Cine y series

Monstruo: La historia de Lizzie Borden

Ian Brennan

2026



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La figura de Lizzie Borden ha funcionado durante más de un siglo como un imán para relatos que buscan explicar lo inexplicable dentro de un hogar victoriano de Massachusetts. La cuarta entrega de la antología 'Monstruo', titulada 'Monstruo: La historia de Lizzie Borden', llega de la mano de Ryan Murphy e Ian Brennan, quienes ya exploraron con anterioridad los casos de Jeffrey Dahmer, los hermanos Menendez y Ed Gein bajo una misma premisa: dilucidar si el mal se construye o se nace con él. En esta ocasión, la pareja de creadores abandona la reconstrucción más o menos fiel de los hechos para adentrarse en un territorio donde la licencia dramática se convierte en la norma dominante. La propuesta se estrena en Netflix el 17 de septiembre de 2026 y cuenta con ocho episodios que, según los propios responsables, pretenden abordar una herencia de rabia femenina y la reacción ante unas circunstancias opresivas. El reparto encabezado por Ella Beatty, Rebecca Hall, Sarah Paulson y Vicky Krieps se pone al servicio de una maquinaria que prioriza el impacto dramático sobre el rigor histórico, lo cual genera un debate legítimo sobre los límites de la ficción cuando se apropia de crímenes reales.

La trama se construye alrededor de dos mujeres separadas por casi un siglo pero unidas por un mismo impulso homicida según el relato propuesto. Lizzie, una mujer de treinta y dos años que reside en la casa familiar de Fall River junto a su padre Andrew y su madrastra Abby, aparece retratada como una hija sometida a un ambiente asfixiante y a una relación incestuosa con el progenitor. La serie sugiere que ese entorno destructivo la empuja a empuñar un hacha y acabar con la vida de ambos. De forma paralela, la producción introduce a Aileen Wuornos, asesina en serie de Florida ejecutada en 2002, interpretada por Sarah Paulson, cuyas escenas se intercalan con la narración principal para establecer un vínculo temático entre ambas figuras. Esta decisión estructural busca trazar un hilo conductor sobre la violencia ejercida por mujeres, aunque el resultado genera una desconexión evidente entre dos relatos que compiten por el mismo espacio narrativo.

El tratamiento de los personajes resulta desigual. Rebecca Hall compone a una Abby Borden llena de matices, con una presencia escénica que sostiene buena parte del peso dramático de las escenas domésticas. Sarah Paulson, por su parte, realiza una caracterización minuciosa de Wuornos, imitando incluso sus patrones de habla y sus movimientos corporales, lo que demuestra un estudio detallado del material documental disponible. Sin embargo, Ella Beatty, como Lizzie, carece de la intensidad requerida para un rol tan complejo, y su interpretación se diluye entre las exigencias de un guion que la coloca en situaciones alejadas de cualquier registro histórico verificable. La evolución de los personajes responde más a necesidades dramáticas que a una progresión psicológica coherente, lo que impide que el espectador pueda comprender las motivaciones reales de unos actos que la serie da por sentados.

La dirección de Murphy y Brennan apuesta por una estética reconocible dentro de su filmografía reciente, con una iluminación cuidada, un diseño de producción detallista y un ritmo que alterna momentos de tensión con secuencias de carácter más contemplativo. La cámara se detiene en los rostros de las actrices para capturar sus reacciones, aunque en ocasiones esa insistencia resulta redundante. La incorporación de Aileen Wuornos responde a una estrategia de conexión temática que recuerda a la utilizada en la temporada dedicada a Ed Gein, donde también se establecían puentes con crímenes posteriores. El resultado es un producto que se sostiene sobre las interpretaciones de su reparto femenino pero que tropieza en su construcción narrativa, dejando la sensación de que la historia real de Lizzie Borden ha sido utilizada como mero pretexto para desarrollar una ficción con escasa relación con los hechos documentados.

La dimensión social y moral de la propuesta invita a reflexionar sobre cómo se representa la violencia femenina en la cultura popular. La serie sugiere que el patriarcado y la opresión doméstica pueden desembocar en actos extremos, lo cual conecta con debates contemporáneos sobre la rabia y la resistencia. Ahora bien, ese planteamiento se desarrolla mediante conjeturas que carecen de sustento documental, como la relación sentimental entre Lizzie y la criada Bridget Sullivan o el abuso sexual por parte del padre. Tales licencias, lejos de enriquecer el relato, contribuyen a difuminar la frontera entre realidad y fantasía, algo problemático cuando se trabaja con personas que existieron y con víctimas cuyos familiares aún pueden sentirse interpelados. La serie entretiene y genera conversación, pero su falta de anclaje en los hechos la convierte en un ejercicio de especulación que, pese a sus virtudes interpretativas, se aleja de cualquier propósito de comprensión histórica.

Crítica elaborada por Andrés Gómez

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