Cine y series

Sunrise: El último amanecer

Carlson Young

2026



Por -

La adaptación cinematográfica de la novela homónima de Anna Todd, publicada en 2025, llega a Prime Video bajo la dirección de Carlson Young, cineasta con un recorrido previo en títulos como 'Upgraded'. La cinta, protagonizada por Maia Reficco, Fernando Lindez y Eva Longoria, traslada la acción a la isla de Mallorca, un escenario que se convierte en el epicentro de una historia que aspira a combinar el romance juvenil con el drama familiar. La presencia de Longoria, vinculada a la televisión de alta costura, aporta un cierto peso al proyecto, aunque su personaje queda relegado a un segundo plano que desaprovecha su registro actoral. La película se inscribe en la corriente de adaptaciones de literatura juvenil que las plataformas digitales proliferan sin un criterio definido, confiando en la popularidad de las autoras y en la fidelidad de un público que consume estos productos con una regularidad casi mecánica. La apuesta por materializar esta historia en imágenes evidencia una confianza excesiva en el gancho de una autora de éxito, descuidando la construcción de un relato que se sostenga por sí mismo más allá del nombre que lo respalda.

Oriah Pera, una joven bailarina de Texas, viaja a Mallorca con su madre Isolde, una ejecutiva inmobiliaria que planea construir un complejo turístico en la isla. La protagonista padece una enfermedad crónica que le provoca episodios epilépticos, una dolencia que gestiona con una medicación que anula sus sensaciones. Este detalle médico se presenta como el motor inicial de su búsqueda de intensidad, pero el guion apenas profundiza en las consecuencias de esa decisión, limitándose a mostrar una rebeldía superficial que no encuentra respaldo en las acciones de la muchacha. Su romance con Julián, un pescador local de aspecto envidiable, se teje sobre la base de encuentros fortuitos y secretos mutuos que la película resuelve con una torpeza manifiesta. La relación se sustenta en el atractivo físico de los intérpretes y en la acumulación de situaciones que fuerzan el contacto, pero la química entre ambos resulta tan fría como las aguas que bañan la costa mallorquina. Los diálogos, cargados de frases hechas y declaraciones de amor prematuras, socavan cualquier posibilidad de que el espectador crea en la conexión de los personajes.

El conflicto principal, que enfrenta los intereses económicos de la empresa de Isolde con la resistencia de los lugareños a vender sus propiedades, se diluye en un segundo plano sin que la cinta encuentre la forma de dotarlo de verdadera tensión. Julián acumula deudas con personajes turbios y arriesga el legado familiar, pero estas circunstancias se narran con una dejadez que las convierte en anécdotas sin peso. La defensa del territorio, un tema con claras implicaciones políticas y sociales en el contexto actual de las islas Baleares, se reduce a unas cuantas frases y a la exhibición de unos papeles que los actores agitan sin convicción. La película muestra una incapacidad notable para integrar la crítica al turismo masivo y a la especulación inmobiliaria en el entramado romántico, de modo que ambos aspectos quedan desactivados y neutralizados. La historia de amor, que debería verse amenazada por estas fuerzas externas, transcurre ajena a cualquier obstáculo real, lo que convierte el supuesto dilema de Oriah en un simple capricho de juventud.

La dirección de Carlson Young opta por una estética brillante y pulcra, propia de los anuncios de destinos vacacionales, que embellece Mallorca hasta convertirla en un decorado de postal. Los planos generales de calas y atardeceres se suceden con una regularidad que busca fascinar al espectador, pero que termina por saturar y anular cualquier sensación de autenticidad. La cámara se posa con insistencia en los rostros perfectos de los protagonistas y en sus siluetas esculpidas, pero evade cualquier reflejo de la vida real que pueda manchar esa imagen idílica. La puesta en escena, tan limpia como predecible, carece de la energía o la personalidad que caracterizan a los buenos creadores de imágenes, y se conforma con reproducir los códigos estandarizados del género. Los movimientos de cámara, las transiciones y la iluminación parecen dictados por un manual de buenas prácticas, sin que se aprecie una mano que imprima un sello distintivo al conjunto de la obra.

Los personajes secundarios, como la amiga de Oriah o los antagonistas locales, cumplen funciones meramente instrumentales, apareciendo y desapareciendo según las necesidades del argumento sin adquirir nunca una entidad propia. La evolución de los protagonistas resulta tan plana como el guion que los sostiene, y ni la enfermedad de Oriah ni los apuros de Julián logran modificar sus personalidades a lo largo del metraje. Eva Longoria, cuyo papel prometía un contrapunto adulto a la candidez juvenil, permanece anclada en una única nota interpretativa que desaprovecha su capacidad para el registro cómico y dramático. Maia Reficco, a pesar de su carisma evidente, queda atrapada en una construcción de personaje que le exige pasividad y sumisión, mientras que Fernando Lindez se limita a exhibir su atractivo físico sin que el texto le proporcione herramientas para construir una interpretación más compleja. La banda sonora, compuesta por canciones pegadizas que intentan subrayar los momentos álgidos, acentúa la sensación de estar ante un producto manufacturado sin alma.

La película transcurre sin sobresaltos, con una sucesión de escenas que avanzan hacia un desenlace previsible, y el espectador asiste al espectáculo con la misma implicación que quien mira un escaparate. La ausencia de un antagonista definido priva a la historia de la fuerza que otorga la oposición, y los conflictos se resuelven con una facilidad que resulta insultante para la inteligencia del público. La enfermedad de Oriah, que en otras películas podría haber funcionado como un catalizador de emociones, aquí se convierte en un adorno que la protagonista abandona en cuanto la trama se lo permite. La revelación de los secretos familiares, que conecta a los Pera con los García a través de un pasado común, se introduce con una torpeza que desactiva cualquier sorpresa, y la cinta se queda sin recursos para generar interés en su recta final. La crítica a la industria del entretenimiento por su dependencia de las adaptaciones literarias encuentra en este filme un ejemplo perfecto de cómo la pereza creativa puede dar lugar a productos mediocres que solo buscan llenar un hueco en el catálogo.

'Sunrise: El último amanecer' representa la culminación de una tendencia que convierte la literatura juvenil en un género de consumo rápido, desechable y fabricado en serie, sin que las plataformas muestren el más mínimo interés por la calidad. La película se beneficia del tirón de su autora, Anna Todd, y de la presencia de actrices conocidas, pero carece de la sustancia necesaria para justificar su existencia más allá de la simple acumulación de clichés. La historia de amor entre Ry y Julián, lastrada por la falta de chispa entre los intérpretes y por un guion que evita cualquier complicación, se desinfla antes de alcanzar su ecuador. El conflicto entre tradición y modernidad, entre el turismo y la identidad local, queda reducido a una anécdota que la película menciona sin atreverse a explorar en toda su complejidad. La dirección, correcta en lo técnico pero vacía de ideas, contribuye a la sensación de estar ante un trabajo de encargo que cumple con el expediente sin aspirar a nada más. Al finalizar el visionado, uno se pregunta qué necesidad había de trasladar esta novela a la pantalla, cuando el resultado confirma que algunas historias deberían permanecer en el papel.

Crítica elaborada por Dani Miguel Brown

MindiesCine

Buscando acercarte todo lo que ocurre en las salas de cine y el panorama televisivo.