'S&X' adapta el manga homónimo de Kisei Tada bajo la dirección de Shogo Kusano, quien también firma el guion junto a Tomoko Yoshida, Ruriko Matushima y Takumi Baba. La producción, a cargo de Office Shirous con Mariko Seto y Daisuke Saitoh, sitúa la acción en la Clínica Shimotori, donde el sexólogo Ichito Shimotori recibe a pacientes atrapados en conflictos íntimos que permanecen ocultos para su entorno. El relato construye un espacio de confesión laico donde las vergüenzas y los deseos silenciados encuentran un cauce, aunque el terapeuta, encarnado por Kento Nakajima, arrastra sus propias sombras. La narrativa evita el sensacionalismo y apuesta por un tono contenido, casi clínico, que traslada al espectador a una consulta donde la normalidad de lo secreto se despliega sin estridencias. Kusano maneja los tiempos con una cadencia que privilegia el diálogo y la observación, relegando los giros dramáticos a un segundo plano para que la cotidianidad de la vulnerabilidad ocupe el centro de la escena. La serie no construye arquetipos del sufrimiento, sino que retrata la sexualidad como un territorio de contradicciones donde la vergüenza y la necesidad de ser escuchado conviven en un mismo gesto contenido, y donde la figura del especialista actúa como un espejo deformado de las propias dudas del paciente.
El entramado de 'S&X' se articula en torno a la doble faceta de Shimotori: el profesional que ofrece empatía y el individuo que esquiva cualquier aproximación afectiva, especialmente con Yumi Ichinose, una antigua compañera de instituto cuya reaparición despierta una atracción que él se empeña en sofocar. Esta dualidad permite a la serie deslizarse entre los casos que llegan a la clínica y la biografía silenciosa de su protagonista, construyendo un paralelismo que evita el psicologismo fácil. Los pacientes, cada uno con su particular laberinto, representan un abanico de inquietudes que van desde la presión social sobre el deseo hasta la dificultad para nombrar lo que duele, mientras Shimotori escucha sin juzgar y ofrece herramientas que nunca se presentan como certezas, sino como posibilidades abiertas. La trama secundaria de Yumi, presentadora de televisión, añade una capa de exposición pública que contrasta con la privacidad del consultorio, subrayando cómo la imagen mediática y la intimidad chocan en una sociedad que exige transparencia pero castiga la honestidad. Los guionistas tejen con paciencia las historias de los secundarios, como la recepcionista Marin Natsume, cuya sinceridad desarmante alivia la rigidez del entorno, o el enfermero Yuta Saigawa, cuya dificultad para conectar con el sufrimiento ajeno revela las fracturas del personal sanitario. Cada caso funciona como un prisma que refracta la luz sobre el mismo núcleo: la soledad de quien carga con un secreto y la responsabilidad de quien lo acoge sin pretender redimirlo.
La evolución de los personajes en 'S&X' se traza mediante pequeños desplazamientos, nunca mediante epifanías estridentes. Shimotori avanza a trompicones, revelando a cuentagotas el trauma que paraliza su vida amorosa, y Nakajima interpreta esa rigidez con una fisicalidad que habla de un hombre acostumbrado a controlar su entorno emocional, aunque el control se le escape en los silencios. Yumi, por su parte, no queda reducida a un mero catalizador del drama ajeno; Araki la dota de una agencia que la convierte en el contrapunto activo al inmovilismo de su interés romántico. La serie se permite explorar las aristas de cada personaje sin reducir su complejidad a una función narrativa, de modo que el mentor Daisuke Kurusu o el jefe de departamento Kazuo Toyomoto aportan perspectivas enfrentadas sobre la vocación de Shimotori, enriqueciendo el debate sobre el lugar de la sexología en un sistema médico que aún la mira con recelo. Kusano dirige con una mano que prefiere la sugerencia a la exhibición, y los planos cerrados sobre los rostros de los pacientes durante sus confesiones convierten la incomodidad en un elemento casi táctil, mientras los espacios abiertos, como la azotea donde Shimotori se refugia, funcionan como paréntesis de aire en una narración densa. La serie, sin embargo, no resuelve todas las aristas de su reparto coral, y algunos secundarios, como el presentador Hayate Suma, quedan dibujados con trazos que prometen más de lo que finalmente aportan a la dinámica principal.
El trasfondo social de 'S&X' aborda la persistencia del tabú sexual en una cultura donde la apariencia y el deber colectivo a menudo silencian lo privado, pero lo hace sin caer en un panfleto reivindicativo. La serie señala con crudeza cómo la burla y el prejuicio acompañan al profesional que elige este campo, reflejando una sociedad que tolera la sexualidad como espectáculo pero la reprime como conversación seria, y este conflicto se traslada a la relación de Shimotori con su propio pasado, donde el peso de la norma familiar y académica se manifiesta en la figura de Toyomoto. La obra de Tada, que inspiró la adaptación, ya planteaba la necesidad de buscar ayuda sin vergüenza, y la serie recoge ese testigo para amplificarlo en un relato que insiste en la escucha como acto político, especialmente en un momento histórico donde las etiquetas y los juicios rápidos dominan el discurso público. La coproductora Mariko Seto subraya la importancia de evitar la dicotomía entre lo correcto y lo incorrecto, y esa filosofía impregna cada episodio, mostrando personajes que tropiezan y se levantan sin que la narrativa les conceda una redención automática. La televisión, representada por el programa de Yumi, actúa como un espejo deformante de esta tensión, donde la exposición mediática convierte la intimidad en mercancía, mientras la consulta de Shimotori se erige como un reducto de confidencialidad que la serie defiende como un derecho fundamental. Este choque entre lo público y lo secreto dota a la ficción de una actualidad incómoda, porque retrata una época que celebra la supuesta libertad de expresión pero castiga a quien habla con sinceridad sobre lo que duele en la cama o en la memoria.
El estilo de Kusano en 'S&X' apuesta por una puesta en escena sobria, donde la iluminación natural y los encuadres fijos predominan sobre los movimientos de cámara, creando una atmósfera de observación que recuerda al cine de Hirokazu Koreeda, aunque sin su lirismo, y que privilegia el texto y la interpretación por encima de cualquier artificio. Los guionistas estructuran los episodios como unidades casi autónomas, cada una centrada en un caso que, sin embargo, deja ramificaciones que se extienden a lo largo de la temporada, tejiendo una red de influencias que evita la fragmentación y mantiene un hilo conductor firme. La relación entre Shimotori y sus pacientes se convierte en un ejercicio de traducción emocional, donde el terapeuta descifra los códigos de un malestar que a menudo el propio paciente apenas sabe nombrar, y esta labor de intermediación entre lo inefable y lo expresable constituye el verdadero pulso de la serie. El reparto, encabezado por Nakajima, cumple con solvencia en un registro que exige contención y matices, aunque algún secundario, como la periodista Miku Kono, desaprovecha sus escenas por un desarrollo insuficiente que deja su rivalidad con Yumi en un mero apunte. La serie, con sus diez episodios de duración ajustada, mantiene un ritmo que invita a la inmersión sin precipitarse, y aunque algunos diálogos incurren en una explicitud didáctica que rompe la naturalidad, la mayor parte del tiempo logra que las confesiones de los pacientes resuenen como ecos de una conversación íntima más que como lecciones de autoayuda. Esta decisión, coherente con el material original, convierte la ficción en un ejercicio de complicidad con el espectador, al que se le exige una atención similar a la que Shimotori dedica a sus consultantes.
Crítica elaborada por Dani Miguel Brown
