El cielo de Paredes de Coura se tiñó de penumbra en la jornada inaugural, y el anfiteatro natural de Taboão se llenó de una multitud que aguardaba con la mirada fija arriba. El eclipse, aunque no llegó al 100% en esa latitud, bastó para agotar todas las gafas de protección del municipio y sus alrededores. Este fenómeno astronómico marcó el pistoletazo de salida de una edición que quedará en los libros del festival, que con 32 años de historia se mantiene como el decano de su categoría en Portugal.
La producción se inclinó por una alianza poco habitual para el momento del eclipse: First Breath After Coma y Salvador Sobral en un montaje teatral, una propuesta arriesgada para el espacio abierto. El sonido no fue impecable y la puesta en escena se difuminó para los que estaban lejos, pero la rareza del instante quedará grabada. La simultaneidad de reunir a miles de personas escuchando música portuguesa mientras la luna tapaba el sol fue uno de los momentos más singulares. Salvador Sobral, que reaparecería en varias ocasiones durante el festival, se convirtió en el nexo de unos días donde la música lusa reivindicó su espacio central.

MIÉRCOLES
La apertura llegó de la mano de Miramar. Su sonido se desplegó sin urgencias, tejiendo la primera conexión entre el público, los artistas y un entorno que durante cuatro días se convierte en un polo de atracción musical. El recinto empezó a animarse con los primeros asistentes, que exploraban los espacios, reencontraban caras conocidas y se preparaban para la inmersión total.
Poco después, Westside Cowboy inyectaron un nuevo pulso a la jornada. Su desparpajo y la contundencia de sus guitarras definieron una actuación fluida, donde cada tema cobraba vida propia. El público, entregado, respondió con movimientos y aplausos, y el frente del escenario se convirtió en el primer foco de ebullición. La sintonía creció minuto a minuto, alimentando un ida y vuelta constante entre la banda y los asistentes.
El siguiente en subir al escenario fue Greg Freeman, que supuso un giro de registro. El estadounidense se topó con una audiencia dispuesta a absorber sin prisas gran parte de su próximo disco, previsto para octubre, que por los adelantos promete ser de los más intenso y guitarrero. Su concierto se asentó sobre la escucha atenta, invitando a la concentración y dejando boquiabiertos con la fuerza de sus estribillos, aunque sin caer en la vorágine del festival. Su voz y sus letras fueron las estrellas, creando una atmósfera íntima y reflexiva, como si cada canción pidiera ser digerida lentamente.

El momento cumbre de la tarde llegó con la fusión de First Breath After Coma y Salvador Sobral. La música se sincronizó con el eclipse, una coincidencia tan insólita como conmovedora. Los paisajes instrumentales del grupo portugués se enlazaron con la voz de Salvador, generando un instante que exigía la atención plena del público. Durante los minutos de máximo eclipse, la luz se transformó y el recinto vivió una doble vivencia: la del concierto y la del suceso celeste. Unos miraban al cielo viendo el avance de la luna sobre el sol, otros observaban al escenario y la banda construyendo su propio universo sonoro. No hubo plenitud en Coura, pero sí algo igualmente único: miles de personas unidas por la música y el firmamento.
La frescura juvenil llegó después con Horsegirl, llegadas desde Chicago, que aportaron su lenguaje, que bebe de distintas épocas del rock alternativo, se transforma en una identidad propia. En vivo, la energía fue directa; las guitarras trenzaron texturas rugosas y melódicas, mientras la batería sostenía la tensión. Cada guitarra añadió una capa, cada cambio de ritmo alteró la temperatura, y la conexión con el público se fue intensificando.

A continuación, la irlandesa CMAT calentó el ambiente con un guiño muy portugués: los primeros acordes de 'Amanhã de Manhã' de Doce sonaron en el escenario, provocando coros espontáneos. Su country pop, con violín irlandés y una entrega vocal absoluta, encontró en las primeras filas una audiencia rendida. Aunque algunos pasajes buscaban lo teatral, la solidez de sus ideas musicales dejó claro su potencial.
La noche trajo a Capitão Fausto, que subieron al escenario con la eterna cuestión sobre su lugar en la música portuguesa. Tomás Wallenstein zanjó cualquier duda con una afirmación rotunda sobre el placer de poder tocar en escenarios de cualquier tamaño. El concierto, con 'Célebre Batalha de Formariz' coreada por el público, fue un éxito, y Salvador Sobral, como no podía ser de otro modo, se sumó a la velada.
Ya entrada la noche, Wet Leg ofrecieron un concierto de primer nivel. Rhian Teasdale, con su pelo rosa vibrante y gafas de sol, y Hester Chambers, junto a otros tres músicos, presentaron un repertorio que conectó con todas las edades. Temas como 'Chaise Longue' y 'Mangetout' mantuvieron al público en pie, moviéndose al ritmo de su rock británico. La banda ha madurado notablemente, y su propuesta, divertida y sólida, apunta a una larga trayectoria.

