La edición de este año del festival portugués coincidió con un acto totalmente extraordinario como fue el eclipse solar. Miles de rostros alzados hacia un mismo punto, el pulso suspendido, la penumbra filtrándose entre las copas de los árboles. El anfiteatro natural de Taboão contuvo la respiración mientras la luna se deslizaba frente al sol. No fue un eclipse total, pero fue suficiente. Bastó para que todo el mundo comprendiera que aquello no iba a ser una edición más. La naturaleza quiso ser la primera en subirse al escenario, y la música, paciente, esperó su turno para recoger el testigo. Con más de tres décadas de historia a sus espaldas, el decano de los festivales portugueses volvió a demostrar que su mayor virtud no es la longevidad, sino la capacidad de leer el presente: una alianza artística insólita entre el universo sonoro de First Breath After Coma y la sensibilidad de Salvador Sobral sirvió de banda sonora a ese instante crepuscular. El sonido pudo ser más nítido, la escenografía pudo llegar con más claridad a las últimas filas, pero hay algo que no se puede fabricar: la sensación de estar presenciando algo irrepetible. La luna, el sol y un valle entero escuchando en silencio.
MIÉRCOLES
La primera jornada se abrió con la delicadeza de Miramar, una invitación a aterrizar en el valle sin brusquedad, como quien se deja llevar por una corriente suave hasta encontrar su lugar. Su música se desplegó sin urgencias, creando un colchón sonoro que fue ganando densidad con el paso de los minutos. Fue la primera conversación real entre el público y un entorno que, durante cuatro días, se convertiría en mucho más que un escenario: un refugio, un punto de encuentro, una casa prestada. Después, Westside Cowboy cambiaron por completo las reglas del juego. Su descarga eléctrica funcionó como un despertador, una sacudida de actitud y desparpajo que despejó cualquier resto de modorra. Las guitarras sonaron contundentes, el ritmo se aceleró y el público respondió con una complicidad inmediata. Luego llegó Greg Freeman con un giro de registro absoluto: canciones que se tomaron su tiempo, que pidieron una escucha distinta, más atenta, pero para nada pasiva. El estadounidense se encontró con una audiencia sorprendentemente receptiva, dispuesta a dejarse llevar por un cancionero que aún no ha visto la luz y que sonó como una promesa cumplida. Sus estribillos no buscaban el impacto inmediato, sino el poso, y aun así consiguieron callar a todo el mundo.
El corazón del día latió al ritmo de una coincidencia que todavía cuesta creer. La unión entre First Breath After Coma y Salvador Sobral se produjo justo cuando el sol comenzaba a ser devorado por la luna. No era un concierto al uso, más bien resultó ser un encuentro entre dos maneras de entender la música portuguesa que, sobre el papel, podían parecer lejanas y que sobre el escenario se abrazaron con una naturalidad conmovedora. Hubo momentos de una fragilidad extrema, instantes en los que la voz de Sobral parecía buscar refugio entre las texturas instrumentales de la banda. Para quienes estaban cerca, la experiencia fue íntima y reveladora. Para quienes miraban desde lejos, el montaje perdió parte de su magia, pero la extrañeza del momento lo inundó todo. Miles de personas en silencio, con la vista puesta en el cielo y la música como un hilo invisible que conectaba el fenómeno astronómico con la emoción humana. Horsegirl trajeron después un torrente de frescura juvenil, un sonido siempre revitalizante y juguetón donde no falta la buena escuela de influencias de guitarras de los 90. Su actitud era la de quien acaba de descubrir el mundo y quiere contarlo a su manera. Y CMAT, con una mezcla de country pop y violín irlandés, caldeó el ambiente con un carisma arrollador y un guiño que cayó de pie en territorio luso. Su propuesta sonó fresca, divertida y emocionante, un recordatorio de que la música puede ser profunda sin dejar de ser ligera.
