Cine y series

Aquel

Norberto López Amado, Javier Pulido, Beatriz Sanchís

2026



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La figura de Raphael ocupa un lugar tan singular en la memoria colectiva española que llevarla a la ficción exigía decidir de antemano qué se miraba y desde dónde. La miniserie ‘Aquel’, dirigida por Beatriz Sanchís, Pablo Guerrero y Juan Miguel del Castillo, y estrenada en Netflix, opta por el retablo amable: una sucesión de estampas bien iluminadas que recorren desde la infancia humilde de Miguel Rafael Martos Sánchez hasta su consagración como estrella internacional. Quien espere hallar aquí una indagación en las grietas de un mito viviente se topará con un relato que prefiere la devoción al análisis. La elección tiene consecuencias: el relato avanza cómodo, sin aristas, y convierte una biografía atravesada por la tensión entre expresividad y prejuicio en un desfile de episodios correctos donde el conflicto se domestica hasta resultar inofensivo. La presencia de Jacobo Martos como productor asociado explica en parte esa contención: quien mejor conoce al retratado ejerce de vigilante de la imagen familiar, y el resultado es una hagiografía que confunde respeto con falta de distancia crítica. La serie consigue esquivar la parodia, mérito apreciable tratándose de un personaje cuyo registro escénico roza el exceso, pero paga ese acierto con una prudencia que la deja sin pulso dramático.

El tramo más estimulante llega cuando el guion se atreve a insinuar el precio que un hombre paga por mostrarse sensible, efusivo y tierno en una España rígida y vigilante. Ese heterosexual de masculinidad divergente, insultado y señalado por rasgos que la época asociaba a la homosexualidad, constituye el hallazgo más fértil de la propuesta, porque desplaza el foco desde la orientación sexual hacia la penalización social de una manera de ser. Sin embargo, la serie abandona esa veta tras los primeros capítulos y la sustituye por un costumbrismo de manual que convierte la tensión en anécdota. El episodio dedicado al servicio militar y a la novicia que abandona los hábitos ilustra el problema: en lugar de ahondar en los mecanismos irracionales del fervor fanático, se conforma con una subtrama ingenua que despilfarra la única zona donde el relato podía morder. La elipsis que separa la juventud del cantante de su madurez, con el relevo de Javier Morgade por Carlos Santos, precipita además un cambio de carácter que el espectador debe aceptar sin haberlo visto construirse.

Carlos Santos y Javier Morgade imitan con oficio la gestualidad del intérprete, aunque su trabajo se queda en la superficie reconocible, en la réplica correcta que busca la complicidad del público antes que la revelación de un interior. La serie se anima cuando abandona la reproducción acartonada y se entrega a hallazgos formales cercanos al desparpajo camp: el sexto episodio, dedicado al cortejo de Natalia Figueroa, con ese coche rojo frente a una luna enorme y pantalla partida, destila una libertad que el resto del metraje desaprovecha. En cambio, los dos últimos capítulos, centrados en la enfermedad hepática y en la rivalidad con Julio Iglesias, caen en una solemnidad kitsch que recurre al blanco y negro contrastado y a simbolismos obvios para magnificar unas emociones que el relato previo dejó sin sembrar. La irrupción del cantante emergente funciona como detonante de los miedos de Raphael, pero el guion la reduce a un duelo de egos que simplifica un fenómeno mucho más rico: la angustia de quien teme haber tocado techo y descubre que el control sobre su propia carrera se le escapa.

Hay un gesto político que la serie asume con una comodidad reveladora. El episodio ambientado en Moscú en 1969, con la Pasionaria como interlocutora, sirve para justificar el aislacionismo ideológico del cantante, su defensa de la libertad individual frente a cualquier compromiso colectivo. Esa equidistancia, presentada como virtud, resulta hoy más problemática que nunca, porque convierte la neutralidad en coartada y evita pronunciarse sobre el régimen que lo vio nacer artísticamente. La escena en que Raphael afirma que puede mejorar el mundo un poquito sin arreglarlo encierra una moral pequeña, acomodada, que la serie abraza sin someterla a tensión. El resultado es un retrato que respeta la leyenda hasta dejarla intacta, sin iluminar sus zonas oscuras ni preguntarse por las contradicciones de un artista que, en pleno franquismo, se mantuvo firme en su manera de estar sobre el escenario mientras esquivaba cualquier definición política. La propuesta entretiene y se deja ver, pero renuncia a lo que la ficción biográfica puede ofrecer cuando se toma en serio: la posibilidad de comprender a un hombre a través de sus fisuras, y no solo de sus aplausos.