Alessandro Aronadio, cineasta italiano con una trayectoria marcada por el retrato de las fisuras cotidianas, afronta en 'Cosas que no olvidaré' la adaptación de una historia real que sacudió la conciencia de su país. El relato de Mattia Piccoli, un niño de once años condecorado por el presidente de la república por su dedicación a su padre enfermo, sirve como punto de partida para una indagación sobre los límites de la identidad cuando la materia que la sostiene comienza a resquebrajarse. Aronadio, que firma el guion junto a Ivano Fachin y Renato Sannio, elude cualquier tentación de grandilocuencia para construir un relato que avanza con la parsimonia de quien sabe que el tiempo se ha vuelto un bien escaso. La cinta, presentada en la sección Grand Public del Festival de Roma y estrenada en Italia en octubre de 2025, llega ahora a las salas españolas con la etiqueta de un drama familiar que rechaza los manuales del género para abrazar una mirada más esquiva y, por ello, más perturbadora.
Paolo, el protagonista al que da vida Edoardo Leo, descubre a sus cuarenta años que padece alzhéimer precoz, una sentencia que convierte cada instante en un territorio minado. El filme no se detiene en los prolegómenos del diagnóstico ni en la cascada de negaciones que suelen acompañarlo, sino que se instala directamente en la vida que prosigue, esa rutina que de pronto se vuelve extraña porque la cabeza que la procesa ha empezado a fallar. La esposa de Paolo, Michela, interpretada por Teresa Saponangelo con una contención que evita cualquier atisbo de afectación, se convierte en el ancla de una familia que amenaza con descomponerse, mientras el hijo de ambos, Mattia, encarnado por el debutante Javier Francesco Leoni, observa el derrumbe con la lucidez de quien aún no ha aprendido a disimular la perplejidad. Aronadio construye el relato a partir de pequeñas estampas que parecen independientes pero que, al ensamblarse, dibujan el mapa de una despedida que se prolonga en el tiempo, esa forma de duelo anticipado que la enfermedad impone a quienes rodean al enfermo.
El director italiano maneja con oficio la dificultad de narrar la pérdida gradual de la memoria sin caer en la repetición de esquemas ya gastados. 'Cosas que no olvidaré' se mueve entre la comedia y el drama con una soltura que desarma al espectador, como demuestra la secuencia del funeral al que los tres protagonistas asisten por equivocación, un equívoco que Aronadio convierte en un momento de alivio cómico sin que ello reste gravedad al conjunto. La película entiende que la enfermedad no borra por completo la capacidad de reírse de uno mismo, y ahí radica su mayor acierto: en mostrar que la dignidad del enfermo no exige la solemnidad permanente, sino que puede expresarse también en el absurdo de una situación malinterpretada. El cine de Aronadio, que ya había explorado las contradicciones de la existencia en trabajos anteriores como 'One Life Maybe Two' o 'Ears', encuentra aquí un terreno fértil para su estilo, esa mezcla de ligereza y hondura que caracteriza su mirada sobre las crisis contemporáneas.
La relación entre Paolo y su hijo Mattia vertebra el relato con una intensidad que el director dosifica sin prisas. Las escenas en las que el padre enseña al chico a afeitarse, primero con cuchilla y luego con una cuchara en un juego que anticipa la pérdida de destreza manual, o aquellos momentos en que comparten la visión de 'Rocky' en una vieja cinta de vídeo, funcionan como pequeños rituales de transmisión que la enfermedad amenaza con interrumpir. Mattia, aficionado al cine mudo y a la botánica, representa esa mirada nueva que la memoria en descomposición ya no puede ofrecer, y su presencia en la pantalla actúa como un contrapeso a la desaparición progresiva del padre. La película plantea así una cuestión moral de calado: cómo se construye el relevo generacional cuando el portador de la tradición comienza a vaciarse de contenido, y de qué manera el hijo se convierte en guardián de una historia que ya no puede ser contada por su protagonista original.
