El pasado jueves, el Movistar Arena recibía a un Caetano Veloso por el que parece que no pasan los años. Ataviado con una camisa amarilla, que parecía absorber toda la luz de la sala, y unos pantalones anchos, que se movían con él como si fueran una extensión natural de su paso ligero y casi infantil, el músico no necesitó ningún derroche de medios para embelesar a las más de cinco mil personas que habían acudido a esa cita única en la capital. Le bastó con aparecer. Le bastó con sonreír. Le bastó con abrir la boca y dejar que el portugués atravesara el aire con esa cadencia que ha convertido cada una de sus canciones en un territorio sin dueño, pero con mucha historia. Durante una hora y media exacta el recinto se transformó en una pequeña bahía improvisada donde la samba el bolero la bossa nova y el rock convivieron sin fricciones como si siempre hubieran estado destinados a encontrarse en ese lugar y en ese momento. El público no era inmenso comparado con los macroconciertos que acostumbran a llenar el estadio al otro lado de la ciudad, pero eso no importó lo más mínimo porque la devoción que se respiró en las gradas y en la pista tuvo una intensidad que ningún número de entradas vendidas puede reflejar. Había allí brasileños nostálgicos con los ojos brillantes que aprendieron a querer a este músico gracias a las películas de Pedro Almodóvar y jóvenes veinteañeros que llegaron empujados por la curiosidad y se marcharon convertidos en feligreses de una fe que desconocían. Caetano Veloso no vino a vender nada porque ya no tiene nada que demostrar y precisamente por eso pudo regalarlo todo sin reservas ni cálculos comerciales.
El concierto arrancó con 'Branquinha' una pieza que en 1989 escribió para Paula Lavigne la mujer que ha sido su compañera durante largas etapas de su vida y que anoche sonó como si recién salida del horno. La voz del bahiano apareció filtrada por esa fragilidad que ya no pretende ocultar pero que maneja con una inteligencia prodigiosa. No se esfuerza en alcanzar las cotas de su juventud porque sería un empeño inútil y ridículo. En lugar de eso dosifica sus intervenciones se aparta del micrófono cuando quiere que respiren los músicos y cierra los ojos para dejar que las palabras floten solas como barcos de papel en un estanque. La primera sorpresa de la noche llegó con 'Gente' un himno a la gente común a esa multitud anónima que lava la ropa que amasa el pan que arranca la vida con las manos llenas de callos y de esperanza. La banda que lo acompañaba estaba formada por siete profesionales impecables: guitarra contrabajo teclados percusión batería trompeta y saxo. Cada músico cumplió su función con una disciplina casi militar al servicio de un artista que dirige sin mover un dedo porque su presencia sola ya ordena el caos.
'Vaca profana' disparó una de las grandes ovaciones de la velada cuando Caetano mencionó aquello de "Segue a movida Madrileña" y el público explotó en un aplauso que parecía no tener fin. Había en ese estallido algo más que cortesía. Había reconocimiento de una deuda mutua. Madrid lo acogió en los años de su exilio cuando la dictadura brasileña lo obligó a marcharse y él nunca lo ha olvidado. Por eso cada visita a esta ciudad tiene un sabor especial a reencuentro con una segunda patria que lo trató bien cuando las cosas se torcieron en la suya. La canción siguió su curso con referencias a Picasso a las Ramblas de Barcelona a Londres y a Thelonious Monk como un recordatorio de que este hombre ha viajado más que la mayoría pero siempre ha llevado su Bahía natal cosida a la solapa. En 'Divino Maravilhoso' un clásico que compuso para Gal Costa en 1968 la banda desplegó todo su poderío con unos arreglos de viento que elevaron el techo del Movistar Arena varios metros hacia arriba. El trompetista brilló con luz propia y el saxofonista le respondió como en un duelo amistoso mientras Caetano observaba la escena con una media sonrisa de abuelo orgulloso cuyos nietos acaban de hacer una travesura especialmente brillante. Luego llegó 'Cajuína' una pieza más íntima donde el ritmo se redujo a lo esencial y la voz del cantante pudo desplegarse sin cohetes ni artificios.
