Cine y series

Moria

Javier Van De Couter

2026



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La construcción de la figura pública como un artefacto narrativo alcanza su máxima expresión en 'Moria', la serie de Javier Van de Couter para Netflix que desembarca en la plataforma con una propuesta decididamente alejada del biopic al uso. Este relato audiovisual, que se despliega a lo largo de ocho episodios, aborda la vida de la icónica vedette argentina Moria Casán no como una sucesión de hechos verificables, sino como un universo de ficción donde la propia protagonista ejerce de titiritera celestial de su existencia. La producción, gestada por About Entertainment, utiliza la estructura de la serie de plataforma para explorar las múltiples capas de un personaje que ha trascendido el mero entretenimiento para convertirse en un fenómeno cultural, una suerte de deidad kitsch que manipula los hilos de su propio mito desde una nave espacial imaginaria. Van de Couter, conocido por su audacia formal en trabajos previos, orquesta un relato que se permite el lujo de ser tan exuberante y desmesurado como la propia figura que retrata, evitando cualquier tentación de realismo documental para sumergirse en una fantasía pop de factura cuidada.

La serie estructura su narrativa en torno a la metáfora de la "bola de nieve", un espacio onírico donde la Moria real, convertida en una especie de DJ cósmico, supervisa y manipula los decorados que representan su pasado. Este recurso, que podría resultar gratuito en manos menos hábiles, sirve para subrayar la tesis central de la obra: que la identidad de Moria Casán es una construcción deliberada, un personaje que ella misma ha escrito, dirigido y protagonizado a lo largo de seis décadas. La trama salta entonces entre diferentes épocas, desde sus inicios casi fortuitos en el teatro de revista de la mano de Carlos Petit, hasta su consagración como un ícono de la cultura popular y su posterior reinvención en la era de las redes sociales. En este viaje, la serie no se limita a exponer los hitos de su carrera, sino que los utiliza como excusa para adentrarse en las complejidades de una personalidad que desborda los márgenes de lo convencional, mostrando a una mujer que supo jugar sus cartas en un mundo dominado por hombres, utilizando su sexualidad y su inteligencia como armas de doble filo.

La elección de tres actrices para encarnar a Moria en distintas etapas de su vida es una decisión que refuerza la naturaleza fragmentaria de la identidad que la serie propone. Sofía Gala Castiglione, su hija en la vida real, asume el reto de interpretar a su propia madre en los primeros episodios, imprimiendo una capa de complejidad adicional a la performance que va más allá de la simple caracterización. Su trabajo captura los manierismos y la energía vital de la Moria joven, aquella que irrumpió en el mundo del espectáculo con una fuerza arrolladora, pero también se enfrenta a la incomodidad de recrear la intimidad de una relación filial que, como se muestra, fue todo menos sencilla. Griselda Siciliani toma el relevo para retratar la etapa de mayor exposición mediática y voluptuosidad televisiva, donde la diva se convierte en un personaje de la farándula, mientras que Cecilia Roth, en los episodios finales, encarna a una Moria más veterana y memeable, que ha sabido conectar con las nuevas generaciones. Cada actriz imprime su propio registro, y el acierto del director reside en no exigirles una imitación servil, sino una transmutación que dialogue con la esencia del personaje.

La serie se convierte así en un vehículo para explorar la relación de Moria con su propia hija, un vínculo que se erige como el eje emocional de la trama y que la producción aborda con una franqueza inusual. La maternidad, lejos de ser un refugio, se presenta como un territorio de conflicto y tensión, donde dos espíritus libres e indomables chocan una y otra vez en busca de un entendimiento que parece siempre a punto de esfumarse. Las escenas que involucran a las diferentes intérpretes de Sofía Gala, desde la niñez hasta la adultez, muestran la evolución de una relación marcada por el deseo de independencia y la necesidad de reconocimiento mutuo, un tira y afloja constante que la serie retrata sin caer en el melodrama barato. En este sentido, el guion de Van de Couter, Vatenberg y Sanguinetti se permite ser incómodo y punzante, mostrando la cara menos amable de una figura pública que, a pesar de su omnipresencia mediática, guarda para sí las grietas más profundas de su vida privada.

