Cine y series

Una mujer sin pasado

Barbara Topsøe-Rothenborg

2026



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Las costas noruegas y la mansión danesa funcionan como polos antagónicos en 'Una mujer sin pasado', el largometraje que Barbara Topsøe-Rothenborg ha construido sobre la novela de Anna Ekberg, seudónimo tras el que se esconden Anders Rønnow Klarlund y Jacob Weinreich. La directora, que ya había explorado el thriller doméstico en 'Loving Adults', repite colaboración con el dúo literario, aunque en esta ocasión el guion corre a cargo de Anders August y de la propia realizadora. El filme, que Netflix estrena el 28 de agosto, se mueve entre el melodrama escandinavo y el suspense gótico, con una protagonista que descubre que su identidad actual, la de Louise, dueña de una cafetería en Hidra, es una construcción frágil sobre los cimientos de otra existencia, la de Helene Söderberg, desaparecida en Dinamarca tres años atrás. Topsøe-Rothenborg maneja con soltura los códigos del género, pero tropieza al articular una trama que depende en exceso de la amnesia selectiva y de revelaciones que llegan con la puntualidad de un reloj suizo, siempre en el momento justo para mantener el pulso narrativo, aunque a costa de la credibilidad psicológica de sus criaturas.

Louise Andersen, interpretada por Natalie Madueño, vive una existencia apacible junto a Joachim, un escritor en crisis creativa al que da vida Pål Sverre Hagen, hasta que un desconocido irrumpe en su rutina para afirmar que ella es Helene, una heredera de un imperio naviero con un marido y un hijo que la aguardan. La premisa promete un viaje al centro de la memoria y al abismo de las convenciones sociales, pero el filme prefiere el camino de la intriga superficial antes que la excavación minuciosa de la psique femenina. La protagonista, que acepta con una docilidad desconcertante la prueba de ADN y el regreso a la opulencia familiar, se convierte en un vehículo para que la audiencia recorra los pasillos de una casa llena de secretos, más que en un agente activo de su propio destino. Madueño imprime a su papel una vulnerabilidad creíble, pero el guion la somete a una sucesión de hallazgos fortuitos, como el neceser que desencadena los primeros recuerdos o los documentos que aparecen en el momento oportuno, que convierten su indagación en una colección de casualidades más que en una pesquisa orgánica.

El antagonismo recae sobre Edmund, encarnado por Claes Bang, un esposo que combina la amabilidad superficial con una ira contenida que el intérprete dosifica con oficio, aunque el libreto lo reduce a un arquetipo de manipulador con complejo de Edipo, cuya relación con su madre, Caroline (Stina Ekblad), resulta tan predecible como sus arrebatos. La evolución de Helene, que oscila entre la indefensión de Louise y la determinación de la mujer que fue, carece de la rugosidad que requeriría un trauma de tal magnitud, y su reinserción en la élite danesa se produce con una fluidez que desafía la lógica de quien ha vivido dos años como una persona distinta. Joachim, mientras tanto, permanece en la periferia de la acción, investigando desde Noruega a través de internet y llamadas telefónicas, un recurso que subraya su papel de espectador privilegiado, pero que lo despoja de la capacidad de influir en los acontecimientos más allá de proporcionar al público la información que la heroína desconoce, un artificio que el director utiliza con excesiva frecuencia para generar tensión.

La cinta aborda, aunque de manera superficial, el tráfico de seres humanos y la corrupción empresarial, dos temas que podrían haber anclado el relato a una crítica social contundente, pero que quedan diluidos en el melodrama familiar y en la persecución de un secreto que, cuando se revela, pierde su potencia al ser desvelado con la misma premura con que se ocultaba. Topsøe-Rothenborg prefiere el susto fácil y la música subrayadora, compuesta por una sintetizadora que enfatiza cada giro amenazante, antes de explorar las implicaciones éticas de una protagonista que, al recuperar su antigua vida, parece olvidar que durante dos años ha construido otra, con otra persona, en otro país, sin que este conflicto interior reciba el desarrollo que merece. La dirección, eficaz en el manejo de los espacios cerrados y la atmósfera opresiva de la mansión, flojea en las secuencias de acción y en la construcción de un suspense que se anuncia con demasiada antelación, como en la primera visita de Edmund a la cafetería, donde su actitud y el encuadre ya delatan su papel de villano, anulando cualquier posibilidad de ambigüedad moral.

Los personajes secundarios, como la inspectora noruega Iben Rask (Ingrid Bolsø Berdal), aparecen y desaparecen sin dejar huella, cumpliendo funciones estrictamente narrativas que engordan el metraje sin añadir capas de complejidad a una historia que, a pesar de su duración de 117 minutos, se siente incompleta en el tratamiento de sus motivaciones. La resolución del enigma, que implica a varios miembros de la familia Söderberg y a una red de explotación que trasciende los límites domésticos, resulta apresurada y deja en el aire las consecuencias de los actos de Helene sobre las víctimas reales del entramado criminal, un olvido que la película compensa con un final que apunta hacia la redención personal de la protagonista, pero que esquiva cualquier examen de su complicidad o su responsabilidad en el sistema del que formaba parte. Los flashbacks, teñidos de un azul que los distingue del presente, sirven para rellenar lagunas, aunque su frecuencia y su falta de ambigüedad convierten cada regreso al pasado en una confirmación de lo que el espectador ya intuía, diluyendo la sorpresa y el desconcierto que deberían acompañar a la recuperación de la memoria.

El filme resulta entretenido en su factura, con una fotografía que aprovecha los contrastes entre la luz nórdica y las sombras de los interiores burgueses, pero su ambición de abarcar el thriller psicológico, el drama social y el cuento gótico termina por dispersar su energía, dejando cada uno de estos frentes a medio desarrollar. La interpretación de Bang, que contiene la furia bajo una capa de cortesía, y la de Madueño, que transita con dignidad entre dos vidas, merecían un soporte textual que no temiera ensuciarse con las contradicciones humanas, en lugar de resolverse mediante giros que los personajes aceptan con una pasividad que roza lo inverosímil. La película se consume con agrado mientras dura, pero su poso es ligero, y la reflexión sobre la identidad y el dinero que promete en sus primeros compases queda enterrada bajo un montón de clichés del género que ni la atmósfera lograda ni el oficio de los intérpretes consiguen elevar más allá del pasatiempo estival.

La crítica más severa que cabe hacerle a Topsøe-Rothenborg es su dependencia de los mecanismos del suspense más manidos, que traicionan la complejidad inherente a la historia de una mujer que ha perdido su pasado y que, al recuperarlo, descubre que ese pasado la convierte en una extraña para sí misma. La directora no encuentra el tono adecuado para conciliar la amenaza real de la explotación sexual con las convenciones del thriller de sobremesa, y el resultado es una obra que señala hacia problemas graves sin atreverse a mojarse en su representación, prefiriendo el camino seguro de la intriga familiar y el gaslighting de manual. Si 'Loving Adults' ya adolecía de una ligereza similar en el tratamiento de sus conflictos, esta nueva incursión en el universo literario de Ekberg confirma una tendencia en la filmografía de su responsable: la habilidad para construir atmósferas sugerentes no siempre va acompañada de la valentía necesaria para sostener las derivas oscuras que esas atmósferas prometen.

Crítica elaborada por Dani Miguel Brown

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