El relevo nocturno lo tomaron The Horrors, con su rock oscuro y atmosférico, que mantuvieron la intensidad nocturna. Sus guitarras levantaron muros de sonido mientras la voz de Faris Badwan se alzaba en medio de la tormenta. Su actuación fue el preludio perfecto para el cierre de la jornada.
Y así llegó el final de la primera noche (para nosotras) con Kneecap. El trío irlandés saltó al escenario en la madrugada y encontró un recinto completamente despierto. Su mezcla de hip-hop, electrónica y punk, su actitud provocadora y su mensaje político y social, todo envuelto en un gran espectáculo, mantuvo la energía hasta el final. Cada pausa, cada golpe rítmico, preparaba el siguiente impacto, sumergiendo a la audiencia en una experiencia intensa.

JUEVES
La segunda jornada comenzó en una clave muy distinta, con la actuación de Milhanas, que ofreció un concierto tranquilo, íntimo y de una intensidad que no precisaba de grandes volúmenes. Su voz, cargada de sensibilidad, guió al público por un repertorio de gran fuerza interpretativa. Un momento especialmente emotivo fue su versión de 'Guarda-me Esta Noite', de Valter Lobo, que estableció un puente con ediciones anteriores. Esta elección creó una conexión generacional y demostró que la música portuguesa tiene en Coura un espacio de continuidad.
La siguiente en actuar fue A Garota Não, que días después participaría en el homenaje a Sérgio Godinho, y comenzó su actuación en un tono sereno para ir ganando cuerpo y velocidad. La delicadeza inicial dio paso a una energía más vibrante, y los ritmos fueron tomando protagonismo. Las palabras mantuvieron su peso, pero encontraron una música más dinámica, transformando la atmósfera de la actuación.
Después fue el turno de Tomode, el proyecto de Tomás Sousa, que ofreció una propuesta que transitó entre la electrónica y la canción, uniendo tradición y modernidad, preparando el terreno para lo siguiente.
Más tarde, Aldous Harding creó un universo propio en el escenario. Su voz, capaz de pasar de la delicadeza a la intensidad, convirtió cada canción en una puerta a un mundo particular. El entorno natural de Coura potenció esa sensación de irrealidad, como si todos los asistentes fueran transportados al interior de una misma historia.

Uno de los momentos más destacados de la segunda jornada fue la Vodafone Music Session de Friko en Rubiães. Entre la iglesia, el bar de la asociación y las sillas de madera bajo una lona, los músicos ofrecieron un set tranquilo y agradable que demostró el nuevo indie rock actual. Su repertorio sonó en un entorno de marcos milenarios romanos, creando un fascinante contraste.
De vuelta al escenario principal, Kurt Vile & The Violators regresaron con un concierto hipnótico. Sus guitarras dibujaron capas de sonido, alternando contención y explosiones sónicas. La banda funcionó como una extensión natural de ese universo, envolviendo al público. Cada tema avanzaba sin prisas, y la capacidad de construir tensión hizo del concierto una experiencia cautivadora. La voz de Kurt Vile, tranquila y segura, se alzaba en el centro.
El siguiente en presentarse fue Pale Jay, que con su capucha se encontró con un escenario lleno hasta los topes, haciendo difícil su visualización. La masificación del espacio evidenció que la edición de 2026 estaba repleta de asistentes, demostrando que el éxito del festival no depende solo de los nombres del cartel.

