Mark Kimball encarna la fantasía del candidato ideal: veterano de guerra, abogado, políglota y con una familia mestiza que proyecta modernidad. Ben Affleck, que dirige, escribe y protagoniza 'Animales', construye ese perfil para después desmontarlo con saña durante una noche de Halloween en la que su hijo desaparece y una voz distorsionada exige siete millones de dólares. La cinta arranca con un anuncio electoral tan edulcorado que resulta obsceno, y esa elección inicial marca el tono de un relato que disfruta exhibiendo la brecha entre la imagen pública y la miseria privada. Affleck filma Los Ángeles como un tablero de desigualdades recientes, con cicatrices de incendios y campamentos de sintecho a los pies de las colinas, y esa geografía hostil funciona mejor que cualquier discurso cuando la pareja protagonista empieza a desmoronarse entre llamadas telefónicas y amenazas.
Kerry Washington interpreta a Abigail, psiquiatra que sostiene la ficción conyugal mientras mantiene un romance con un profesor interpretado por Ray Fisher, un detalle que el relato introduce para después abandonarlo con despreocupación irritante. Steven Yeun encarna a Sam, el jefe de campaña dispuesto a convertir cualquier tragedia en rédito electoral, y Gillian Anderson aparece como Dayle Burton, una mediadora de crisis ataviada con un traje blanco impoluto que cobra honorarios desorbitados por gestionar lo ingestionable. La llegada de este personaje dinamita la verosimilitud doméstica y arrastra la función hacia un terreno pulp donde las reglas morales se doblegan ante la conveniencia. Affleck rueda con oficio, apoyado en la fotografía de Robert Elswit, pero la puesta en escena se repliega sobre sí misma en salones lujosos y pasillos idénticos, como si la película temiera salir a la calle que tanto invoca.
El giro central, que conviene preservar, transforma la premisa en un dilema sobre el valor diferencial de las vidas según su origen y su documentación. El hijo secuestrado resulta ser el vástago del manitas indocumentado que trabaja para la familia, y esa revelación obliga a Mark y Abigail a decidir si el rescate merece el mismo esfuerzo cuando la víctima pertenece a una clase social que jamás votará por ellos. Affleck y sus coguionistas Billy Ray y Connor O. McIntyre apuntan a la hipocresía progresista de las élites, pero lo hacen con una insistencia tan burda que el espectador acaba anticipando cada movimiento antes de que ocurra. La pareja discute a gritos en dormitorios y cocinas, y esas trifulcas buscan la verdad matrimonial sin lograr más que un melodrama de telefilm, con frases que pretenden sonar descarnadas y suenan ensayadas hasta el agotamiento.
Anderson se divierte visiblemente con su personaje, pero su energía camp convive mal con el resto del reparto, que actúa como si pisara un drama judicial. El enfrentamiento final junto al cauce seco del río resulta risible por su coreografía y por la facilidad con que Mark se transforma en un justiciero sin que nadie parezca notarlo, pese a ser un candidato con escolta y presencia mediática constante. La cinta adapta sin reconocerlo el esquema de una novela de Ed McBain ya llevada al cine por Akira Kurosawa, y esa deuda impagada lastra cualquier atisbo de originalidad. Affleck demuestra que sabe montar tensión con planos cerrados y un ritmo machacón, mas confunde la velocidad con la densidad y termina entregando un artefacto que se ve sin disgusto y se olvida sin remedio, tan pulcro y tan vacío como el anuncio con el que arranca.
