Cine y series

Ghost: 2 Big to Rig

Amir Chamdin y Jim Parsons

2026



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La banda sueca Ghost, con dos décadas de trayectoria a sus espaldas, ha decidido cerrar un ciclo con un segundo registro cinematográfico de sus actuaciones. Tras la mezcla de ficción y concierto que supuso 'Rite Here Rite Now', el dúo formado por Amir Chamdin y Jim Parsons afronta ahora un reto de distinta naturaleza: filmar el final de la gira Skeletour en el Palacio de los Deportes de Ciudad de México. La elección de un formato analógico como el celuloide de 16 milímetros para una proyección posterior en salas IMAX define desde el principio las intenciones del proyecto, que apuesta por la textura y la calidez de la imagen frente a la frialdad del digital. Chamdin, que ya dirigió el filme anterior, repite en una propuesta que renuncia a los elementos narrativos y los diálogos para centrarse por completo en la energía del directo. Parsons, por su parte, aporta su visión para construir un documento que aspira a trascender el mero registro para convertirse en un objeto con personalidad propia. La ausencia de una trama con personajes al uso sitúa el peso de la película sobre las canciones y la puesta en escena, una decisión que podría alejar a quienes esperaban una continuación del lore de la agrupación. Sin embargo, el filme se presenta como una declaración de intenciones clara sobre lo que quiere ser: una celebración de la comunión entre la banda y sus seguidores en un entorno privilegiado.

El argumento de '2 Big to Rig' se sostiene sobre la estructura de un concierto convencional, pero introduce elementos que enriquecen la propuesta. Las imágenes de la cancelación del primer concierto programado por la enfermedad de Tobias Forge otorgan un contrapunto dramático a la euforia de las dos noches siguientes. Este incidente, lejos de empañar el resultado final, subraya la fragilidad de cualquier espectáculo en directo y la entrega del público que, pese a la decepción inicial, vuelve a llenar el recinto. La decisión de prohibir los teléfonos móviles durante las actuaciones originales se traslada a la experiencia cinematográfica, creando un ambiente de atención plena que raramente se encuentra en los conciertos actuales. Forge, en su papel de Papa V Perpetua, maneja los hilos de la función con un carisma que la cámara capta sin descanso, aunque el filme concede espacio a los músicos que le rodean, especialmente a las Ghoulettes, cuya presencia en el escenario cobra un protagonismo inusual. La ausencia de los personajes ficticios que han poblado la mitología de Ghost durante años sitúa el foco sobre la destreza instrumental y la capacidad de la banda para hipnotizar a una multitud de casi cuarenta mil almas. Las escenas de backstage, centradas en las tareas logísticas del montaje y desmontaje del escenario, ofrecen una mirada poco habitual al esfuerzo colectivo que sostiene una producción de tal envergadura. Esta aproximación al trabajo anónimo de los técnicos confiere al filme una dimensión social que trasciende lo puramente musical.

Los directores construyen un relato visual que alterna planos generales de la multitud con primeros planos de los intérpretes, buscando una inmersión que la gran pantalla favorece. Chamdin y Parsons manejan la cámara con una energía que resulta eficaz durante los primeros compases, aunque su pulso se vuelve más errático hacia el final, cuando la composición de algunos planos sacrifica la grandiosidad de la escenografía por una cercanía excesiva a los músicos. En temas como 'Umbra', el empleo de la pantalla dividida, reminiscente de la escuela de Brian De Palma, eleva la intensidad del momento y demuestra que los realizadores dominan las herramientas del lenguaje cinematográfico cuando se alejan de la mera observación. La textura granulada del celuloide aporta una capa de nostalgia que encaja con el repertorio de la banda, donde el rock, el pop y el metal se funden en un sonido reconocible. El diseño acústico de la película revela detalles de los arreglos que permanecen ocultos en las mezclas de los discos de estudio, ofreciendo una riqueza sonora que satisface al oído más exigente. La elección de temas, que abarca desde los primeros trabajos hasta el reciente 'Skeleta', garantiza que cada sector del público encuentre un motivo para la conexión afectiva. Sin embargo, la inclusión de ciertos cortes en detrimento de otros plantea dudas sobre los criterios de selección, una cuestión que la película no aborda. La decisión de mostrar el rostro del público, con sus lágrimas y sus gritos, convierte a los asistentes en parte activa del espectáculo.

