La comedia saudí ‘Ricos sin dinero’ llega firmada por Ahmed el Gendy, un realizador egipcio que ya ha demostrado soltura para la farsa coral, y por los guionistas Ayman Wattar y Bader al Asaf, quienes sitúan la acción en Riad para retratar a los AlThahabi, un clan acaudalado que descubre de golpe que su patrimonio se ha esfumado. La premisa, tomada del filme árabe cuyo título original alude a los presumidos, sigue a esta parentela obligada a fingir ante la sociedad que conserva su nivel de vida. El resultado es un artefacto que coquetea con la sátira social sin atreverse a morder, y que confunde la agitación con el ritmo. Durante la primera hora, el espectador asiste a un desfile de enredos domésticos donde cada miembro aporta una destreza concreta para sostener la mentira: el hijo actor cree merecer los papeles que logra por apellido, una hija maneja la logística, otra domina el arte de acaparar miradas y los padres administran su prestigio como quien reparte cartas marcadas. Esa división de tareas produce momentos de comicidad eficaz, sobre todo cuando la necesidad de guardar las apariencias choca con la escasez de medios, pero también delata una construcción esquemática: los personajes funcionan como piezas de un mecanismo, y su supuesta evolución familiar se antoja un añadido postizo. El Gendy filma con pulso nervioso, apoyado en un montaje que subraya cada gag, y esa insistencia termina por amortiguar el filo satírico. Donde podría haber una mirada incómoda sobre el orgullo de clase, queda un vodevil amable, entretenido a ratos y lastrado por una resolución que premia el sentimentalismo con el mismo entusiasmo con que antes celebraba el exceso. La puesta en escena, además, renuncia a explorar el espacio urbano más allá de interiores lujosos, de modo que la ciudad se reduce a un decorado neutro y la crítica social pierde concreción. Se diría que el filme teme incomodar a su público, y ese temor lo empuja hacia un terreno tibio donde la risa brota sin consecuencias.
Los AlThahabi constituyen el verdadero motor del relato, aunque su caracterización avance a trompicones. Sultan, el patriarca interpretado por Rashed al Shamrani, encarna la autoridad erosionada: sostiene la fachada con una dignidad aprendida que se resquebraja cuando la realidad llama a la puerta. Ghada al Mulla compone a Alanoud, esposa y anfitriona consumada, capaz de manejar cualquier salón con una sonrisa mientras su mundo se desmorona. Los hijos, en cambio, responden a arquetipos reconocibles: Reem, la organizadora; Lulu, la exhibicionista; Bandar, el intérprete vanidoso. Esa distribución de roles facilita la comedia de enredo, mas impide que los conflictos adquieran densidad. Cuando el relato pretende virar hacia el drama familiar, los intérpretes se ven obligados a defender emociones que el texto apenas ha preparado, y el espectador asiste a una mutación brusca que traiciona la lógica interna. La cinta quiere hablar de la presión social que impone el éxito material, un asunto que trasciende fronteras y que en el contexto del Golfo adquiere matices propios, ligados a la hospitalidad y al honor del linaje. Sin embargo, esa dimensión se diluye en favor de un humor de trazo grueso. El reparto secundario, con Fayez bin Jurays y Fahad al Butairi, aporta oficio cómico, pero sus personajes existen para facilitar gags y cerrar tramas menores. La sensación final es la de un conjunto que promete un retrato generacional y entrega una sucesión de estampas. La interpretación de Adwa Bader como Lulu destaca por su energía, aunque el libreto la convierta en un recurso para el chiste fácil. Cada intento de ocultar la bancarrota genera una nueva complicación, y ese mecanismo funciona mejor cuando se apoya en el ingenio verbal que cuando recurre al golpe físico. La familia, en definitiva, resulta menos creíble como célula afectiva que como equipo de estafadores improvisados, y esa ambigüedad lastra el conjunto.
El Gendy demuestra oficio en la dirección de actores y en la planificación de secuencias corales, pero su apuesta por el slapstick traiciona las aspiraciones de la historia. La cámara se mueve con agilidad, los encuadres buscan el contrapunto cómico y la música marca cada transición con un entusiasmo que a menudo resulta contraproducente. Ese estilo, más cercano a la comedia televisiva que al cine de autor, produce una textura uniforme donde lo dramático y lo bufonesco compiten sin que ninguno imponga su ley. La consecuencia es una película que se ve con facilidad y se olvida con la misma rapidez. El trasfondo saudí, con su énfasis en la reputación y el qué dirán, ofrece un ángulo fértil que el filme desaprovecha: la crítica al consumo ostentoso queda reducida a un puñado de chistes sobre bolsos y coches, cuando podría haber calado en la relación entre dinero, poder y afectos. El desenlace, previsible y edulcorado, resuelve los conflictos con una reconciliación que el espectador acepta por cansancio antes que por convicción. La moraleja sobre la importancia de la familia frente al lujo suena hueca porque el relato ha disfrutado demasiado mostrando ese mismo lujo. En definitiva, ‘Ricos sin dinero’ entretiene sin compromiso, arranca alguna sonrisa y deja la impresión de una oportunidad perdida para radiografiar con mordacidad una sociedad en transformación. Su mayor virtud, la energía del reparto, convive con un defecto estructural: la incapacidad de sostener el tono. Quien busque una comedia ligera encontrará material suficiente; quien espere una sátira incisiva saldrá con la sensación de haber visto un producto correcto pero domesticado.
