Gabriel Azorín, fundador del colectivo Lacasinegra, afronta su primer largometraje de ficción con una propuesta que desafía las convenciones narrativas más asentadas. El cineasta, que ha participado en proyectos tan estimulantes del panorama español reciente como 'El agua' o 'Soy vertical pero me gustaría ser horizontal', construye en 'Anoche conquisté Tebas' un relato que se desarrolla íntegramente en las termas romanas de Bande, en Ourense. Este espacio milenario se convierte en el escenario donde convergen dos líneas temporales separadas por siglos, pero unidas por las mismas inquietudes masculinas. La película, presentada en la Giornate degli Autori del Festival de Venecia y posteriormente galardonada en la Seminci, plantea una reflexión sobre la amistad y la vulnerabilidad que trasciende cualquier época histórica.
La narración arranca con un grupo de jóvenes portugueses que atraviesan un paisaje gallego invernal en busca de unas termas que han emergido tras el descenso de las aguas de un embalse. Estos muchachos, que regresan de una batalla virtual librada en un videojuego, mantienen conversaciones en las que se mezclan las referencias a streamers con las crónicas de supuestas conquistas bélicas. Azorín juega con esta ambigüedad durante los primeros compases, haciendo dudar al espectador sobre la naturaleza real o ficticia de los combates que describen los protagonistas. Cuando la noche se cierne sobre el lugar, la película abandona cualquier atisbo de acción exterior para concentrarse en dos de estos amigos, António y Jota, que permanecen sumergidos en las bañeras de piedra mientras confiesan sus miedos y desencantos.
Esta conversación nocturna constituye el núcleo dramático del filme y se prolonga durante un único plano de aproximadamente quince minutos que concentra toda la tensión emocional. Los personajes, interpretados por Santiago Mateus y António Gouveia, exponen su descontento ante la vida que han acabado construyendo, muy alejada de los sueños compartidos durante la infancia. Mientras uno ha emigrado para estudiar, el otro ha permanecido en su pueblo natal, y esa distancia física se ha convertido también en distancia afectiva. La película disecciona con minuciosidad ese proceso de disolución de una amistad que parece no estar sujeto a ningún contrato social explícito, a diferencia de las relaciones de pareja. Azorín sitúa la acción en un lugar donde el tiempo parece detenerse, las termas, para subrayar la paradoja de que la amistad, precisamente por carecer de ataduras formales, resulta más frágil y difícil de preservar.
El director establece un paralelismo con otro dúo de personajes que habita las mismas termas en la época romana. Dos soldados, Aurelio y Pompeio, mantienen una conversación similar sobre la posibilidad de desertar de la guerra y el miedo a la separación. Azorín no establece una relación causal entre ambas parejas, sino que las yuxtapone para mostrar cómo determinadas inquietudes humanas permanecen invariables a lo largo de los siglos. La guerra que libran los jóvenes contemporáneos resulta virtual, pero su angustia ante la pérdida del amigo resulta tan real como la de aquellos que se enfrentaban a batallas mortales. Esta estructura especular permite al cineasta reflexionar sobre la masculinidad y su dificultad para expresar la vulnerabilidad, un tema que atraviesa toda la película y que se manifiesta en las confesiones de los personajes cuando la oscuridad y el aislamiento del lugar les proporcionan el valor necesario para hablar de sus sentimientos.
La puesta en escena de Azorín apuesta por un ritmo pausado que se distancia del cine convencional, con planos fijos de larga duración que invitan a la contemplación. La fotografía de Giuseppe Truppi aprovecha la luz cambiante del atardecer y la noche para construir una atmósfera envolvente que envuelve a los personajes. El director prescinde casi por completo de los movimientos de cámara, salvo un par de excepciones al principio y al final, para que el espectador se concentre en las palabras y en los silencios de los protagonistas. Esta decisión formal resulta coherente con la temática de la obra, ya que el espacio de las termas funciona como un lugar fuera del flujo temporal ordinario donde las conversaciones adquieren una densidad especial. La película sitúa al espectador en una posición similar a la de los personajes, obligado a permanecer inmóvil mientras el diálogo se desarrolla con una lentitud deliberada.
'Anoche conquisté Tebas' plantea una reflexión sobre el tiempo cinematográfico que conecta directamente con su contenido temático. Las largas conversaciones que mantienen los personajes durante la noche ocupan un espacio temporal que parece no tener fin, como si las termas fueran un lugar donde la duración de las horas se estira hasta hacerse eterna. Azorín logra que ese tiempo fílmico se convierta en un elemento narrativo más, de manera que la sensación de estancamiento que experimentan los protagonistas se transmite directamente al espectador. La película reclama una atención que el cine contemporáneo rara vez exige, y esa apuesta por la lentitud resulta tanto un riesgo como su principal seña de identidad. El director confía en que la potencia de las conversaciones y la belleza de las imágenes sostengan un relato que prescinde de cualquier giro argumental o conflicto externo.
La elección del título remite al Batallón Sagrado de Tebas, una unidad militar griega compuesta por parejas de amantes que derrotó a los espartanos en varias ocasiones. Esta referencia histórica ilumina el contenido de la película, que explora la dimensión homoerótica de la amistad masculina sin necesidad de etiquetarla explícitamente. Los personajes de Azorín comparten un espacio físico reducido, el agua de las termas, que favorece la intimidad y el contacto, pero el director evita cualquier dramatización excesiva de esa cercanía. El filme transita entre la literalidad de las conversaciones y un registro más simbólico que convierte las termas en un umbral entre la vida y la muerte, el pasado y el presente, lo dicho y lo no dicho. Las confesiones de los jóvenes adquieren así un carácter casi ritual que trasciende sus anécdotas particulares.
El director muestra una confianza absoluta en la capacidad de las imágenes para transmitir aquello que las palabras no logran expresar. Los planos generales de las termas vacías, la textura del agua iluminada por la luna y los cuerpos de los actores sumergidos en las bañeras construyen un relato visual que acompaña y amplifica el diálogo. Azorín trabaja con una economía de medios que recuerda a la de ciertos cineastas portugueses que han explorado la relación entre el paisaje y la palabra, aunque el director español imprime a su obra un tono propio que evita el pastiche. La película se sostiene sobre la química entre los intérpretes, que logran transmitir una naturalidad encomiable en un registro que exige contención y precisión. Las miradas y los silencios entre los personajes resultan tan elocuentes como sus parlamentos.
La obra de Azorín se inscribe en una corriente del cine europeo actual que recupera la reflexión sobre el tiempo y el espacio como elementos centrales de la narrativa. El director gallego comparte con otros autores contemporáneos el interés por las zonas fronterizas entre lo real y lo imaginario, pero su propuesta se aleja de cualquier tentación efectista para apostar por una depuración formal que sostiene todo el metraje. 'Anoche conquisté Tebas' puede resultar una experiencia exigente para quienes buscan un cine de tramas convencionales, pero quienes acepten sus reglas encontrarán un retrato de la amistad masculina tan contenido como sincero. La película confirma a Gabriel Azorín como una de las voces más singulares del cine español reciente, capaz de construir un universo narrativo propio a partir de elementos aparentemente mínimos.
Crítica elaborada por Marina Rivas