Aronadio maneja el tiempo narrativo con una fragmentación que imita el funcionamiento de la memoria enferma, saltando hacia atrás y hacia delante sin aviso previo, como si el espectador compartiera con Paolo la confusión de no saber siempre en qué momento se encuentra. La fotografía de Andrea Reitano, con sus tonos lechosos y sus contraluces domésticos, refuerza esa sensación de irrealidad que envuelve al protagonista, mientras la banda sonora de Santi Pulvirenti, que incluye temas de Josephine Baker o Dizzy Gillespie, aporta una capa de nostalgia que conecta el presente con un pasado que ya se desvanece. El director no renuncia a la belleza plástica, pero la utiliza con mesura, evitando que el artificio visual desvíe la atención del conflicto central: ese desajuste entre lo que Paolo recuerda y lo que la realidad le exige, entre el padre que fue y el hombre en que se está convirtiendo, un extraño para sí mismo que aún conserva destellos de su antigua personalidad.
El retrato de Michela, la esposa que asiste al deterioro de su compañero sin poder detenerlo, ofrece una de las vetas más sugerentes del filme. Teresa Saponangelo compone una mujer que no se permite el lujo del derrumbe porque tiene que sostener a un hijo y a un marido que ya no es del todo el mismo, y su interpretación, alejada de cualquier gesto ampuloso, transmite la fatiga de quien pelea una batalla perdida sin dejar de creer en la importancia del combate. La película muestra con crudeza las pequeñas humillaciones que acompañan a la enfermedad, como ese momento en que Paolo olvida el código de la tarjeta en un restaurante o las llaves del coche, pero también los destellos de lucidez que vuelven más cruel el proceso. Aronadio no idealiza la enfermedad ni la rodea de un halo poético que la embellezca, sino que la muestra en su dimensión más prosaica, la de las tareas cotidianas que se vuelven obstáculos insalvables y la de los silencios que pesan más que cualquier palabra.
La cinta encuentra en la relación fraternal de Paolo con su hermano, al que da vida Giorgio Montanini, un espejo de las deudas no saldadas que la enfermedad obliga a revisar. El viaje que emprenden padre e hijo para reencontrarse con ese hermano perdido funciona como una metáfora del tiempo que se agota, de las reconciliaciones que solo llegan cuando ya casi no queda margen para la demora. Aronadio maneja con acierto ese registro, evitando que la escena se convierta en un ejercicio de sentimentalismo gratuito y manteniendo la tensión entre el deseo de restañar heridas y la evidencia de que el tiempo juega en contra de cualquier intento de reparación. El cineasta italiano demuestra así que la enfermedad no afecta solo al enfermo, sino que actúa como un catalizador que pone al descubierto todas las fisuras de la red familiar, aquellas que la rutina había ocultado y que ahora emergen con la urgencia de lo que ya no puede esperar.
'Cosas que no olvidaré' se mueve en ese terreno pantanoso donde la memoria individual se cruza con la memoria colectiva, donde el olvido del padre resuena con el olvido de una sociedad que tiende a apartar la mirada ante el sufrimiento ajeno. La película no ofrece moralejas ni extrae lecciones de la desgracia, sino que se limita a acompañar a sus personajes en el recorrido de una pérdida que todos, en mayor o menor medida, tendremos que afrontar. Aronadio, con una dirección que privilegia el primer plano y la intimidad de los rostros, construye un relato que debe su eficacia a la contención, a esa capacidad para decir mucho sin necesidad de subrayar cada efecto. El espectador sale de la sala con la sensación de haber asistido a algo verdadero, no a la representación de un dolor ficticio, y esa verdad, incómoda y perturbadora, es el mayor logro de esta película que prefiere la pregunta implícita a la respuesta fácil, la emoción contenida al desborde gratuito. La historia de Paolo, Michela y Mattia permanece en la memoria del que la ve como un recordatorio de que el amor, a veces, consiste simplemente en estar al lado mientras el otro se desvanece.
Crítica elaborada por Mario Lozano
