La industria del entretenimiento japonés ha encontrado en el quirófano un territorio narrativo fértil para explorar las contradicciones de una sociedad obsesionada con la apariencia. 'Belleza plástica', serie de ocho episodios disponible en Netflix, aterriza en un momento donde las redes sociales amplifican la comparación constante entre individuos, y lo hace bajo la batuta de Yuki Saito, realizador que ya demostró su solvencia en el ámbito hospitalario con 'Unmet: el diario de una neurocirujana'. El guion de Junya Ikegami, conocido por 'La reina de las villanas', construye un relato que se adentra en las entrañas de una clínica estética para diseccionar las motivaciones que empujan a las personas a modificarse el rostro. La propuesta parte de una investigación exhaustiva del sector nipón, incluyendo el trabajo del maquillador de efectos especiales Amazing JIRO, quien diseñó una progresión visual para cada paciente que abarca desde el estado previo a la intervención hasta la recuperación. Mayu Matsuoka y Riisa Naka encabezan un reparto coral que supera la veintena de intérpretes, entre los que figuran Hiromi Nagasaku, Atsuro Watabe, Shotaro Mamiya y Minami Tanaka, todos ellos al servicio de una trama que trasciende el simple drama médico para convertirse en un retrato sociológico de la belleza contemporánea.
El eje narrativo se sostiene sobre dos médicas con filosofías antagónicas. Fumi Numata, cirujana de vocación altruista, se ve arrastrada a un centro de estética tras un incidente profesional que la deja sin empleo y con una deuda familiar de doscientos millones de yenes. Rin Tohyama, directora de la clínica y bautizada como la mano de Dios por su destreza con el bisturí, representa la cara amable de un negocio que factura millones a costa de las inseguridades ajenas. La serie evita maniqueísmos y presenta a Rin como una mujer que, bajo una coraza de eficiencia y frialdad, esconde una lesión en la mano que amenaza su carrera y una presión constante por mantener el legado de su padre. Fumi, por su parte, encarna la resistencia ética frente a un sistema que prioriza la rentabilidad sobre el bienestar, aunque su propia situación financiera la obliga a negociar con aquello que desprecia. La confrontación entre ambas se convierte en el motor de una trama que avanza a través de casos clínicos que ilustran los extremos del fenómeno: desde la influencer Kanabun, cuyo implante mamario desencadena un tumor y un posterior suicidio, hasta la joven Tanaka, aspirante a actriz de doblaje que se somete a una rinoplastia costeada mediante una transacción sexual con un hombre mayor. Cada episodio presenta una nueva variación sobre el mismo tema, mostrando cómo la presión social, el acoso escolar, la dismorfia corporal y la búsqueda de aceptación operan como fuerzas motrices detrás de decisiones que, en ocasiones, resultan vitales.
La dirección de Yuki Saito combina el pulso del thriller con la sensibilidad del melodrama, apoyándose en la fotografía de Yohei Tateishi para construir una estética que oscila entre el brillo publicitario de la clínica y la crudeza de los quirófanos. La serie acierta al mostrar las intervenciones sin edulcorarlas, evidenciando la invasividad de los procedimientos y las complicaciones que pueden surgir, como hemorragias, infecciones o rechazo de prótesis. Sin embargo, el montaje de Kazuma Yano imprime un ritmo frenético que, en determinados tramos, sacrifica la profundidad de los personajes secundarios en favor de la acumulación de casos. La subtrama familiar de Fumi, con su padrastro endeudado y un cobrador llamado Makihara que pasa de la amabilidad a la amenaza, introduce un componente de tensión que, por momentos, desvía la atención del núcleo temático. La inclusión de personajes como el vice director Rui Komiya, un oportunista que se aprovecha de las pacientes, o el abogado Inoue y el investigador Takashina, encargados de proteger la reputación de Rin mediante campañas de desprestigio, añade capas de conflicto que enriquecen el retrato de una industria donde la imagen pública lo es todo.
Las implicaciones morales que plantea 'Belleza plástica' resultan especialmente relevantes en un contexto donde la salud mental de los adolescentes se deteriora a causa de la comparación constante en plataformas digitales. La serie aborda la delgada línea entre la autoafirmación y la obsesión, mostrando cómo una intervención puede devolver la confianza a alguien que sufre, pero también cómo puede convertirse en una espiral de dependencia. El personaje de Rin defiende que mejorar la calidad de vida de los pacientes justifica su labor, mientras Fumi sostiene que la medicina debe centrarse en salvar vidas y no en satisfacer caprichos estéticos. Esta tensión se resuelve mediante la evolución de ambas protagonistas, que encuentran puntos de encuentro en su vulnerabilidad compartida. La serie dedica espacio a explorar las consecuencias psicológicas de las cirugías fallidas, los trastornos dismórficos y el estigma social que rodea a quienes recurren a estos procedimientos. La conclusión que se extrae apunta hacia una postura intermedia: la belleza plástica puede ser una herramienta de liberación para algunos y una trampa para otros, dependiendo de las circunstancias y del acompañamiento médico adecuado.
El reparto coral sostiene gran parte del peso dramático. Mayu Matsuoka aporta a Fumi una mezcla de determinación y fragilidad que la convierte en un contrapunto creíble frente a la seguridad impostada de Rin. Riisa Naka compone a una antagonista que genera simpatía al revelarse sus propias inseguridades y la relación conflictiva con su padre, un cirujano famoso cuyo legado pesa como una losa. Los personajes secundarios, como la enfermera jefa Nanami Todoroki o la madre de Fumi, Taeko, cumplen funciones específicas dentro del entramado sin alcanzar un desarrollo pleno, lo que lastra parcialmente la ambición de retratar un ecosistema complejo. La serie se extiende durante ocho episodios que podrían haberse condensado en seis, pues algunos tramos pierden fuerza debido a la reiteración de conflictos y a la inclusión de giros melodramáticos que restan credibilidad al conjunto. El desenlace, que cierra el círculo abierto en el primer episodio, ofrece una conclusión coherente con los planteamientos iniciales, aunque deja ciertos hilos argumentales sin atar.
'Belleza plástica' se posiciona como una propuesta que invita a reflexionar sobre el papel de la cirugía estética en la sociedad actual, evitando juicios absolutos y presentando un abanico de perspectivas que abarcan desde la salvación hasta la destrucción. La serie cumple con su objetivo de entretener mientras plantea dilemas éticos que afectan a millones de personas, aunque su extensión y ciertos excesos narrativos impiden que alcance la excelencia que prometía su premisa. La labor de Yuki Saito al frente de la dirección mantiene un equilibrio entre el espectáculo y la denuncia, logrando que el espectador se cuestione sus propias convicciones sobre la belleza y los límites de la medicina. En un panorama televisivo saturado de producciones que abordan temas similares con menor rigor, esta serie japonesa destaca por su valentía al mostrar las cicatrices, tanto físicas como psicológicas, que deja el afán por alcanzar un ideal inalcanzable.
Crítica elaborada por Mario Lozano
