Roger Gual, después de una trayectoria centrada en la televisión durante los últimos años, regresa al largometraje con un thriller que sitúa su conflicto en el ámbito doméstico. El director, que compartió responsabilidades en la estimable 'Smoking Room' hace más de dos décadas, aborda ahora un asunto de plena actualidad: la proliferación de teorías conspirativas en la era digital y su capacidad para quebrar los lazos más elementales. La cinta, escrita por Carlos Montero y Darío Madrona, transcurre en un pueblo del norte de España y se concentra en la relación entre un padre recién jubilado y su hija, ausente durante dos años y regresada para el entierro de su madre. El guion opta por la contención frente al estrépito y construye el suspense a partir del silencio y las miradas; cada plano parece diseñado para generar desconfianza entre unos personajes que comparten sangre pero apenas se reconocen.
La sospecha empieza a corroer a Ruth, interpretada por Stéphanie Magnin, cuando percibe que su progenitor no es el hombre que recordaba. José Coronado encarna a ese exguardia civil que ha convertido el desván de su vivienda en un búnker desde el que escudriña la red en busca de explicaciones para todo, desde las estelas de los aviones hasta los microchips en las vacunas. La película utiliza esa obsesión como motor narrativo y como espejo de un fenómeno social que ha encontrado en el aislamiento y el miedo sus mejores aliados. El guion dosifica la información con inteligencia y mantiene la ambigüedad sobre la verdadera naturaleza del padre: ¿víctima de un lavado de cerebro digital o responsable de la muerte de su esposa? La cinta se niega a decantarse por una u otra opción y prefiere que el espectador navegue en esa turbiedad, compartiendo las dudas de la protagonista y planteándose hasta qué punto el fanatismo puede convertir a alguien en un extraño.
Los personajes secundarios, sin embargo, quedan relegados a un segundo plano que perjudica el desarrollo del relato. El amigo de la juventud de Ruth, que sirve como tercer vértice en la dinámica familiar y como posible aliado en su investigación, apenas tiene peso suficiente para justificar su presencia. La amiga del padre, una figura que aparece con cierta recurrencia y parece esconder algún secreto, se desvanece en la recta final sin que su papel alcance la relevancia que los primeros minutos sugerían. Esta falta de densidad en los personajes periféricos lastra un conjunto que depende excesivamente del duelo interpretativo entre Magnin y Coronado. La actriz francoespañola sostiene el relato desde la perplejidad y la necesidad de encontrar coherencia en un entorno que ha dejado de tenerla, mientras el veterano intérprete madrileño compone un personaje inquietante que nunca revela del todo sus cartas, manteniendo esa ambigüedad que constituye el principal activo del filme.
La puesta en escena de Gual apuesta por los espacios cerrados y la atmósfera opresiva como herramientas para subrayar el aislamiento afectivo de sus protagonistas. Las tomas aéreas con dron, un recurso que el director emplea con cierta reiteración, rompen esa sensación de claustrofobia y parecen responder más a una convención estandarizada de la plataforma que a una necesidad expresiva. Donde la cinta resulta más efectiva es en esos momentos de tensión contenida, cuando la cámara se ciñe a los rostros y el silencio se llena de reproches no pronunciados. La fotografía, de tonos fríos y saturados, acentúa la hostilidad del entorno y establece un paralelismo entre la rigidez del paisaje norteño y la dureza de unas relaciones familiares que se han ido petrificando con el tiempo.
El final de la película constituye su punto más discutible, porque después de un recorrido que se había mantenido en el terreno de la sugerencia y el equívoco, la resolución opta por un giro que cierra demasiado las puertas a la interpretación. Los últimos minutos recurren a mecanismos del thriller clásico que desentonan con la sutileza mostrada hasta entonces, como si la producción hubiera perdido la paciencia y necesitara resolver todas las incógnitas de manera expeditiva. A pesar de este tropiezo, la película retrata con acierto un fenómeno contemporáneo: la manera en que las certezas absolutas de internet pueden convertirse en un veneno que corroe las relaciones más íntimas, aislando a las personas en sus propias convicciones y volviendo extraños a quienes compartían la vida cotidiana. Los protocolos de desconfianza y enfrentamiento que la cinta despliega conectan con un momento histórico en el que la verdad se ha convertido en un campo de batalla, y donde la pertenencia a una determinada comunidad virtual puede pesar más que los lazos de sangre.
Crítica elaborada por Emma Castillo
