Cine y series

Carrie

Mike Flanagan

2026



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Mike Flanagan lleva años demostrando predilección por textos breves a los que exprime hasta convertirlos en temporadas de televisión. Lo hizo con la novela de Shirley Jackson y con los relatos de Edgar Allan Poe, y ahora repite la operación con la primera novela de Stephen King, un relato de apenas doscientas páginas que aquí se despliega en ocho episodios para Amazon Prime Video. La apuesta resulta arriesgada, porque la película de Brian De Palma de 1976 sigue funcionando como referencia insuperable y porque la historia de la adolescente telequinética acosada por sus compañeras y por su madre fanática pertenece ya al imaginario colectivo. Flanagan, consciente de ello, renuncia a repetir el relato conocido y prefiere rodearlo: empieza con entrevistas a supervivientes de la noche del baile, retrocede un año y reconstruye la vida de Chamberlain desde sus cimientos. Ese gesto inicial marca el tono de toda la serie, más interesada en las causas que en el estallido, y convierte lo que era una parábola seca y brutal en un drama coral sobre una comunidad quebrada.

El guion reescribe los orígenes con decisión. Carrie ha vivido encerrada hasta los dieciséis años, sin colegio, sin internet, sin trato con nadie, y la muerte accidental de su padre obliga a madre e hija a salir al mundo. Margaret encuentra trabajo en un supermercado y Carrie ingresa en un instituto donde los detectores de metales y los simulacros de tirador forman parte de la rutina. Summer H. Howell compone una muchacha luminosa, curiosa, casi extraterrestre en su candor, y esa elección transforma por completo la textura del relato: la compasión que despierta nace de su alegría, no de su miseria. Samantha Sloyan, por su parte, construye una Margaret que resulta reconocible y por eso mismo inquietante, una mujer que ama a su hija con una ferocidad que la ahoga y que encuentra en las redes sociales un altavoz para su cruzada. La serie sostiene que los monstruos se fabrican, y esa tesis se encarna con una precisión que incomoda.

Ahí reside el acierto mayor y también el límite del conjunto. Flanagan amplía el mundo de King con una subtrama sobre mujeres señaladas a lo largo de la historia por sus dones, desde Juana de Arco hasta casos contemporáneos, y esa construcción mitológica pesa más de lo que aporta: diluye el misterio de los poderes de Carrie y desplaza el foco hacia una temporada futura que todavía nadie ha encargado. Algo parecido ocurre con la omnipresencia de las redes, que actualiza con eficacia el acoso escolar pero convierte tramos enteros en un relato sobre cuentas anónimas y rumores digitales. El instituto, con Matthew Lillard como director pusilánime y Amber Midthunder como profesora de gimnasia, gana hondura, aunque a costa de estirar la tensión. La puesta en escena de Flanagan, apoyada en una fotografía de espacios vacíos y colores apagados, construye una inquietud sostenida que rara vez desemboca en sobresalto, y el baile final, pese a su escala, alcanza menos virulencia de la que el material exigía.

Queda una versión admirable en su empatía y discutible en su estrategia. La serie se toma su tiempo para que cada agresión, cada silencio adulto y cada humillación grabada con un móvil tengan peso, y consigue que la tragedia anunciada duela de un modo distinto. Howell sostiene ese edificio con una interpretación que evoluciona del asombro a la rabia sin perder ternura, y Thornton dota a Chris de una mezquindad comprensible que la aleja del estereotipo. Sin embargo, la calidez general embota el filo: donde King escribía una fábula cruel sobre el castigo que la sociedad reserva a la diferencia, aquí se impone un diagnóstico amable sobre padres negligentes y sistemas que fallan. El resultado es una serie bien armada, interpretada con solvencia y lastrada por una necesidad de explicarlo todo que reduce la sacudida final a una promesa de continuará.