Cine y series

La captura

Chava Cartas

2026



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La cinematografía mexicana lleva años encontrando en el narco un filón narrativo que, en demasiadas ocasiones, deriva hacia el sensacionalismo o la glorificación del criminal. 'La captura', dirigida por Chava Cartas sobre un guion de Bernardo Esquinca a partir de los artículos periodísticos de Héctor de Mauleón, esquiva esa trampa al colocar el foco no sobre el capo sino sobre los funcionarios que se topan con él durante un control rutinario. La cinta, que llega a la plataforma Netflix el 21 de agosto de 2026, reconstruye los hechos acaecidos el 8 de enero de 2016, cuando Joaquín Guzmán Loera fue recapturado tras huir del Altiplano, aunque los nombres de los agentes, Arturo Carmona y Héctor Rosales, responden a una ficcionalización de los policías reales que participaron en el operativo. Esta decisión, lejos de restar veracidad, permite a Cartas explorar las dinámicas internas de una pareja de agentes que desconfía el uno del otro mientras custodia al hombre más buscado del país.

El arranque de la película dedica un tiempo considerable a la figura de Carmona, interpretado por Alfonso Herrera, mostrando su entorno familiar y las circunstancias que lo colocan en la trayectoria del narcotraficante. Esta presentación, aunque necesaria para generar interés sobre el protagonista, alarga el metraje inicial más de lo conveniente, provocando que los primeros compases resulten algo pesados. Sin embargo, una vez que los dos policías coinciden en el coche patrulla con el prisionero, la cinta encuentra su ritmo y comienza a funcionar como un mecanismo de relojería en el que cada mirada, cada silencio y cada palabra pueden ser una sentencia. La desconfianza mutua entre Carmona y Rosales, este último recién llegado al distrito, se convierte en el motor dramático principal, y el espectador nunca sabe si la tensión entre ambos responde a la lógica fricción entre personalidades opuestas o al temor fundado de que uno de ellos esté dispuesto a vender al otro para salvar su pellejo.

Héctor Kotsifakis compone un Guzmán que, durante gran parte del metraje, se limita a lanzar amenazas y promesas de venganza contra Carmona, pero en los instantes clave deja entrever la conciencia de su propia fragilidad. El actor dosifica con inteligencia esos momentos de vulnerabilidad, mostrando a un capo que sabe que su poder se desvanece cuando las esposas aprietan y los suyos tardan en llegar. La película acierta al no convertir al narcotraficante en un villano caricaturesco ni en un héroe popular, sino en un hombre que utiliza el miedo como su principal arma y que, al verse despojado de su escolta y su territorio, se reduce a su esencia más primaria: la de un individuo aferrado a la vida. Esta aproximación, contenida y realista, concede a la cinta una credibilidad que otras producciones del género pierden al caer en el exceso de fuego cruzado o en diálogos grandilocuentes.

El trabajo de Cartas detrás de la cámara se caracteriza por una puesta en escena que privilegia los espacios cerrados y la incomodidad de sus personajes. El motel donde los policías esperan el refuerzo militar se convierte en una jaula asfixiante, y el director maneja con oficio la progresión de la amenaza: los sicarios se acercan, los minutos pasan y la promesa de ayuda se difumina. La decisión de no mostrar grandes tiroteos ni persecuciones espectaculares, sino de sugerir el peligro a través de la tensión acumulada, otorga a la película un tono que recuerda al de otros thrillers de situación donde el espacio reducido y el tiempo limitado son los verdaderos antagonistas. La violencia, cuando aparece, resulta seca y breve, como corresponde a un relato que prefiere la incomodidad de lo inminente al estruendo de lo explícito.

Las implicaciones políticas y sociales de la historia se asoman en los márgenes del relato sin llegar a dominarlo. La corrupción policial, omnipresente en el imaginario colectivo sobre México, se insinúa en las dudas de Carmona sobre la lealtad de su compañero y en las llamadas que el capo realiza para mover sus influencias desde el asiento trasero. Pero la película no convierte estas cuestiones en el eje de su discurso, sino que las utiliza como telón de fondo para una historia de supervivencia que trasciende lo político y se instala en lo puramente humano. Los agentes no son héroes ni mártires, sino funcionarios atrapados en una situación extraordinaria que exige decisiones para las que ningún entrenamiento los ha preparado, y esa ambigüedad moral, esa incapacidad de distinguir entre el deber y el instinto de conservación, confiere a sus acciones un peso que la cinta no juzga ni absuelve.

El clímax de 'la captura' logra mantener la coherencia estilística que la película ha construido durante todo su metraje, con un giro final que sorprende sin traicionar la lógica interna del relato. La resolución, lejos de recurrir a fuegos artificiales narrativos, apuesta por una solución que encaja con el tono sobrio y contenido que ha predominado desde que los dos policías se encuentran con su inesperado prisionero. Cartas demuestra que el suspense puede sostenerse sin necesidad de explosiones ni persecuciones, y que la verdadera tensión reside en la incertidumbre sobre las intenciones de cada personaje. La química entre Herrera y Hernández, que transita de la frialdad profesional a una complicidad forjada en el peligro, sostiene los momentos más delicados de la cinta y confiere autenticidad a una relación que comienza siendo de conveniencia y termina revelando destellos de confianza.

A pesar de un comienzo que se toma demasiadas licencias para presentar a sus protagonistas, la película de Cartas ofrece un recorrido que gana enteros a medida que avanza y que encuentra en la contención su principal virtud. Los artículos de Mauleón sirven como punto de partida, pero el guion de Esquinca los transforma en una ficción que, sin renunciar al dato verídico, se permite construir personajes y situaciones que eleven el material periodístico a la categoría de thriller psicológico. Los espectadores que busquen tiros y persecuciones al estilo de las series norteamericanas sobre narcotráfico quizá salgan defraudados, pero quienes valoren la sugerencia, el diálogo tenso y la progresión lenta de la amenaza encontrarán en esta producción mexicana un ejemplo de cómo contar una historia de crimen sin perder de vista la complejidad de quienes la protagonizan.

Crítica elaborada por Dani Miguel Brown

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