Crónica

Juana Molina

Café Berlín

21/04/2026



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La octava entrega discográfica de Juana Molina, titulada 'DOGA', llegaba después de ocho años de silencio discográfico, un periodo que la artista aprovechó para acumular cerca de sesenta horas de improvisaciones antes de que el coproductor Emilio Haro ayudara a destilar el excedente en once piezas. Esa abundancia creativa encontró en la gira española de presentación un territorio fértil, con tres noches en Madrid, más citas en Valencia, Donostia y Barcelona. En el Café Berlín, dentro del ciclo organizado por SON Estrella Galicia, la cita adquiría una condición especial: el formato circular, con el público envolviendo a Molina y al batería Diego López de Arcaute a ras de suelo, convertía cada acontecimiento en una celebración compartida, donde los fallos y las costuras del directo se mostraban sin pudor.

El arranque con 'Uno es árbol' situó desde los primeros compases la dualidad que atraviesa todo el concierto: un trabalenguas rítmico donde la voz de Molina se duplicaba en loops fantasmagóricos mientras Arcaute golpeaba la percusión acústica y electrónica con una precisión que parecía desafiar la gravedad. La pieza funciona como una tarjeta de presentación, ese repetir obsesivo de “uno es árbol, uno no es árbol dormido en desárbol” que instala al oyente en un territorio donde las palabras pierden su significado literal para convertirse en textura. 'Cara de espejo' intensificó esa atmósfera marciana gracias a los sintetizadores analógicos y los pedales de efectos que Molina maneja con destreza quirúrgica, transformando lo que en estudio suena elaborado en algo más pedestre, también más urgente, como si las paredes del laboratorio se derrumbaran para dejar paso a la respiración de la sala.

Cuando llegó 'Estalacticas', rescatada del álbum 'Halo', la música adoptó una estrategia distinta: Molina sampléo un conjunto de acordes de guitarra con ecos de western y los puso a loopear sobre una rítmica que evocaba el malambe, ese pulso ancestral del Río de la Plata. La belleza del verso “alguna hebra quedó de lo que alguna vez fue” resonó con claridad especial en un formato donde cada susurro se amplifica. 'Paraguaya', también del repertorio anterior, recibió un tratamiento más tribal, como si Arcaute y Molina desnudaran la canción para volver a vestirla con pieles distintas. La audiencia, una mezcla generacional que iba desde adolescentes curiosos hasta veteranos que la siguen desde 'Rara', respondía con esa atención flotante que caracteriza los rituales laicos: nadie forzaba los coros, todos dejaban que la música les ocurriera sin resistencia.

La parte central del concierto se adentró en los nuevos territorios de 'DOGA' con 'La paradoja', una pieza construida sobre un beat consistente de batería y un loop de guitarra que Molina utilizó para declamar en clave chamánica. La voz esotérica surfeaba la ola krautrockera mientras las luces barrían la sala como estrobos líquidos, generando una psicodelia minimalista que potenciaba el efecto hipnótico. 'Indignan a un zorzal' abrió el abanico hacia la polirritmia más desatada, revuelta con sonidos de chiches retrofuturistas que, a medida que avanzaba, viraron hacia una impronta más roquera, como si la máquina de hacer canciones se desbordara a sí misma. 'Wed 21', esa pieza que hace una década le valió la corona de la folktrónica, sirvió de bisagra hacia un tramo donde el chamanismo percusivo de 'Ay, no se ofendan' convivió con el country cósmico de 'Caravanas', esta última una suerte de samba saturnina que invitaba al balanceo más que al baile.

El repertorio encontró su clímax en 'Desinhumano', una reflexión brevísima sobre el afán de inmortalidad (“El mono avanza con su afán de ser inmortal”) que Molina convirtió en una cabalgata eléctrica de guitarras distorsionadas. 'Sin guía, no', coreada por una sala que reconocía el éxito inmediato, derivó hacia una fase guitarrera casi punk, intensidad que se prolongó en la estridente 'Cosoco', donde los sintetizadores parecían burbujear como microondas en una cocina de otro planeta. 'Un día' llegó en su versión punk, ese momento donde Molina expresa con claridad meridiana sus anhelos de transformación: “un día voy a ser otra distinta, voy a hacer cosas que no hice jamás”. La velada se cerró con 'Miro todo', un blues sideral que devolvió la calma después del vértigo acumulado, como si la hechicera de pelo blanco reequilibrara a la manada después del trance. El formato circular no resultó un accidente escénico, sino la materialización de lo que Molina practica desde hace décadas: una música que no se dirige a un frente sino que envuelve, que no impone una dirección única, que disuelve las fronteras entre escenario y platea en el aire saturado de loops.

Tratando de escribir casi siempre sobre las cosas que me gustan.