El momento más desgarrador llegó cuando agarró una guitarra acústica y se quedó solo en el centro del escenario iluminado apenas por un foco cenital. 'Sozinho' sonó con una pureza que puso la piel de gallina a media sala. No era suya la canción porque la escribió Peninha pero Caetano la ha hecho tan suya que resulta imposible imaginarla en otra garganta. La letra habla de esa soledad que acompaña incluso cuando se está rodeado de gente y la interpretación del brasileño logró el milagro de hacer sentir a cinco mil personas al mismo tiempo terriblemente acompañadas y profundamente solas. Al terminar hubo unos segundos de silencio absoluto antes de que estallara la tormenta de palmas. Esos segundos fueron quizá lo más valioso de toda la noche porque demostraban que la audiencia había entendido lo que estaba ocurriendo: no un concierto al uso sino una ceremonia donde cada canción podía ser la última que interpretara en este país. Caetano Veloso cumplirá 84 años en agosto y aunque se le veía con energía y de excelente humor nadie puede garantizar que vuelva a cruzar el Atlántico para cantar en Madrid. Por eso cada acorde tenía el peso de una despedida posible. Por eso cada palabra se escuchaba con la atención que merecen los testamentos.
Pero no todo fue recogimiento y solemnidad porque el brasileño también sabe activar el interruptor de la fiesta cuando le place. 'Um Baiana' una composición que terminó en 2025 inspirándose en el colectivo Baiana System sonó con una fuerza arrolladora que derribó todas las sillas de la pista. El público se levantó sin que nadie se lo ordenara y empezó a moverse al ritmo de esa samba de roda que huele a coco y a mar salado. El personal de seguridad tuvo que intervenir en varias ocasiones para que los espontáneos no invadieran los pasillos pero fue una batalla perdida de antemano porque cuando Caetano Veloso ordena bailar el cuerpo obedece aunque la razón proteste. 'Não Enché' siguió por esa misma senda de alegría desatada con un estribillo que la gente coreó en portugués sin fallar una sílaba. Era emocionante ver a españoles pronunciando vocales nasales con una convicción que habría hecho llorar a cualquier profesor de idiomas. En 'Queixa' el cantante se agachó hasta casi tocar el suelo en un movimiento que mezclaba el baile sensual con la carcajada cómplice. La sala entera rio con él no de él que es diferencia importante. Había en ese gesto una lección de cómo envejecer sin perder el sentido del humor ni las ganas de seguir jugando encima de las tablas.
'Alegria alegria' apareció como un vendaval de electricidad controlada. Aquella canción que en 1967 revolucionó la música popular brasileña al introducir guitarras eléctricas en un festival hoy suena casi como un himno arqueológico pero conserva intacta su capacidad para poner la carne de gallina. Fue el pistoletazo de salida para un tramo final donde el repertorio se volcó hacia el carnaval y la celebración colectiva. 'Desde que o samba é samba' que compuso junto a Gilberto Gil demostró que la amistad también puede crear obras maestras cuando se unen dos talentos de esa magnitud. 'Reconvexo' popularizada por su hermana Maria Bethânia trajo el aroma de Salvador de Bahía con sus calles empedradas y sus vendedoras de acarajé. Y 'É hoje' un clásico del carnaval carioca puso el broche de oro antes del bis. Cuando Caetano abandonó el escenario por unos instantes la sala no dudó ni un segundo: empezaron los gritos y las palmas rítmicas que exigían su regreso. Volvió sonriente como quien sabía que no lo iban a dejar marchar sin una última dosis de magia.
El bis fue 'Odara' una palabra del yoruba que significa algo hermoso bueno y positivo. La cantó con los brazos abiertos abrazando simbólicamente a todas esas personas que habían pagado una entrada para verlo. Su camisa amarilla brillaba bajo las luces finales como una pequeña bandera de paz en medio de un mundo que a veces se empeña en ser feo y ruidoso. Cuando la última nota se extinguió y el artista desapareció definitivamente detrás del telón nadie quiso moverse de su sitio. Permanecimos allí unos segundos más sabiendo que acabábamos de asistir a algo que los cronistas del futuro describirán como una de esas noches que justifican la existencia del periodismo cultural. Caetano Veloso no solo había cantado. Había tejido un puente entre dos orillas entre dos generaciones entre dos siglos. Y lo había hecho con esa elegancia suya que no hace ruido hasta que pisa el escenario y entonces ya es tarde para irse porque el hechizo ha comenzado. La vida es más bonita si la música de Caetano Veloso está de por medias. Quien lo dudara solo tenía que asomarse ayer al Movistar Arena para comprobarlo con sus propios ojos y sus propios oídos.
