Cine y series

Su propio infierno

Nicolas Winding Refn

2026



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La trayectoria de Nicolas Winding Refn ha ido alejándose del relato tenso y compacto que definió sus inicios para adentrarse en territorios donde la imagen manda sobre la anécdota. ‘Su propio infierno’ confirma esa deriva con una apuesta que roza el ejercicio de estilo llevado al límite. Sophie Thatcher encarna a Elle, una actriz instalada en un rascacielos mientras rueda una película de ciencia ficción, y su regreso al hogar coincide con la ausencia de un padre voluble que acaba de marcharse. La cinta avanza a base de estampas encadenadas, sin una línea argumental que las sostenga, y ese desprecio por la continuidad se convierte en el rasgo que define todo el conjunto. Refn filma habitaciones inundadas de neón, pasillos interminables y figuras que se mueven como sonámbulas, y lo hace con una convicción que resulta tan admirable como agotadora. La propuesta pide del espectador una entrega absoluta a un torrente de imágenes que se suceden sin jerarquía, y esa exigencia, sostenida durante casi dos horas, termina pesando más que cualquier hallazgo plástico.

El reparto se pliega a ese ritmo letárgico con resultados desiguales. Thatcher construye una Elle que oscila entre la fragilidad y una crueldad repentina, y lo hace con una presencia que sostiene la función incluso cuando el texto que recita suena a fórmula vacía. Charles Melton interpreta a un soldado que recorre una ciudad envuelta en niebla buscando a una hija desaparecida, y su personaje pertenece a otra película, una que se inserta sin costuras visibles en el relato principal. Havana Rose Liu compone a la madrastra y antigua amante de Elle, y su figura aporta el único contrapunto terrenal en un conjunto de criaturas artificiales. La relación entre estas mujeres se desarrolla a través de gestos calculados y frases susurradas, y ese hermetismo impide que lleguemos a comprender qué las une o qué se disputan. Refn filma sus cuerpos como quien coloca maniquíes en un escaparate, y esa decisión, lejos de ser un descuido, revela hasta qué punto le interesa más la composición que la psicología. Quien busque personajes con densidad encontrará aquí siluetas hermosas y huecas.

La violencia aparece de forma intermitente, casi como un estallido que interrumpe la modorra general. El asesino conocido como el Hombre de Cuero recorre las calles y ataca a mujeres jóvenes con una saña que se recrea en el detalle, y esas secuencias, rodadas con una elegancia fría, funcionan como el contrapunto más visible a tanta languidez. Hay algo de catálogo en la manera de encadenar estos episodios, como si el realizador repasara sus propios motivos con la distancia de quien ya ha contado todo lo que tenía que contar. La cinta se detiene en un tramo ambientado en un Japón posterior a la contienda, donde el soldado se enfrenta a matones yakuza, y ese desvío, aunque contiene algunos de los momentos más logrados, confirma la sensación de estar ante una sucesión de viñetas. La conexión entre ese pasado y el presente de Elle queda flotando, y el espectador sale de la sala con la impresión de haber asistido a un sueño ajeno cuyas reglas nunca le fueron explicadas.

Mención aparte merece la partitura de Pino Donaggio, que acompaña cada plano con una intensidad que roza lo hipnótico. Su música, deudora de los grandes melodramas orquestales del pasado, aporta una gravedad que las imágenes por sí solas rara vez alcanzan, y en más de un tramo es lo único que impide que la atención se desvanezca. Refn confía a ese acompañamiento sonoro una carga que el montaje y la puesta en escena apenas sostienen, y el resultado es una suerte de contradicción: la banda sonora eleva el conjunto mientras el resto se empeña en dispersarlo. La fotografía de Magnus Nordenhof Jønck construye algunos encuadres memorables, pero también cae en una penumbra que oculta a los intérpretes y difumina sus rostros hasta la desaparición. Esa oscilación entre el hallazgo y el exceso resume bien la película, una obra que se debate entre la fascinación que provoca su desparpajo visual y el hastío que genera su falta de rumbo.