La formación estadounidense Mastodon ha convertido el duelo en un motor compositivo a lo largo de casi tres décadas, y esta nueva entrega no constituye una excepción, sino la continuación de una costumbre que ya había quedado patente en trabajos anteriores, donde las pérdidas personales se transformaban en canciones de una densidad poco común. La salida del guitarrista original, agravada por su fallecimiento meses después, junto al deceso de la madre del batería, han teñido la creación de este trabajo de una sombra alargada que resulta imposible de soslayar cuando se atiende a su contenido. Los tres miembros restantes, reforzados por un guitarrista y un teclista que ya colaboraban en directo, han logrado canalizar esa acumulación de desgracias hacia un repertorio que rehúye el lamento fácil y se inclina por la confrontación directa con la ira y la impotencia que generan tales acontecimientos. La respuesta artística a la adversidad se ha resuelto con un retorno a los sonidos más ásperos y primitivos de sus inicios, dejando de lado ciertas digresiones melódicas que habían caracterizado sus últimas grabaciones para abrazar una contundencia que recordaba a sus primeros pasos en la escena del metal.
El conjunto muestra una cohesión inusitada a lo largo de los sesenta y tres minutos que dura el álbum, sin que se aprecien altibajos en la intensidad ni rellenos que diluyan el impacto global de las piezas. La incorporación de un segundo guitarrista no ha provocado una duplicación innecesaria de solos, sino que ha aportado una precisión técnica que se integra con naturalidad en la arquitectura de los temas, mientras que la inclusión de teclados, lejos de ablandar el sonido, añade capas de textura que enfatizan la atmósfera opresiva de cortes como 'Poisonous Weapons' o la inquietante 'Your Ghost Again'. En esta última, la sensación de pérdida se materializa en una letra que aborda el regreso fantasmal del compañero ausente, y la música acompaña ese desconcierto con cambios de ritmo abruptos que descolocan al oyente, sumergiéndolo en la misma turbulencia emocional que debió de sacudir a los autores. La decisión de prescindir de las influencias psicodélicas y progresivas que caracterizaban las obras más recientes, salvo en contadas excepciones, ha favorecido un regreso a la agresividad de sus primeras grabaciones, con riffs que se enganchan como garfios y una sección rítmica que martillea sin piedad, recordando a formaciones como Neurosis o High on Fire en sus momentos más devastadores.
La ausencia de la voz rasgada y de las líneas de guitarra excéntricas que aportaba el miembro fundador se ha suplido con un mayor protagonismo del bajista en las partes guturales, mientras que el batería se encarga de las melodías más limpias y elevadas, estableciendo un diálogo vocal que dota a las canciones de una variedad tímbrica que mantiene el interés constante. El tema 'Snakes For Dinner', que cuenta con la colaboración de un conocido frontman de otra banda californiana, despliega una amalgama de sintetizadores analógicos y guitarras distorsionadas que evocan cierto rock espacial de los setenta, aunque ese guiño al pasado se ve rápidamente interrumpido por estribillos que golpean con una ferocidad inesperada. Por su parte, 'The Vanishing' se abre con una línea de bajo que parece extraída de los primeros discos de la banda británica por excelencia, y se convierte en un viaje lisérgico que culmina con gritos desgarradores que expresan una desolación tan genuina como difícil de sobrellevar. La producción, compartida con un conocido guitarrista de hardcore y un productor sueco de pop, consigue un equilibrio extraño entre la crudeza de los instrumentos y la claridad necesaria para apreciar los matices de los teclados y las armonías vocales, dando como resultado un sonido que se escapa de los cánones del metal convencional.
Las letras, aunque envueltas en la habitual retórica de tragedias griegas y símbolos arcanos que han caracterizado siempre al grupo, apuntan con claridad meridiana hacia los acontecimientos biográficos que han marcado estos dos últimos años, sin necesidad de recurrir a metáforas excesivamente enrevesadas para transmitir el dolor y la rabia contenidos. Frases como “We don't get over this” o alusiones directas a la figura del difunto compañero aparecen sin ambages, mostrando una honestidad que contrasta con el hermetismo de entregas anteriores, y que otorga al conjunto una dimensión catártica que va más allá del mero entretenimiento. 'A Vampire’s Demeanor', con la participación de dos figuras emblemáticas de la escena metalera, destaca por su violencia sónica y por un estribillo que parece escupir toda la frustración acumulada, mientras que 'The Three Fates' se erige como una suite final que recoge todos los elementos dispersos a lo largo del disco, desde el prog sinfónico hasta el sludge más pesado, para construir un cierre que no busca consuelo, sino la aceptación estoica de lo irreversible. Aunque se echan en falta ciertos destellos de la locura creativa que el guitarrista fallecido imprimía a los arreglos, la banda ha sabido transformar esa carencia en un impulso para explorar terrenos que, si bien no suponen una revolución en su sonido, les permiten reafirmar su identidad sin caer en la repetición servil de fórmulas gastadas.
La crítica especializada ha destacado que el giro hacia la dureza primigenia podría interpretarse como un homenaje a la esencia que el miembro ausente defendía en los ensayos, aunque esta lectura resulta demasiado simplista para dar cuenta de la complejidad de un trabajo que oscila entre la furia controlada y la melancolía más abstracta. Los pasajes en los que el teclista se adueña del espacio sonoro, como en 'Moth and Bone', rompen con la homogeneidad del conjunto y ofrecen respiros que evitan la saturación, aunque esa misma variedad impide que el álbum posea una unidad estilística tan firme como la de sus obras más celebradas. La colaboración de un vocalista de otra banda sureña en el cierre aporta un toque de teatralidad que roza lo grotesco, pero que encaja con la temática fatalista que impregna cada compás, recordando a las narraciones de maldiciones y profecías que pueblan la tradición del rock pesado. En definitiva, los músicos han conseguido extraer del caos emocional un puñado de composiciones que funcionan mejor como descarga de tensión que como ejercicios de virtuosismo, priorizando la eficacia comunicativa por encima de la exhibición técnica, y logrando que la desgracia se convierta en el combustible de un arte que, lejos de rendirse a la desesperanza, encuentra en la agresividad la única vía de expresión posible.
Conclusión
Mastodon procesan la doble pérdida de un compañero y de un familiar cercano canalizando toda esa desolación en composiciones que priorizan la catarsis violenta sobre cualquier atisbo de consuelo o resignación pasiva.

