia las condiciones sociales que hicieron posible la persecución. La pregunta que el film plantea tiene que ver con la facilidad con que una comunidad acepta convertir la diferencia en amenaza. El rock and roll, el baile, el deseo entre hombres y la juventud misma se convierten en delitos a los ojos de un poder que necesita enemigos internos para perpetuarse. ‘Narciso’ funciona como advertencia sobre la persistencia de esos mecanismos mucho después de que las dictaduras formales hayan terminado. La cinta deja una impresión duradera: la de un país que aprendió a callar y que aún hoy arrastra el eco de esas canciones silenciadas.