La trayectoria de Michael Showalter, cómico de culto reconvertido en artesano de encargo, resulta idónea para abordar un relato que se pretende turbio y sofocante sin renunciar a cierta ligereza de consumo rápido. Su adaptación de la novela de Colleen Hoover sigue a Lowen Ashleigh, una novelista con prestigio escaso y ventas menores, reclutada para culminar la obra interrumpida de Verity Crawford, autora superventas que quedó muda y paralizada tras un accidente de tráfico. Instalada en la mansión nevada de la familia, Lowen descubre un manuscrito autobiográfico donde la escritora confiesa abyecciones que pondrían en duda su papel de víctima. La premisa remite a una estirpe de melodramas góticos y suspenses eróticos noventeros, y el realizador intenta homenajearlos con encuadres angulares, tormentas oportunas y una partitura de Volker Bertelmann que imita a Bernard Herrmann con zumbidos de cítara. El resultado transmite desconfianza hacia su propio material, como si el equipo hubiese decidido que la única manera de sobrevivir al ridículo argumental consistía en subrayarlo con ironía. Esa distancia irónica acaba por vaciar la función de cualquier tensión real: los giros se encadenan con aspavientos y truenos fuera de campo, pero el espectador permanece impasible, consciente de que le están vendiendo un misterio que se desmonta a sí mismo antes de que llegue el desenlace. La puesta en escena de Showalter, correcta en su factura, elude la sensualidad que el género exige, y sustituye el calor del deseo por una frialdad de catálogo inmobiliario. La casa de los Crawford, con sus líneas depuradas y su mobiliario de revista, funciona como cárcel de lujo donde nadie parece habitar de verdad. Esa esterilidad, que podría haber sido un acierto si hubiese servido para retratar la vacuidad moral de los personajes, termina por contagiar al relato entero.
Dakota Johnson encarna a Lowen con una apatía que la actriz ha convertido en seña de identidad, y que aquí alcanza extremos casi paródicos. Su personaje repite que tiene cara de aburrimiento permanente, un chiste que la película celebra sin darse cuenta de que describe con exactitud su propio comportamiento. La intérprete recita sus líneas con desgana, mastica una porción de pizza sin convicción y atraviesa las escenas como si la cámara le estorbase. Esa pasividad, que en otros títulos ha resultado enigmática, aquí se vuelve un lastre insalvable, porque la trama requiere que su personaje pase de la curiosidad a la obsesión y de ahí al deseo, y nada de eso ocurre con credibilidad. Anne Hathaway, por el contrario, se entrega al histrionismo con una fruición evidente. Su Verity, confinada a una silla de ruedas y a una mirada vidriosa, adquiere en los flashbacks una presencia magnética y desagradable, dueña de una voz impostada que narra sus crímenes con delectación. La actriz parece disfrutar encarnando a un monstruo doméstico, y su trabajo aporta la única energía genuina del conjunto. Josh Hartnett, como el viudo en duelo, cumple con oficio, aunque su personaje se define por una ambigüedad que el guion nunca logra sostener. La química entre Johnson y Hartnett resulta nula, y las escenas sexuales, rodadas con pudor inexplicable, parecen incrustadas por obligación contractual.
Nick Antosca construye un libreto que se sabe limitado y opta por abrazar el disparate con una sonrisa cómplice. Los diálogos, sin embargo, caen en una gravedad involuntaria que provoca risas donde debería haber escalofríos. La secuencia inicial, en la que un ciclista muere atropellado y salpica de sangre a Lowen antes de que Jeremy le confiese que sacó el cadáver de su hija de un lago, resume el problema: la película confunde lo abrupto con lo inquietante y lo grotesco con lo transgresor. A partir de ahí, el relato avanza a trompicones, con un primer acto que se recrea en el misterio y un tramo final que encadena revelaciones sin lógica. Los personajes secundarios, incluido el hijo pequeño, existen como meros resortes para justificar giros que se contradicen entre sí. La adaptación renuncia a explorar las razones por las que una mujer exitosa despierta tanta suspicacia, y prefiere quedarse en la superficie del cotilleo literario. El resultado es una cinta que se disfruta a ratos por su propia torpeza, pero que deja un poso de ocasión perdida.
La película pretende reflexionar sobre la delgada frontera entre la ficción y la verdad, sobre cómo los relatos que construimos acerca de los demás acaban por definirnos. Lo hace, sin embargo, con una literalidad tan burda que cualquier atisbo de sutileza se desvanece. Verity escribe sobre mujeres terribles porque ella misma lo es, y Lowen ocupa su lugar porque envidia su éxito y su marido. Esa dinámica, que podría haber dado lugar a un retrato ácido de la rivalidad femenina y de la mitomanía autoral, se resuelve con un par de escenas truculentas y un final que invita a encogerse de hombros. Showalter dirige con corrección pero sin pulso, y la película se queda en un término medio que no satisface ni a quienes buscan erotismo ni a quienes esperan un enigma bien armado. La fotografía de Amy Williams, impecable, y el diseño de producción lujoso subrayan el desfase entre la factura y el contenido. Nos hallamos ante un producto que se sabe de usar y tirar y que, por momentos, parece reírse de su propia condición. Esa autoconciencia, sin embargo, no basta para compensar la falta de riesgo, la ausencia de verdadera pasión y el desdén hacia el espectador.
