Cine y series

Te quiero desde siempre

Elie Semaan

2026



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La habitación donde Nour Al Ghandour encarna a Haya y ha pasado años mirando a Ali Kakooli (quien da vida a Jawad) sin decir nada, tiene la luz justa, los muebles adecuados y ese olor a costumbre que vuelve invisibles las cosas más importantes. 'Te quiero desde siempre' se instala en ese espacio doméstico y lo convierte en el escenario principal de una comedia romántica que llega a Netflix el 23 de julio de 2026, fruto de la colaboración entre Eagle Films y la plataforma, con Elie El Semaan en la dirección y Eyad Saleh como guionista. La película se mueve por los pasillos de Abu Dhabi, donde el equipo de producción ha encontrado un entorno que funciona como extensión de los personajes, una ciudad de cristal y asfalto que refleja esa contradicción entre lo que se muestra y lo que se guarda. Nour Al Ghandour encarna a Haya, Ali Kakooli interpreta a Jawad y Noha Nabil debuta en la ficción como Zeina, la actriz que aparece cuando el reloj de la protagonista ya ha dado demasiadas vueltas.

Todo gira en torno a un instante decisivo: Haya descubre que ama a su mejor amigo justo cuando él anuncia su compromiso con otra mujer. La película construye su conflicto sobre ese desfase temporal que convierte la revelación sentimental en un problema logístico, porque lo que Haya siente resulta indiscutible. Su oportunidad de expresarlo es el verdadero problema. El guion de Saleh despliega entonces una estrategia narrativa que convierte la cámara de vídeo en el confidente de Haya, un recurso que permite a la protagonista articular sus pensamientos mientras el mundo exterior sigue su curso sin prestarle atención. Esa doble capa, lo que Haya dice frente al objetivo y lo que calla ante Jawad, sostiene gran parte del peso dramático y cómico de la función, porque el espectador accede a una verdad que los demás personajes ignoran, estableciendo una complicidad que la película explota con moderación. La hermana Dalal y la tía de Haya se suman a la empresa de reconquista como un coro femenino que aporta perspectiva y alivio, aunque sus propias aristas permanecen borrosas, diseñadas más para acompañar a la heroína que para sostener sus propias historias.

El Semaan maneja el tono con una contención que evita los excesos del género, prefiriendo las pequeñas humillaciones cotidianas a los grandes números cómicos. Las secuencias en las que Haya intenta interponerse en los preparativos de la boda mantienen un registro de incomodidad controlada, sin llegar nunca al ridículo que desactivaría la empatía del público. Esa decisión de prescindir de la caricatura resulta coherente con el resto de la propuesta, que apuesta por la verosimilitud de las relaciones antes que por la espectacularidad de las situaciones. Jawad, por su parte, encarna esa figura del amigo que permanece ajeno porque le faltan motivos para mirar de otro modo y Ali Kakooli interpreta esa ceguera afectiva con una naturalidad que evita convertir al personaje en un simple obstáculo. La película dedica tiempo a mostrar los mecanismos de su amistad, los códigos compartidos y las rutinas que han construido durante años, de manera que la revelación de Haya resulta consecuencia lógica de una convivencia que ya contenía todos los ingredientes del romance, más que un arrebato.

La inclusión de un chimpancé llamado Cuba como elemento secundario introduce una nota de absurdo que la película administra con prudencia, sin dejar que el animal desvíe la atención del centro del relato. Ese detalle, junto con los vídeos personales que Haya graba, apunta a una reflexión sobre la performatividad de los sentimientos en la era digital, aunque el guion se mantiene al margen de esa vía y prefiere mantener el foco en la dinámica del trío protagonista. La producción de Jamal Sannan y Eagle Films repite así la fórmula que ya había funcionado en colaboraciones anteriores con Netflix, apostando por un producto que conoce sus límites y se mueve dentro de ellos con oficio.

La presión que el entorno familiar y comunitario ejerce sobre los personajes se cuela en la trama, especialmente sobre Zeina, cuya condición de actriz famosa la convierte en un blanco permanente de miradas y juicios. La película sugiere que la exposición pública agrava la dificultad de Haya para reclamar su lugar, porque una boda anunciada en los medios cierra puertas con más rapidez que un compromiso privado. Ese telón de fondo, el peso de las apariencias en una sociedad donde las alianzas matrimoniales siguen siendo asuntos de interés colectivo, otorga una capa adicional de complejidad a lo que podría haber sido un simple triángulo amoroso. La directora El Semaan maneja esa presión social como una presencia difusa que nunca se explicita del todo pero condiciona cada decisión de los protagonistas, especialmente las de Haya, cuya vacilación encuentra así una justificación más sólida que la mera inseguridad personal.

El arco de Haya consiste en un ajuste de sus prioridades, más que en un cambio de personalidad. Un desplazamiento desde la comodidad de la amistad hacia el riesgo de la declaración. Nour Al Ghandour interpreta esa transición con una gama de matices que evitan el melodrama, mostrando a una mujer que calcula cada paso sin perder del todo la espontaneidad que la hace simpática. El guion de Saleh reserva para el desenlace el momento de mayor tensión dramática, pero la película ha sembrado con anterioridad suficientes indicios como para que la resolución resulte verosímil. La dirección de El Semaan prefiere los planos medios que permiten seguir las reacciones de los intérpretes antes que los grandes movimientos de cámara, una elección que subraya la naturaleza íntima del conflicto y mantiene la atención sobre lo que los personajes dicen y, sobre todo, sobre lo que callan en los silencios que se alargan entre frase y frase.

Crítica elaborada por Dani Miguel Brown

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