Cine y series

La casa nostra

Dani de la Orden

2025



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Los creadores de 'Casa en flames' regresan al terreno de la comedia con una propuesta que recupera el formato de la sitcom para la televisión pública catalana, un género que permanecía inactivo desde hace más de una década. Dani de la Orden y Eduard Sola, junto a Dani Amor y Oriol Pérez, han tejido una serie que se desarrolla en un piso del Eixample barcelonés, donde la intimidad de los personajes queda expuesta a las visitas inesperadas y a los conflictos generacionales que emergen cuando los padres separados de Miqui se instalan en su hogar. La premisa parte de una situación reconocible para buena parte del público: la dificultad de mantener la independencia cuando las circunstancias económicas o personales obligan a retroceder en el camino hacia la vida adulta. Este punto de partida, sin embargo, sirve más como excusa para desplegar los mecanismos propios de la comedia de situación que como un retrato social detallado, aunque las alusiones a la precariedad habitacional y al turismo masivo aparecen de manera tangencial a lo largo de los episodios.

La serie construye su universo alrededor de dos núcleos convivenciales que se entrelazan en el mismo rellano. Por un lado, Miqui y su amigo Èric, cuyas personalidades opuestas generan un equilibrio quebradizo que la llegada de los padres del primero termina de desestabilizar. Por otro, Berta y Candela, vecinas cuyas dinámicas se articulan desde el contraste entre la inteligencia teórica y la inteligencia práctica, entre la incapacidad para las relaciones sociales y la sabiduría de quien regenta un bar de barrio. La figura de Berta, que en su presentación menciona leyes de la física mientras fracasa en la elaboración de una tortilla, representa el arquetipo de la intelectual torpe, un recurso que los guionistas explotan con desigual fortuna a lo largo de los catorce episodios que componen la primera temporada. Los creadores han optado por un elenco coral donde cada intérprete asume un rol claramente definido desde los primeros compases, y aunque esta elección facilita la identificación inmediata del espectador, también lastra la evolución de los personajes hacia terrenos menos predecibles.

La dirección de De la Orden y Pérez apuesta por la puesta en escena propia del género, con el público presente en el plató y las risas que acompañan los diálogos, un recurso que pretende replicar la calidez de las sitcoms clásicas pero que en ocasiones resulta artificioso cuando la gag no alcanza la efectividad esperada. Los episodios, de duración breve, se suceden con agilidad y mantienen un ritmo que favorece el consumo en plataforma, aunque esta decisión de estreno exclusivamente digital ha generado controversia entre quienes consideran que la serie merecía un espacio en la parrilla lineal de TV3. La fotografía y la dirección artística construyen un entorno reconocible y acogedor, con el bar de Candela como punto de encuentro que facilita los intercambios verbales y los encuentros fortuitos entre los personajes. La serie bebe de las convenciones del género sin ocultar sus referentes, y en ese juego de espejos se permite alusiones directas a 'Plats Bruts' que funcionan como guiño para el espectador catalán, aunque también revelan la dificultad de desmarcarse de un modelo que marcó una época en la televisión autonómica.

Las implicaciones sociales y políticas de 'La casa nostra' se manifiestan en la decisión de situar la acción en un momento histórico concreto, con referencias a episodios como el apagón de abril de 2025 o a la actualidad barcelonesa, pero la serie esquiva cualquier pretensión de retrato costumbrista profundo para refugiarse en la comedia ligera y el entretenimiento sin mayores ambiciones. Los personajes padres, encarnados por Albert Ribalta y Llum Barrera, encarnan dos formas antagónicas de entender la vida, y su confrontación constante aporta algunos de los momentos más conseguidos de la temporada, especialmente cuando sus diferencias ideológicas y generacionales se traducen en diálogos que trascienden la anécdota familiar para apuntar a cuestiones de mayor calado. La tensión entre el progresismo de la madre, que decide retomar sus estudios universitarios, y el conservadurismo del padre, abogado de éxito, funciona como vehículo para explorar los cambios sociales que atraviesan la sociedad catalana contemporánea. La serie, sin embargo, se muestra cautelosa a la hora de profundizar en estos conflictos, prefiriendo resolverlos mediante el humor antes que incómodos debates que podrían desviar la atención de su propósito principal como entretenimiento.

El tratamiento de las relaciones sentimentales constituye otro de los pilares de la narración, con el triángulo amoroso que se dibuja entre Miqui, Berta y Ruth como motor argumental que atraviesa los episodios. La decisión de introducir este conflicto desde los primeros compases permite a los guionistas explorar las dinámicas de atracción y rechazo con cierta holgura, aunque la resolución de esta trama en los capítulos finales resulta previsible y se ajusta a los cánones del género sin sorprender al espectador. Los personajes secundarios, como el excéntrico CEO que contrata a Èric o la sobrina de Candela que utiliza una jerga juvenil incomprensible, incorporan elementos de frescura a la propuesta y permiten a la serie salir del decorado principal en algunos episodios, una decisión arriesgada que los creadores justifican como una evolución natural del formato. La segunda temporada, que se estrena simultáneamente al pase lineal de la primera, promete capítulos más desinhibidos, con incursiones en la ciencia ficción y la presencia de cameos como el de Jordi Évole, cuya condición neurológica se convierte en recurso cómico dentro de la ficción.

El tono general de la serie oscila entre el sarcasmo amable y la comedia romántica, con un equilibrio que los guionistas mantienen con oficio aunque sin alcanzar las cotas de ingenio que caracterizaron a sus referentes. Los diálogos, ágiles y llenos de picardía, consiguen arrancar sonrisas más que carcajadas, y la construcción de los personajes parte de rasgos tan marcados que en ocasiones se vuelven caricaturescos, como el caso de la vecina intelectual o del amigo despreocupado que vive al día. La serie demuestra que el formato de la sitcom sigue teniendo un espacio en el panorama audiovisual catalán, y su acogida positiva en la plataforma 3Cat confirma que el público reclama este tipo de producciones que combinan la cercanía de los escenarios cotidianos con el humor directo y desenfadado. Sin embargo, 'La casa nostra' parece conformarse con ser una ficción amiga, un acompañante agradable que no aspira a trascender los límites de su género ni a ofrecer una mirada novedosa sobre las relaciones familiares y de amistad en la Barcelona del siglo XXI.

La interpretación del elenco principal sostiene la propuesta con solvencia, especialmente en el caso de Marc Rius, cuyo personaje funciona como eje emocional de la historia, y de Betsy Túrnez, que aporta matices a un rol que podría haber resultado secundario. La dirección maneja con destreza los tiempos de la comedia y sabe explotar las cualidades de cada intérprete, aunque el trabajo de cámara se limita a registrar la acción sin arriesgar propuestas visuales que rompan con la ortodoxia del género. La serie transita por terrenos conocidos sin pretender revolucionar nada, y quizá esa sea su principal virtud: ofrecer al espectador un producto reconocible, familiar, que cumple con lo prometido sin falsas expectativas. Los creadores han entendido que el público valora la complicidad que genera un grupo de personajes con los que resulta fácil identificarse, y han construido un universo donde las desventuras cotidianas adquieren una dimensión cómica que permite evadirse de las preocupaciones diarias sin necesidad de grandes alardes narrativos o técnicas. La serie se instala, así, en el terreno de lo confortable, lo que para algunos puede ser un elogio y para otros una limitación, pero que en cualquier caso la convierte en un producto capaz de satisfacer a quienes buscan en la ficción un reflejo distendido de sus propias vidas.

Crítica elaborada por Mario Lozano

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