Acto seguido, los Hermanos Gutiérrez ofrecieron un concierto de dos guitarras que se convirtió en un diálogo instrumental. Sus melodías, que evocaban paisajes de western, crearon un espacio de escucha atenta. La respuesta del público fue inmediata, y el recinto se volvió progresivamente más silencioso, permitiendo que cada guitarra encontrara su lugar. El concierto, en su desnudez instrumental, demostró la apuesta del festival por cabezas de cartel originales y atípicos.
La noche continuó con Wu Lyf, la banda de Mánchester, que mantuvo su característico hermetismo. Su sonido, construido a partir de capas de guitarra y una voz que parecía venir de algún lugar oculto, mantuvo al público en vilo, con canciones que se construyen a través de atmósferas densas y letras crípticas que invitan a la interpretación.
La noche alcanzó su punto culminante con Underworld. La dupla británica transformó el recinto en una pista de baile donde el cansancio se desvaneció. Karl Hyde, con su energía inquieta, guió a los asistentes a través de una actuación que trascendió la idea tradicional de concierto. Las batidas electrónicas, los sintetizadores y los ritmos hipnóticos crearon una experiencia colectiva, donde solo importaba el ritmo. El tiempo transcurrido desde el inicio del festival carecía de importancia: solo existía el ritmo.

VIERNES
El tercer capítulo del festival comenzó con Noko Woi, el proyecto del productor venezolano Leo Aldrey que encontró en Salvador Sobral la voz principal. La voz suave y emotiva de Salvador no dominó la propuesta, sino que se integró en ella, flotando sobre las capas instrumentales para dar a las canciones una dimensión más orgánica.
La subida de intensidad llegó de la mano de la banda madrileña Carolina Durante, que subió la intensidad hasta límites insospechados. Desde el primer acorde, el recinto se convirtió en una descarga continua de guitarras crudas y ritmos acelerados. Diego Ibáñez, el vocalista, condujo aquella tempestad con una entrega total, encontrando respuesta en una platea que saltó y cantó cada canción como si la conociera de siempre. La presencia de un buen número de españoles en el público también contribuyó a la atmósfera. Las letras directas e irónicas, que convierten experiencias cotidianas en himnos generacionales, encontraron en las guitarras un amplificador que hacía inseparable la letra de la emoción que despertaba, sobre todo para los hispanohablantes.
Después de esa descarga, Strawberry Guy, el músico británico, ofreció una pausa dulce. Su música parece hecha para ablandar el tiempo: melodías suaves, teclados luminosos y una voz cercana y discreta crearon un espacio propio, casi como una burbuja donde todo ocurría a un ritmo diferente. El contraste con el concierto anterior funcionó precisamente por eso. Después de un momento de alta intensidad, Strawberry Guy ofreció al público una oportunidad para parar, escuchar y dejarse envolver por las canciones.

La gran celebración de la jornada llegó con Sérgio Godinho, que a sus 81 años ofreció un concierto que quedará en la historia del festival. El portuense, acompañado por sus Assessores y una larga lista de invitados, convirtió el escenario en un punto de encuentro de generaciones de la música portuguesa. Manuela Azevedo, Milhanas, Samuel Úria, Capicua, Ana Lua Caiano y A Garota Não se sumaron a la celebración, creando una sucesión de momentos inolvidables. El repertorio incluyó clásicos como 'Cuidado com as Imitações', la versión de 'Maré Alta' con Samuel Úria, el dueto de 'Espectáculo' con Manuela Azevedo, la colaboración de Ana Lua Caiano en 'A Democracia', y la participación de Capicua en 'O Elixir da Eterna Juventude'. La interpretación de 'Balada da Rita' a dúo con Milhanas y A Garota Não, donde Carolina destacó con su voz y sensibilidad, y el homenaje a Alexandre O'Neill, el poeta que definió el sueño portugués como algo que acaba en la pastelería, añadieron capas de significado a una velada que culminó con 'Liberdade' y 'O Primeiro Dia'. Las imágenes del presidente de la república, António José Seguro, que apareció en las pantallas laterales sin querer protagonizar el momento, añadieron una dimensión institucional a una celebración que ya era, por sí misma, un acontecimiento histórico.
El espíritu del rock americano lo trajo después Ryan Davis & The Roadhouse Band. Las guitarras asumieron el protagonismo, construyendo una atmósfera atravesada por el country y una melancolía que parecía recorrer cada canción. La actuación tenía algo de cinematográfico, como si las guitarras acompañaran un viaje por carreteras interminables, con la voz de Ryan Davis añadiendo una dimensión narrativa.

