Will Gluck, artífice de títulos como 'Cualquier menos tú' y 'Amigos con beneficios', regresa al terreno de la comedia romántica con una propuesta que parte de una premisa tan llamativa como problemática. La película sitúa su acción en una Estados Unidos cercana donde el sexo entre personas no casadas permanece prohibido durante trescientos sesenta y cuatro días al año, con una única noche de tregua anual que transcurre entre las siete de la tarde y las siete de la mañana. Este escenario, que podría haber dado pie a una sátira afilada sobre el puritanismo político y la vigilancia estatal, se convierte en un simple telón de fondo para una historia de encuentros y desencuentros entre dos treintañeros neoyorquinos que buscan conectar en medio del caos. El realizador, conocido por su habilidad para manejar el tono ligero y el ritmo vertiginoso, parece esta vez desbordado por las implicaciones de su propio argumento, navegando entre la comedia desenfadada y un trasfondo distópico que reclama mayor atención del que el filme está dispuesto a concederle.
La trama sigue a Owen, dueño de una pizzería, y Allie, una cantante que sobrevive grabando jingles para anuncios de medicamentos, mientras ambos intentan sortear la noche más concurrida del calendario sentimental estadounidense. Owen planeaba pasar la velada con su novia Malika, quien en lugar de aceptar su propuesta de matrimonio le anuncia que prefiere acostarse con el vecino, dejando a nuestro protagonista a la deriva en una ciudad que hierve de urgencias carnales. Allie, por su parte, busca más que un encuentro ocasional y desea encontrar a alguien con quien establecer una conexión verdadera, aunque sus intentos se ven constantemente frustrados por encuentros fallidos y pretendientes que resultan ser delincuentes o narcisistas. Ambos coinciden una y otra vez a lo largo de la noche, sorteando bares abarrotados, tiendas sin preservativos y una sucesión de citas que nunca llegan a buen puerto, mientras el reloj avanza implacable hacia el momento en que la legalidad del deseo expira.
La relación entre los protagonistas se construye sobre la base de su evidente atractivo físico y una química que, aunque funcional, nunca alcanza la chispa necesaria para sostener las múltiples peripecias que el guion les exige. Turner interpreta a Owen con una mezcla de torpeza encantadora y determinación, aunque su personaje resulta tan predecible como las situaciones que enfrenta, mientras que Barbaro dota a Allie de una vulnerabilidad que contrasta con su fachada de mujer moderna y segura de sí misma. El guion, firmado por Travis Braun, somete a ambos a una batería de obstáculos que incluyen desde la imposibilidad de conseguir un preservativo hasta encuentros sexuales que terminan con la intervención policial, generando un efecto acumulativo que pronto agota la paciencia del espectador. La película parece más interesada en la mecánica de sus gags que en el desarrollo orgánico de sus personajes, convirtiendo sus supuestas contradicciones en meros recursos narrativos que ralentizan cualquier evolución emocional creíble.
El planteamiento político del filme resulta especialmente problemático, ya que la norma que restringe el sexo a una única noche al año aparece como un hecho consumado que ninguno de los personajes parece dispuesto a cuestionar con seriedad. Las referencias a la derecha conservadora y a los políticos que impulsaron la medida se limitan a breves apariciones televisivas y algunos grafitis callejeros, sin que exista una exploración mínima de las consecuencias sociales de una ley tan invasiva como antidemocrática. La película menciona la existencia de sensores biométricos implantados en los ciudadanos y la posibilidad de ser arrestado por mantener relaciones fuera del matrimonio, pero estos elementos funcionan como anécdotas pintorescas más que como componentes de una distopía creíble. Gluck parece rehuir cualquier aproximación seria a las implicaciones de su argumento, tratando el control estatal sobre la sexualidad como una molestia menor que apenas altera la vida cotidiana de unos neoyorquinos que, salvo por alguna referencia ocasional, se comportan como si vivieran en un mundo idéntico al nuestro.
El tratamiento del sexo en la película resulta paradójico, ya que una comedia que debería celebrar la liberación sexual termina adoptando una postura sorprendentemente conservadora que apenas disimula su mensaje abstinente. Los protagonistas pasan toda la noche sin conseguir mantener relaciones, y sus tentativas siempre fracasan por razones que el guion presenta como cómicas, mientras que los personajes secundarios que persiguen el placer son ridiculizados o castigados de alguna manera. Esta contradicción alcanza su punto álgido en el desenlace, cuando Owen y Allie deciden esperar hasta contraer matrimonio para consumar su relación, abrazando así la lógica del mismo sistema que la película parecía criticar en sus primeros compases. El filme se convierte entonces en una extraña defensa de la abstinencia, revestida con los colores brillantes y la banda sonora pop que caracterizan el estilo de Gluck, pero que esconden un mensaje tan reaccionario como el de los políticos que impusieron la prohibición.
El director demuestra una vez más su habilidad para manejar el ritmo y la puesta en escena, con una Nueva York fotografiada como un parque de atracciones nocturno donde cada esquina ofrece una nueva posibilidad de encuentro o desencuentro. La ciudad se convierte en un personaje más, con sus calles iluminadas y sus atardeceres teñidos de naranja que ofrecen una postal urbana tan idealizada como irreal, aunque esta elección estética choca frontalmente con la oscuridad de la premisa que sustenta el argumento. Las cameos de actrices y actores como Maya Hawke, Molly Ringwald o Julia Fox añaden un toque de reconocimiento que apenas logra disimular las carencias de un guion que recurre constantemente a la referencia cultural fácil y al chiste autocomplaciente. La música, compuesta por Este Haim y Christopher Stracey, mantiene un tono enérgico que pretende insuflar vida a una narración que se queda sin fuelle a medida que avanza la noche, repitiendo esquemas y situaciones que el género ha explotado hasta la saciedad.
El filme acumula contradicciones que lo hacen fascinante en su fracaso, oscilando entre la comedia romántica más convencional y una sátira política que se niega a comprometerse con su propio material. La película parece querer comentar la dificultad de encontrar el amor en una era de aplicaciones de citas y encuentros fugaces, pero este propósito se diluye ante la extrañeza de un mundo donde el gobierno decide cuándo y con quién mantener relaciones. Los personajes secundarios, desde la madre de Owen interpretada por Ringwald hasta el novio fugaz de Allie que resulta ser un delincuente reincidente, cumplen su función de obstáculos sin llegar a conformar un conjunto que trascienda la anécdota. La película se desarrolla en una vorágine de acontecimientos que buscan mantener la atención del público, pero que rara vez logran generar la empatía necesaria para que el destino de Owen y Allie despierte un interés genuino.
En su conjunto, 'Una noche al año' representa un intento fallido de conciliar dos registros que resultan irreconciliables: la ligereza de la comedia romántica y la gravedad de una distopía sexual que reclama un tratamiento más riguroso. Gluck demuestra su competencia técnica y su dominio del género, pero estas virtudes se vuelven insuficientes cuando el material de partida exige una reflexión que el filme se niega a ofrecer. Los intérpretes principales cumplen con su cometido sin lograr elevar un material que les exige más carisma que profundidad, convirtiendo sus personajes en meros vehículos para un guion que prioriza la ocurrencia sobre la coherencia. El resultado es una película que desconcierta tanto por lo que pretende como por lo que termina siendo, una comedia sobre la represión sexual que acaba defendiendo la abstinencia y una sátira política que renuncia a cualquier crítica efectiva.
Crítica elaborada por Emma Castillo
