La adaptación de 'La hipótesis del amor' llega a Prime Video bajo la dirección de Claire Scanlon, cineasta que ya demostró su habilidad para el género con 'Set It Up', y con un guion firmado por Sarah Rothschild que traslada a la pantalla la novela de Ali Hazelwood, un texto que nació como fanfiction de Star Wars centrada en la pareja formada por Rey y Kylo Ren. La película se inserta en un panorama donde las adaptaciones de fenómenos literarios de BookTok buscan replicar el éxito de sus páginas, y lo hace con un reparto encabezado por Lili Reinhart y Tom Bateman, quienes interpretan a Olive Smith, una doctoranda en biología de Stanford, y a Adam Carlsen, un profesor asociado a ese mismo departamento conocido por su carácter severo. La cinta plantea un experimento romántico donde la farsa sentimental sirve como catalizador para que los protagonistas confronten sus propias soledades y deseos, todo ello envuelto en un entorno académico que pretende retratar las tensiones del mundo científico.
La trama se articula en torno a una mentira piadosa que Olive construye para facilitar la relación entre su amiga Anh y Jeremy, un compañero por el que ella sentía atracción. Ese embuste la lleva a besar a Adam, un hombre de reputación temible, y a partir de ahí ambos acuerdan simular un noviazgo que beneficie a los dos: ella consigue que su amiga avance con Jeremy, y él proyecta una imagen de estabilidad ante la universidad para asegurar la renovación de su financiación. La película disecciona las consecuencias de ese pacto mostrando cómo los encuentros públicos, las anécdotas inventadas y las muestras de afecto calculadas van difuminando la frontera entre lo fingido y lo sentido, aunque la narración se apoya en exceso en la familiaridad del público con el tropo del falso romance, lo que resta densidad a los momentos en que los personajes deberían tomar conciencia de sus sentimientos reales. Esa carencia de introspección, especialmente palpable en el tercer acto, convierte el desenlace en una sucesión de giros que resuelven conflictos sin haberlos explorado con la suficiente hondura, dejando la impresión de que la historia prioriza el cumplimiento de las expectativas del género sobre la construcción de un vínculo emocional que se sienta ganado.
Los personajes secundarios aportan un contrapeso interesante a la pareja protagonista, y así, Anh, interpretada por Rachel Marsh, funciona como el motor inicial del enredo y como un anclaje afectivo que impide que la narración se centre exclusivamente en el idilio. Malcolm, a quien da vida Jaboukie Young-White, encarna al compañero de piso con una mezcla de humor y sensibilidad que evita el estereotipo del amigo gay decorativo, mientras que Jeremy, en la piel de Nicholas Duvernay, queda relegado a un segundo plano que desaprovecha su potencial como vértice del triángulo sentimental. La película subraya la importancia de los lazos de amistad y de la familia elegida, y lo hace con diálogos que aciertan al mostrar las conversaciones difíciles entre Olive y sus allegados, aunque la subtrama romántica entre Anh y Jeremy se resuelve con una ligereza que contrasta con la atención prestada al vínculo principal. Esa disparidad sugiere una cierta indecisión sobre qué historia quiere contar realmente, si la del amor naciente entre dos personas socialmente torpes o la de una comunidad universitaria que se sostiene sobre afectos y lealtades.
La dirección de Scanlon maneja con oficio los tiempos cómicos y permite que las escenas de vergüenza ajena, como la cita en la cafetería o la aplicación de crema solar, desplieguen su potencial humorístico sin recurrir a subrayados innecesarios. Sin embargo, la realizadora se muestra menos precisa a la hora de dosificar la tensión romántica, y el resultado es una cinta que transita entre el enredo ligero y un dramatismo que aparece de forma abrupta en su recta final, lastrado por un villano que carece del espacio necesario para resultar amenazante. La química entre Reinhart y Bateman sostiene gran parte del metraje, con una Reinhart que demuestra un dominio notable de la comedia física y verbal, y un Bateman que va despojando a su personaje de la rigidez inicial para revelar una vulnerabilidad que explica por qué Olive termina enamorándose de él. La propuesta, en conjunto, se apoya en un imaginario visual que homenajea sus orígenes en la fanfiction, con guiños cromáticos y musicales que recompensan a los seguidores más atentos, aunque ese mismo bagaje lastra la frescura de un relato que aspira a ser algo más que un simple pasatiempo.
La película aborda de manera tangencial cuestiones como la presión por obtener financiación en el ámbito científico, la persistencia de dinámicas de poder en las universidades y la necesidad de pertenencia en entornos competitivos, si bien lo hace sin profundizar en las implicaciones éticas que se derivan de una relación ficticia entre una estudiante y un profesor, aunque el guion se esfuerza por aclarar que Adam nunca fue docente de Olive. Esa cautela evita conflictos incómodos, pero también resta mordiente a una historia que podría haber explorado con mayor crudeza los desequilibrios inherentes a la jerarquía académica. La cinta prefiere refugiarse en la comodidad del entretenimiento y deja pasar la ocasión de ofrecer una mirada más incisiva sobre las contradicciones del mundo que retrata, conformándose con cumplir los cánones del género sin arriesgar en exceso. El resultado es una propuesta que se deja ver con agrado, pero que se disuelve en la memoria como esas reacciones químicas que brillan un instante y luego se apagan.
Crítica elaborada por Dani Miguel Brown