Uno de los momentos más intensos del festival llegó con Benjamin Clementine. Su presencia, su voz y una forma absolutamente singular de interpretar cada canción bastaron para transformar el escenario. El artista británico nunca parece cantar simplemente: cada palabra la acompaña con un gesto, cada silencio tiene significado, y cada cambio en su voz altera la atmósfera. Construyó la actuación entre la fragilidad y la imponencia, pasando de momentos de enorme delicadeza a interpretaciones de una intensidad capaz de atravesar todo el recinto. El piano, como en sus mejores actuaciones, sirvió de punto de partida para interpretaciones que crecían progresivamente, mientras se movía por el escenario como si representara pequeñas historias.
La sesión de la tarde tuvo como protagonista a Terraplana, la banda brasileña originaria de Curitiba, que se aventuró por primera vez en Europa y tocó en la Vodafone Music Session del día, en el recinto de la Festa en Honra de Nossa Senhora de Fátima y del Padroeiro São Pedro de Castanheira. A su alrededor se juntaron no solo asistentes del festival, sino también habitantes locales de varias generaciones, mientras se escuchaba su shoegaze e indie con los campos de maíz de fondo. La conclusión, al intentar hacer una reflexión con profundidad, es siempre la misma: solo aquí puede ocurrir algo así.
El grupo británico Bloc Party, que marcó a toda una generación, ofreció un concierto que demostró que el pasado no debe ser una prisión. Las guitarras afiladas, los ritmos nerviosos y los estribillos que se reconocen al primer acorde mantuvieron al público en vilo. La banda no se limitó a hacer un ejercicio nostálgico, sino que usó su historia como materia prima para un espectáculo vivo y presente. La voz de Kele Okereke se mantuvo en el centro, alternando momentos melódicos con explosiones que mantuvieron al público permanentemente conectado.
Después fue el turno de Vendredi Sur Mer, la artista suiza Charline Mignot, que ofreció un concierto de synth pop con encanto francófono, sintetizadores ochenteros con producción atmosférica, casi cinematográfica, con una coherencia total entre música e imagen.
La madrugada encontró en M.I.A. una artista imposible de encasillar. La música se convirtió en un territorio sin fronteras, donde la electrónica, el hip-hop, los ritmos globales y diferentes referencias culturales se cruzaron con una energía arrolladora. Su música, que nunca se ha guiado por fronteras geográficas ni estilísticas, ha construido una lengua propia a partir del cruce de culturas, géneros y referencias. Temas como la identidad, la migración, la desigualdad y la política atraviesan su obra. En Coura, la artista transformó la madrugada en un espacio donde diferentes mundos coexistieron durante unos instantes.

SÁBADO
El último día del festival comenzó con Noiserv, el proyecto de David Santos, un músico lisboeta que ha construido una de las propuestas más singulares de la música alternativa portuguesa. Rodeado por decenas de instrumentos, transformó el escenario en un pequeño laboratorio de sonidos, melodías y texturas. La actuación comenzó en un registro contemplativo, con cada instrumento añadiendo una nueva capa hasta que lo que parecía nacer de forma simple se convertía en una composición compleja. A pesar de estar solo, nunca existió la sensación de soledad: los instrumentos multiplicaban su presencia y hacían nacer una banda entera a partir de una única persona.
Una de las actuaciones más esperadas de la jornada fue la de Patrick Watson, que se sentó solo al piano. Sin banda, sin excesos y sin necesidad de buscar grandes explosiones, el músico canadiense creó un espacio de pausa en medio del último día. Cada nota encontró su lugar y cada silencio pareció formar parte de la composición. 'Je te laisserai des mots', una de sus canciones más emblemáticas, sonó con una intimidad que la hizo aún más especial, reducida a la esencia del piano y la voz. La actuación incluyó momentos como 'Ode to Vivian', una pieza instrumental dedicada a la fotógrafa Vivian Maier, y la entrada de November Ultra para cantar 'Silencio', con Patrick Watson presentándola como su cantante favorita. El quebequense ofreció una lección de música cuidada, demostrando que el concierto que más se necesita no siempre es el que hace saltar, sino el que permite respirar.
Poco después, Hudson Freeman trajo una nueva energía a la última jornada. Su actuación marcó un cambio de ambiente: si hasta entonces el último día había encontrado espacio para la contemplación y el silencio, el músico ofreció una dinámica más viva, aproximando progresivamente al público de aquello que se espera de una tarde de festival. Entre melodías envolventes y una presencia despreocupada, construyó una actuación que fue creciendo de forma natural.