Las implicaciones políticas y morales del filme emergen a través de su propio título, '2 Big to Rig', que remite directamente al eslogan utilizado por Donald Trump durante su campaña electoral de 2024. Esta elección léxica, lejos de ser casual, conecta con la trayectoria de una banda que ya había mostrado su descontento con ciertas figuras del conservadurismo estadounidense en canciones como 'Griftwood' o 'Twenties'. Forge ha manifestado en entrevistas su desprecio hacia aquellos políticos que sacrifican sus principios por el poder, una crítica que ahora se disfraza de juego de palabras. La película, al adoptar este título, se convierte en un artefacto cultural que trasciende lo musical para adentrarse en el terreno de la sátira política, aunque sin desarrollar esta vertiente de manera explícita en su metraje. La elección de México como escenario principal tampoco resulta inocente, dado el papel que el país juega en el imaginario político estadounidense y su presencia constante en los discursos del Partido Republicano. Al filmar en la capital mexicana y destacar la devoción de su público, Ghost invierte los términos del debate migratorio y reivindica un espacio de encuentro que desafía las narrativas nacionalistas. La ausencia de comentarios directos sobre esta cuestión dentro del filme deja que el propio título opere como un comentario velado, una provocación que cada espectador podrá interpretar según su bagaje ideológico. Esta ambigüedad calculada refuerza la imagen de una banda que sabe generar controversia sin necesidad de pronunciarse abiertamente.

El contexto social que envuelve el estreno de '2 Big to Rig' revela una comunidad de seguidores que convierte cada proyección en un ritual compartido. Los asistentes acuden disfrazados con las máscaras de los Nameless Ghoul o ataviados con hábitos de monja, prolongando la estética del concierto en la sala de cine. Este fenómeno, que podría calificarse de teatral, transforma la experiencia individual en un acontecimiento colectivo donde el intercambio de objetos promocionales y las muestras de afecto entre desconocidos son la norma. La película funciona entonces como un catalizador de emociones que ya existían en la base de fans, amplificando su intensidad gracias a la inmersión que proporciona el formato IMAX. La decisión de capturar estas imágenes en celuloide añade un componente de rareza y exclusividad que refuerza el vínculo de los seguidores con la banda, como si poseyeran un objeto único y efímero. Forge, consciente de esta dinámica, se dirige al público con frases que resaltan la importancia de ese momento compartido, estableciendo una complicidad que el filme conserva. No obstante, el carácter cerrado de la gira y la sensación de que se trata de un último viaje antes de una pausa prolongada dotan al conjunto de un tono elegíaco que algunos espectadores podrían encontrar agridulce. La película, en ese sentido, sirve como un archivo de un instante que nunca volverá a repetirse.

La dirección de Chamdin y Parsons se enfrenta al desafío de mantener el interés durante más de una hora de música ininterrumpida, un reto que sortean con mayor o menor fortuna según el fragmento. Los momentos en que la cámara se aleja del escenario para mostrar el trabajo de los técnicos resultan los más reveladores, porque rompen la monotonía del plano de concierto y ofrecen una perspectiva que el aficionado habitual desconoce. La coreografía de las luces y los efectos pirotécnicos, aunque impresionante en su escala, queda a veces difuminada por un montaje que privilegia la cercanía al cantante en detrimento de la visión de conjunto. Las influencias del cine de terror, patentes en la estética de la banda, se filtran en la puesta en escena a través de ciertos juegos visuales que Chamdin aprovecha con inteligencia, como el uso de sombras y contraluces que desdibujan las figuras de los músicos. La proyección en 16 milímetros, con sus imperfecciones inherentes, convierte cada fotograma en una pieza única que el espectador identifica como especial, en contraste con la pulcritud estéril de las grabaciones digitales. Esta apuesta formal, sin embargo, exige una atención por parte del público que quizá no todos estén dispuestos a conceder, especialmente aquellos que acuden buscando solo una sucesión de hits. Los directores demuestran conocer a su audiencia y ofrecen un producto que se ajusta a las expectativas del núcleo duro de seguidores, aunque quizá desatiendan al espectador ocasional. La película se sostiene por el ímpetu de las interpretaciones y la capacidad de la banda para hipnotizar, más que por las decisiones estéticas de sus realizadores.

Crítica elaborada por Mario Lozano

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