Con la noche ya asentada, Capitão Fausto se subieron al escenario con la seguridad de quien sabe que su lugar en la música portuguesa ya no admite discusión. Tomás Wallenstein lideró una velada elegante, repleta de matices y arreglos que sonaron a celebración contenida de sus grandes éxitos. La aparición de Salvador Sobral sumó una capa extra de emoción, un reencuentro que el público celebró con los brazos en alto. Wet Leg desmontaron cualquier prejuicio con un directo poderoso, lleno de una madurez que sorprendió incluso a quienes ya conocían su propuesta. Su sonido atravesó todas las edades y demostró que el éxito no les ha hecho perder ni un ápice de frescura. The Horrors recogieron el testigo con su rock oscuro y atmosférico, creando una neblina sonora que envolvió el recinto y lo transportó a un lugar más denso, más introspectivo. Fue un cambio de temperatura necesario, un recordatorio de que la noche también puede ser un refugio para la encerrarnos en nuestros pensamientos. El cierre, sin embargo, no dejó espacio para la melancolía: Kneecap convirtieron el escenario en una trinchera de hip-hop, electrónica y punk, una mezcla explosiva que mantuvo la energía en su punto más alto hasta el último segundo. Nadie quería irse, y ellos tampoco.
JUEVES
La segunda jornada se inició en un registro íntimo, como si el festival quisiera bajar el pulso antes de volver a acelerarlo. Milhanas tomó el escenario con una voz cargada de sensibilidad, capaz de llenar el espacio sin necesidad de estridencias. Su interpretación fue directa al corazón, estableciendo un diálogo que traspasaba la barrera del escenario. En un gesto que conectaba con la memoria del festival, recuperó una pieza ajena, firmada por Valter Lobo, y la hizo suya ante un público entregado. A Garota Não comenzó en un tono sereno, casi susurrado, para ir ganando cuerpo y velocidad de forma imparable. Su propuesta creció hasta volverse un torrente de ritmo y palabra, arrastrando al público hacia un estado de alerta gozosa. Tomode se movieron entre la electrónica y la canción folk de altos vuelos con una elegancia que resultó hipnótica, y Aldous Harding construyó un universo propio, una burbuja en la que cada frase, cada pausa, cada modulación de la voz parecía abrir una puerta a un mundo distinto. El entorno natural de Coura amplificó esa sensación: el verde de los árboles, el aire fresco, la quietud de un atardecer que se resistía a caer. Fue un concierto para guardar en la memoria, de esos que no se miden en canciones coreables, sino más bien en una acumulación de melodías que parecen casi irreales.
De vuelta al escenario principal, Kurt Vile & The Violators desplegaron un concierto hipnótico, un lento goteo de guitarras que se superponían en capas hasta crear una masa sonora envolvente. Con su flamante nuevo disco que por momentos sonaba más áspero que en el estudio, lograron que su largo set no se hiciese para nada pesado. Había contención, pero también estallidos, calma, pero también rugido. Por su parte, Pale Jay se topó con un escenario abarrotado, una marea humana que confirmaba la sensación de que la edición de 2026 estaba repleta de asistentes desde primera hora, ávidos por no perderse nada, más si era relacionado con una propuesta bailable.
Los Hermanos Gutiérrez protagonizaron una de las apuestas más valientes del festival: tan solo dos guitarras que evocaban paisajes de western, de carreteras interminables y horizontes de polvo. Sin una sola palabra, consiguieron contar historias y llenar el escenario de imágenes. Fue una demostración de que un cabeza de cartel no necesita voz para conectar. Wu Lyf mantuvo su característico hermetismo, esa manera de esconder al vocalista entre las sombras para que su voz pareciera surgir de un lugar imposible de ubicar. Las capas de guitarra se elevaron como una marea, densa y atmosférica. Y la noche alcanzó su cénit con Underworld, que convirtió el valle en una pista de baile descomunal. El cansancio acumulado desapareció al instante. Solo importaba el ritmo, la comunión, el movimiento colectivo. Fue el tipo de cierre que reconcilia con la idea de que un festival es, ante todo, un espacio de liberación.
VIERNES
El tercer capítulo arrancó con Noko Woi, el proyecto del productor venezolano Leo Aldrey con Salvador Sobral como voz principal. La propuesta integró la voz suave y emotiva de Sobral en capas instrumentales de dimensión orgánica, un abrazo entre la electrónica y lo terrenal que sonó a descubrimiento. Carolina Durante irrumpieron después como una descarga continua de guitarras crudas y ritmos acelerados. Diego Ibáñez se movió por el escenario como un animal herido, entregando cada canción con una intensidad que se contagió a una platea que saltó, cantó y sudó sin descanso. Fue un terremoto controlado, una sacudida que devolvió al festival su energía más primaria. Strawberry Guy ofreció después una pausa dulce, una burbuja donde todo ocurría a un ritmo distinto. Su música actuó como un bálsamo, un respiro antes de lo que estaba por venir.
