Cine y series

La otra madre

Rob Savage

2026



Por -

Rob Savage construye en ‘La otra madre’ un artefacto que arranca con la energía de quien tiene prisa por llegar al susto y descubre demasiado tarde que el camino importa. La película presenta a Bela, una niña de ocho años que convive con la tensión soterrada de unos padres al borde del colapso, y con una presencia que adopta la figura de su progenitora para ganarse su confianza. Ese punto de partida, tomado de la novela de Josh Malerman, permite explorar cómo los más pequeños perciben las grietas domésticas antes que los adultos. Savage rueda con nervio, acumula hallazgos de puesta en escena y confía en Arabella Olivia Clark para sostener el relato desde la mirada infantil. El resultado, sin embargo, se deshilacha cuando la película confunde intensidad con acumulación y convierte cada aparición del ente en un trámite previsible. La criatura que interpreta Jessica Chastain aparece con una sonrisa que busca inquietar y termina por resultar mecánica, atrapada en un diseño de producción que privilegia el efectismo digital sobre la sugestión.

La relación entre Bela y sus padres articula el conflicto central con una claridad que el film desperdicia. Ursula, la madre real, se muestra distante y esquiva, y esa frialdad alimenta la preferencia de la niña por esa otra figura que promete compañía sin exigencias. Savage acierta al mostrar que el hogar funciona como un escenario donde los adultos representan una armonía que se ha roto, y que la pequeña interpreta ese teatro con una lucidez incómoda. Jay Duplass compone a un padre afable y desbordado, incapaz de sostener la ficción familiar, mientras Chastain transita entre la madre ausente y su doble siniestro con un compromiso que el material no merece. La película insinúa que la maternidad puede vivirse como una carga impuesta, y que el deseo de una mujer de escapar de ese mandato genera monstruos. Esa lectura, la más fértil del conjunto, queda ahogada por una sucesión de secuencias que renuncian a desarrollar la tensión para repetir el mismo golpe de efecto.

El mayor problema reside en la imposibilidad de Savage para administrar el ritmo y la información. Cada aparición del ente llega acompañada de un giro corporal o de una distorsión espacial que debería desestabilizar, y sin embargo el espectador aprende demasiado pronto las reglas de ese juego. La película renuncia a construir un crescendo y opta por encadenar sustos que se anulan entre sí, de modo que ni la casa familiar ni los escenarios posteriores logran impregnarse de amenaza. Cuando la familia huye y busca refugio en otros espacios, el relato pierde el anclaje doméstico que le daba sentido y se convierte en una huida sin dirección. La escena del sótano con tecnología fantasmagórica rompe el tono con una torpeza que delata las costuras de un montaje precipitado, y el desenlace, que apuesta por la confesión sincera, llega cuando ya se ha agotado cualquier vínculo con los personajes.

Chastain asume su doble papel con una entrega que por momentos roza el exceso, y esa intensidad, lejos de integrarse, choca con la placidez del resto del reparto. La niña protagonista sostiene la función con una naturalidad que el guion desaprovecha, y los secundarios aparecen y desaparecen sin dejar huella. Savage demuestra oficio en la composición de algunos planos, pero su apuesta por el efectismo visual traiciona la premisa psicológica que prometía la historia. La película quiere hablar de la familia como institución fallida y de la culpa materna, y lo hace con una honestidad brutal que se agradece, aunque el envoltorio de sustos prefabricados impide que esa crudeza llegue a calar. El uso de ‘The Great Pretender’ en el cierre funciona como una ironía amarga sobre la representación constante, pero para entonces la función ya se ha desinflado. Savage había demostrado pulso en el terror de proximidad y aquí se pierde en un catálogo de trucos que aspiran a lo sobrenatural sin encontrar nunca una imagen propia.