La puesta en escena de 'Moria' es un festín para la mirada, construida sobre una estética que bebe de fuentes tan diversas como el 'camp', el 'kitsch' y el 'trash', pero que logra articular un lenguaje visual propio y coherente con la propuesta narrativa. El diseño de producción de Walter Cornás y Juan Cavia opta por una representación de época que se concentra en el vestuario, el maquillaje y los interiores, creando un mundo que parece suspendido en una burbuja temporal, alejado de cualquier anclaje sociológico preciso. Esta decisión, aunque arriesgada, resulta coherente con la idea de que la historia de Moria es una fantasía personal, y los escasos intentos de conectarla con la realidad social argentina, como el breve episodio durante la dictadura, se sienten como apuntes aislados que la serie no termina de integrar del todo. Sin embargo, esta misma artificialidad es la que permite a la ficción alcanzar cotas de libertad narrativa, donde los números musicales, el exceso y la provocación sexual se convierten en herramientas para transmitir la complejidad de un personaje que siempre ha habitado en los límites.

El tratamiento de la sexualidad y el poder en la serie es otro de sus pilares fundamentales, abordando sin ambages la cosificación del cuerpo femenino en la industria del espectáculo y la manera en que Moria supo subvertir esa lógica para su propio beneficio. La representación de sus relaciones con los hombres, desde el maltrato de su primer esposo hasta los vínculos con otras figuras del medio, evidencia un patriarcado que intenta constantemente controlar y dominar a una mujer que se resiste a ser domesticada. La serie también se detiene, con especial énfasis, en la conexión de Moria con la comunidad LGBT+, un vínculo de devoción mutua que la propia diva ha alimentado a lo largo de los años y que aquí se presenta como una parte esencial de su identidad, una suerte de linaje espiritual que la conecta con los marginados y los disidentes. Esta dimensión política, lejos de ser un adorno, se convierte en un motor narrativo que explica su longevidad y su capacidad para reinventarse más allá de los vaivenes del gusto popular.

En sus episodios finales, la serie se enfrenta al desafío de retratar la era digital, donde Moria se convierte en un fenómeno viral y su vida se difumina en memes y frases célebres que circulan por las redes sociales. Cecilia Roth, en esta recta final, afronta el momento en que la diva debe lidiar con un escándalo en Paraguay, un episodio que la producción utiliza para reflexionar sobre la fragilidad de la fama y la capacidad de resistencia de una mujer que ha hecho de la controversia su combustible. La serie, en este tramo, parece perder algo del ímpetu festivo de sus inicios para adentrarse en territorios más oscuros y reflexivos, aunque sin renunciar a su espíritu de celebración. La decisión de cerrar el relato con una gran fiesta por sus ochenta años, donde la ficción se encuentra con la realidad y las tres Morias convergen en un mismo espacio, resulta un final previsible pero efectivo, que busca la conmoción emocional del espectador al mostrar a la verdadera Moria compartiendo escena con su hija y sus nietos, un instante de aparente tregua en una vida de combates.

'Las miradas' que se cruzan en 'Moria' son, en definitiva, un reflejo de las múltiples perspectivas desde las que se puede abordar un fenómeno tan complejo como la vida pública de una diva. La serie de Van de Couter triunfa en su propósito de ser fiel a la leyenda, pero tropieza en su intento de ir más allá de ella, de mostrar a la mujer que se esconde detrás de la máscara. A pesar de su audacia formal y de la solidez de sus interpretaciones, especialmente la de Griselda Siciliani, el relato se queda en la superficie de la intimidad, ofreciendo un retrato que, por más que se esfuerce en ser disruptivo, termina siendo un tributo a la imagen que Moria ha creado de sí misma, sin lograr despegar el velo de la construcción para mostrar la materia prima que la compone. La producción, aun con sus ambiciones, se mantiene dentro de los márgenes de lo que se espera de una producción para una plataforma masiva, un equilibrio entre la provocación y el entretenimiento que, aun siendo efectivo, deja la sensación de que el personaje es demasiado grande para la pantalla que lo contiene. La obra, entre el delirio y la celebración, se convierte en un espejo donde Moria se mira y se reconoce, pero donde el espectador apenas logra vislumbrar el reverso de su propio mito.

Crítica elaborada por Dani Miguel Brown

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