La gran celebración llegó con Sérgio Godinho, que a sus 81 años ofreció un concierto histórico. Acompañado por sus Assessores y una larga lista de invitados —Manuela Azevedo, Milhanas, Samuel Úria, Capicua, Ana Lua Caiano y A Garota Não—, el repertorio incluyó clásicos coreados que se convirtieron en himnos colectivos y homenajes que añadieron capas de significado a una velada que culminó con una presencia institucional de renombre en las pantallas laterales. Fue un momento de memoria y futuro, de respeto y celebración. El espíritu del rock americano lo trajo Ryan Davis & The Roadhouse Band, con guitarras que construían una atmósfera cinematográfica atravesada por el country y la melancolía. Su sonido se desplegó como un paisaje abierto, lleno de matices y texturas, pese a que la compañía aérea que los trajo desde Estados Unidos perdió parte de su pedalera.
Uno de los momentos más intensos llegó con Benjamin Clementine, que transformó el escenario con su sola presencia. Su forma de interpretar es absolutamente singular: pasa de la fragilidad a la imponencia en un mismo gesto, alterna el susurro y el grito, la ternura y la furia. Fue un terremoto emocional. Bloc Party demostraron que el pasado no debe ser una prisión, usando su historia como materia prima para un espectáculo vivo, vibrante, que miró al futuro sin renunciar a las raíces. Y la madrugada encontró en M.I.A. una artista imposible de encasillar, que transformó la noche en un espacio donde diferentes mundos coexistieron, chocaron y se fusionaron. Una experiencia tan desconcertante como adictiva.
SÁBADO
El último día comenzó con Noiserv, que transformó el escenario en un pequeño laboratorio de sonidos. Era fascinante ver cómo una sola persona podía multiplicar su presencia hasta hacer nacer una banda entera a partir de la nada, con cada instrumento sumándose a una maquinaria precisa y emocionante. Patrick Watson se sentó solo al piano y creó un espacio de pausa, un remanso de calma en medio del trajín festivalero. Demostró que el concierto que más se necesita no siempre es el que hace saltar, sino el que permite respirar y evadirse de unas cuantas preocupaciones. Su voz y su piano flotaron en el aire con una serenidad conmovedora. Hudson Freeman trajo una nueva energía, aproximando progresivamente al público a ese otro festival que se disfruta también desde la observación minuciosa de unas canciones construidas con lo mínimo.
Cate Le Bon transitó entre el pop experimental y la canción de autor con una elegancia despreocupada, mientras que Sophia Stel construyó una conexión cercana con el público ya sumergido en el ambiente del último día. Uno de los momentos más peculiares llegó con Meute, la numerosa banda alemana ofreció un espectáculo de "techno marching" con metales, tambores y marimba, sin nada que estuviese grabado. Verlos desfilar y tocar con una precisión milimétrica fue una experiencia visual y sonora hipnótica. Julia Mestre transitó entre la MPB y la electrónica, demostrando la apuesta del festival por la música brasileña de altos vuelos y su capacidad de tender puentes entre tradición y el pop que dentro de poco moverá masas.
Thundercat convirtió su bajo de seis cuerdas en el centro de todo, con el jazz encontrando al funk y ambos cruzándose con una sensibilidad pop que hizo bailar incluso a los más escépticos. Fue una lección de virtuosismo al servicio de la emoción, no del lucimiento. Amyl and the Sniffers trajeron el rock and roll puro y duro con Amy Taylor liderando con una energía arrolladora, un huracán de actitud que sacudió el recinto y dejó a todos sin aliento. Dame Area fusionaron el techno más primitivo con la experimentación sonora, creando una experiencia sensorial desconcertante y magnética. Para cerrar, Marie Davidson ofreció un DJ set que repasó su carrera y sus influencias, combinando la electrónica más sofisticada con sonrisas hacia las primeras filas. Fue el colofón perfecto: una despedida festiva, elegante y llena de vida.
Crítica elaborada por Emma Castillo