La artista galesa Cate Le Bon ofreció una propuesta que transitó entre el pop experimental y la canción de autor, creando un universo sonoro propio. Su actuación, con sus característicos arreglos de viento y su voz inconfundible, añadió una capa más a la diversidad del último día.
La despedida del festival también contó con Sophia Stel, que añadió una nueva dimensión. La actuación encontró al público ya completamente sumergido en el ambiente del último día y aprovechó ese momento para construir una conexión cercana. Entre melodías envolventes y una presencia segura, la artista fue ocupando el espacio de forma progresiva, creando una atmósfera que atrapaba la atención.
Uno de los momentos más peculiares llegó con Meute, la banda alemana de once músicos vestidos con uniformes rojos de banda de música, que ofreció un espectáculo que parecía salido de los Monty Python. Metales en plena potencia, tambores y una marimba fueron las estrellas de una propuesta que se autodenomina "techno marching". Fundada en 2015 en el barrio de St. Pauli en Hamburgo, el grupo tiene un manifiesto claro: solo tambores y metales, sin ordenadores. Su concierto, incluido en la celebración de una década de trabajo reunida en la compilación 'Jubel', fue un ovni que aterrizó en Coura para ofrecer algo completamente diferente.

La artista brasileña Julia Mestre ofreció una actuación que transitó entre la MPB y la electrónica, creando un puente entre la tradición musical brasileña y las nuevas sonoridades. Su presencia en el cartel, junto a Terraplana, demostró la apuesta del festival por la música brasileña contemporánea.
El bajista Thundercat, Stephen Lee Bruner, ofreció una de las actuaciones más singulares del festival. Su bajo de seis cuerdas se convirtió en el centro de todo, con líneas rápidas, elásticas e impredecibles. Acompañado por su banda en formato power trio, con Justin Brown en la batería y Dennis Hamm en los teclados, construyó una actuación llena de cambios y sorpresas. El jazz encontró al funk, y ambos se cruzaron con una sensibilidad pop.
El rock and roll puro y duro llegó con Amyl and the Sniffers. Amy Taylor, la vocalista, lideró a su grupo con una energía arrolladora, saltando, gritando y conectando con el público de una forma que recordaba a los grandes momentos del punk. Las canciones, directas y sin concesiones, mantuvieron a la audiencia en un estado de efervescencia constante.
La energía se mantuvo con Dame Area, el dúo barcelonés de música industrial y electrónica, que fusiona el techno más primitivo con la experimentación sonora, creando una atmósfera hipnótica.
Y para cerrar la edición, Marie Davidson, la artista canadiense, ofreció un DJ set que repasó su carrera y la de sus influencias, ofreciendo una despedida que combinó la electrónica más sofisticada con un sentido del humor y una presencia escénica única.

El balance de una edición histórica
La conferencia de prensa de clausura, celebrada el sábado, día de la Asunción, ofreció datos que confirman el éxito de la edición. Los 115.000 asistentes que pasaron por el festival y por los conciertos gratuitos del Sobe à Vila consolidan a Paredes de Coura como el decano de los festivales portugueses. Pero más allá de las cifras, el discurso de la organización apuntó a una evolución en la integración del festival con el territorio. Tiago Cunha, el nuevo presidente de la Cámara Municipal que sustituyó al carismático Vítor Paulo Pereira, destacó el esfuerzo por tener "más Coura dentro del festival", con el Coura Sem Paredes como marca y la asociación de los puntos de acampada con las diferentes freguesías del municipio en un esfuerzo de descentralización.
João Carvalho, el director del festival, mencionó la posibilidad de crear una zona de restauración más confortable con capacidad para 3 o 4 mil personas, así como la creación de un backstage que no utilice la rampa de acceso al camping, sino un acceso alternativo. Esta modificación podría permitir el acceso de camiones de mayor porte y, en consecuencia, "traer más bandas grandes". La organización mantiene la filosofía que los ha guiado durante 32 años: convivir con el éxito sin dejar que este se convierta en un lastre, empezando de nuevo cada año como si fuera la primera edición.
El festival anunció ya las fechas para 2027: del 18 al 21 de agosto. La edición de 2026 quedará en la memoria como una donde el cielo y la música se dieron la mano, donde el eclipse sirvió de banda sonora natural para un festival que celebró su madurez sin perder la capacidad de sorprender. Un festival que, como el sol que se ocultó tras la luna aquella tarde de agosto, sigue brillando con luz propia en el panorama musical ibérico, demostrando que la música, cuando encuentra el escenario adecuado, puede ser el centro de una experiencia compartida donde el tiempo parece detenerse.

Crónica elaborada por Emma Castillo
