La publicación de 'Friend' ha situado a James K en una coordenada nueva, aquella donde el pop más aéreo y las texturas del trip hop se dan la mano sin que ninguna de las dos salga malparada. Con ese disco aún resonando en los oídos de quienes siguen su trayectoria, la cita en la sala Condeduque dentro del ciclo Soundset planteaba un desafío específico para ese repertorio reciente. El auditorio, con sus butacas ancladas al suelo y una acústica que premia la quietud, recibía a la artista en el formato más radical de los posibles: sola ante su parafernalia electrónica, una guitarra como única acompañante y una pantalla que proyectaba desde la visión que tendrías de carreteras bucólicas después de dilatar tus pupilas, hasta sus icónicas espirales que pueblan el arte de su nuevo disco. Aquella disposición obligaba a una escucha frontal, casi ceremonial, muy alejada de los espacios de baile que tanto han inspirado su búsqueda de lo colectivo. La artista optó por encadenar la mayoría de las piezas con apenas unos segundos de silencio entre ellas, concediendo al público escasas ventanas para aplaudir y manteniendo así un flujo casi hipnótico durante algo más de una hora.
La primera de las canciones en sonar fue 'Days Go By', una apertura donde los ritmos bailables y livianos propios de aquel álbum se transformaron al emanar de una única fuente. James K manejaba su ordenador con una calma que rozaba lo meticuloso, mientras su falsete, esa herramienta que tantas veces se ha comparado con la capacidad de generar atmósferas ingrávidas, se elevaba por encima de los sintetizadores más suaves. La artista alternaba entre la timidez de quien ajusta parámetros sin levantar la mirada y una creciente seguridad cuando se apartaba del micrófono para que su voz viajara sin red. Poco después llegó 'Doom Bikini', y con ella esa pulsación implacable que en otras circunstancias habría invitado al movimiento. Aquí, con el público inmóvil pero atento, la canción funcionó como un ejercicio de tensión contenida: los graves retumbaban desde la consola mientras la guitarra añadía distorsiones que parecían querer romper el hechizo sin lograrlo del todo, y la transición entre ambos temas se resolvió sin apenas pausa, como si la artista prefiriera mantener el hechizo intacto.
El repertorio derivó después hacia 'Idea.2', una inmersión en territorios de ruido más granular con esos samplers de grillos que James K había vinculado en declaraciones previas a la búsqueda de espacios de conexión sensorial. La pieza se alargó en una deriva donde los breakbeats apenas susurraban, y la voz de la artista se multiplicó hasta formar un coro fantasmal. El público permanecía en absoluto silencio, atrapado por esa bruma sonora que los visuales acompañaban con espirales que giraban sobre sí mismas o un perfecto elenco de diapositivas que se reproducían a toda velocidad, entendiendo la inspiración zodiacal que integra parte de su imaginario. En la primera parte del concierto también cayeron 'N’Balmed' y 'Blinkmoth (July Mix)', virando hacia el pop más accesible sin perder un ápice de extrañeza. La segunda, en particular, desplegaba ese ritmo house ralentizado que tanto evoca las compilaciones de los noventa, y James K se permitió un pequeño movimiento de cabeza al escuchar cómo varios asistentes tarareaban la melodía por lo bajo, rompiendo por un instante la regla no escrita del silencio absoluto, aunque la artista no detuvo la cadencia para recoger esa respuesta.
La velada encaró entonces su segunda mitad con 'Life of a Fly', que retomó el pulso glacial y roquero, esa mezcla de desolación elegante que en sus referencias remite tanto a ciertas baladas oscuras como a la facultad de generar grandes arcos de tensión. La versión de 'Lost Cause' de Beck supuso un paréntesis en medio del repertorio propio. James K la alargó hasta convertirla en una elegía casi irreconocible, estirando las notas y sumergiendo la melodía original en un baño de reverberaciones que la hacían flotar sin rumbo fijo. El público reconoció el tema y escuchó con una atención nueva, como si la canción hubiera sido despojada de su piel para mostrar una estructura distinta, y el silencio que siguió a sus últimas notas fue de esos que solo se producen cuando nadie quiere romper el hechizo.
El tramo final del concierto llegó con 'Collapse (Falling Forward Blissfully All the Time)' como antesala del último tema. La pieza, con sus guitarras grabadas empapadas de reverberación y sus sintetizadores que florecían en capas sucesivas, condensaba buena parte de las obsesiones de la noche: la transformación de la melancolía en levitación, la construcción de espacios donde lo ingrávido se puede intuir mejor en qué consiste. Sin el habitual ritual de los bises, la artista atacó 'Play' como un cierre natural pero sin solución de continuidad, encadenándolo al tema anterior con la misma fluidez que había presidido toda la noche. Aquella canción, la más desenfadada de su repertorio, funcionaba como un canto a la alegría compartida, y en solitario perdió parte de su efervescencia original, pero ganó en garra y desparpajo, como si James K se estuviese liberando definitivamente de algún pensamiento oscuro. Al terminar, casi la totalidad del público se puso en pie para aplaudir, rompiendo por fin la inmovilidad que había presidido la noche, y la artista esbozó de nuevo otra sonrisa, siendo consciente de que su propuesta nos había levantado de los asientos, al menos en sentido espiritual, durante todo el concierto.
