Cine y series

Lucky Strike

Rod Lurie

2026



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Rod Davis Lurie regresa al cine bélico tras el notable ejercicio de tensión que supuso ‘The Outpost’, y lo hace acompañado de nuevo por Marc Frydman en la producción y por Scott Eastwood al frente del reparto. ‘Lucky Strike’ se sitúa en la Batalla de las Ardenas, en diciembre de 1944, y sigue a un capitán que, después de que su unidad sea aniquilada, debe recorrer treinta kilómetros por terreno nevado para alcanzar las líneas aliadas. Lurie, veterano del ejército estadounidense, demuestra oficio en la colocación de la cámara y en la reconstrucción de la contienda, pero la película arrastra un problema de fondo que lastra cada secuencia: la sensación de haber visto antes ese mismo relato, contado con mayor mordiente y con personajes cuyo destino importa de verdad.

El guion, firmado por Lurie junto a Frydman, encadena episodios de supervivencia con una mecánica previsible. Castle se esconde en sótanos, se finge muerto bajo las botas de soldados alemanes, roba un blindado y protagoniza un duelo interpretativo con otro militar estadounidense que da sentido al título. Cada uno de esos fragmentos posee un diseño eficaz, incluso ingenioso en la distancia focal que deforma a los enemigos hasta convertirlos en amenazas gigantescas, pero su acumulación produce una paradoja incómoda: cuanto más se esfuerza la película por resultar intensa, más evidente se vuelve que el conjunto avanza por inercia. La tensión se sostiene a base de golpes de efecto y la emoción se reclama desde la banda sonora antes que desde lo que ocurre en pantalla. El resultado es un artefacto que imita con corrección las formas del género sin encontrar un motivo propio para existir.

Eastwood, que ya coincidió con Lurie en ‘The Outpost’, asume aquí todo el peso interpretativo y evidencia sus límites. Su presencia en pantalla remite de inmediato a su padre, pero esa herencia no basta para llenar casi dos horas en las que el actor apenas tiene con quién dialogar. Cuando comparte escena con Colin Hanks, la diferencia entre ambos intérpretes deja al descubierto hasta qué punto ciertas carreras avanzan por caminos ya allanados. Aunjanue Ellis-Taylor, por su parte, queda atrapada en un relato marco que solo se justifica al final, cuando ya no puede sostener nada, y que insiste en un tono patriótico tan evidente que apaga cualquier emoción. La propuesta visual de Lurie mantiene un nivel apreciable dentro de sus limitaciones presupuestarias. La paleta desaturada y los largos planos secuencia buscan introducir al espectador en la brutalidad del avance solitario, y hay momentos, como el enfrentamiento con el soldado interpretado por Taylor John Smith, en los que esa estrategia funciona. Sin embargo, la película confunde la inmersión con la acumulación de obstáculos y confía a la fotografía una tarea que corresponde al relato. La irrupción de un caballo blanco en mitad del paisaje helado, pensada como imagen poética, resume ese desajuste: un detalle que aspira a elevarse y que se queda en nada. Lurie demuestra que sabe rodar combate, pero ‘Lucky Strike’ carece de la densidad dramática que convertiría ese talento en una película memorable.

El mayor problema de ‘Lucky Strike’ reside en su naturaleza de ejercicio tributario. Todo en ella remite a un imaginario bélico sobradamente explotado, desde la figura del héroe solitario hasta el sacrificio redentor, pasando por el empleo de la marca de cigarrillos como símbolo de pertenencia y de identidad nacional. Ese componente propagandístico, asumido con una candidez propia de otra época, resulta hoy más chocante que conmovedor, sobre todo cuando la trama recurre a soldados negros para abrir y cerrar la historia con un propósito que se antoja decorativo. Lurie quiere rendir homenaje a una generación y a unos ingenieros cuya contribución técnica salvó vidas, pero lo hace desde un relato que confunde la solemnidad con la emoción y el homenaje con la reproducción de fórmulas agotadas. Al terminar, queda la impresión de una reconstrucción cuidadosa pero sin pulso, en la que la contienda solo pone el fondo y el heroísmo sirve de coartada.

Crítica elaborada por Dani Miguel Brown

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