Cine y series

Sébastien Vanicek

Posesión infernal: En llamas

2026



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Renovar una franquicia con décadas de historia se ha convertido en una práctica tan habitual como arriesgada dentro del audiovisual. La fidelidad a la esencia original suele chocar con la necesidad de imprimir un sello propio que justifique una nueva entrega, y 'Posesión infernal: En llamas' no escapa a esa tensión. El cineasta francés Sébastien Vanicek, conocido por 'Vermin: La plaga', asume la dirección y plantea un giro con respecto al tono de Sam Raimi: apuesta por una lectura más sombría y anclada en el drama familiar, mientras relega la comicidad grotesca a un segundo plano. Esta opción por la seriedad y el desarrollo de personajes con conflictos realistas busca dotar de nueva savia a un relato que ya había comenzado a explorar vetas más oscuras en sus últimas entregas, y Vanicek la lleva hasta sus consecuencias más extremas.

Alice, una mujer francesa, llega a la aislada residencia de sus suegros tras la muerte de su marido Will en un accidente de tráfico. Desde el primer minuto, la familia política le muestra una hostilidad contenida y reproches velados, pues la consideran la causante de la desgracia. Esa tensión se convierte en el caldo de cultivo perfecto para que las fuerzas demoníacas del Necronomicón irrumpan, aprovechando el rencor acumulado y la fragilidad de los personajes. Vanicek utiliza el conflicto sobrenatural como catalizador de una violencia doméstica que ya existía, exponiendo las cicatrices de un matrimonio tóxico y la complicidad de un entorno que miraba hacia otro lado ante el comportamiento abusivo de Will. De este modo, la cinta adquiere una capa de significado social que trasciende el mero espectáculo sangriento.

Los personajes huyen de los arquetipos planos del cine de terror y se convierten en vehículos de un malestar generacional y familiar. Alice encarna la lucha de la víctima, que no solo debe sobrevivir a la furia de los muertos vivientes, sino también al desprecio de sus suegros, representantes de una estructura rígida y disfuncional. Susan, la madre, canaliza una ira contenida hacia la forastera que la vuelve tan amenazante en su estado natural como cuando cae bajo el influjo de los demonios. El director aprovecha esta premisa para diseccionar las relaciones de poder dentro del núcleo, señalando la transmisión de la violencia entre generaciones y el papel del silencio y la negación como cómplices. Joseph, el hermano menor, ejemplifica cómo la presión familiar y la sombra del fallecido pueden desencadenar una violencia latente que el personaje apenas controla, incluso antes de cualquier posesión.

Vanicek imprime un estilo visual que prioriza el movimiento constante de la cámara y una paleta cromática desaturada, casi monocromática, que refuerza la opresión y la fatalidad. El director maneja con oficio las secuencias de acción mediante planos secuencia que capturan el caos con precisión casi coreográfica. La sustitución de la lluvia de sangre por un entorno dominado por el fuego y la ceniza aporta una textura diferente, aunque a veces resulte en una imagen excesivamente terrosa que lastra la claridad de algunas escenas. Pese al esfuerzo formal, la narración recurre en exceso a elipsis temporales para desarrollar las relaciones, dejando algunos vínculos sin la suficiente densidad para que su destrucción posterior tenga el impacto deseado.

La denuncia de la violencia machista y la toxicidad de ciertos lazos familiares se plantea con una intención loable, pero su ejecución resulta demasiado evidente. El guion, coescrito por Vanicek y Florent Bernard, intercala flashbacks del maltrato sufrido por Alice que, aunque necesarios para contextualizar su situación, rompen el ritmo trepidante del terror con una reiteración mecánica. La equivalencia entre los demonios sobrenaturales y los personales se establece sin sutileza, dejando poco margen para la ambigüedad y convirtiendo el mensaje en un ariete narrativo que golpea con contundencia, pero con escasa variedad de matices. En su empeño por ser la entrega más cruel y amarga de la franquicia, la película sacrifica el ácido sentido del humor que caracterizaba a las obras de Raimi, un elemento que, aunque ya diluido en las entregas modernas, servía como válvula de escape al sadismo implacable que ahora inunda la pantalla.

Souheila Yacoub sostiene gran parte del peso dramático como Alice, transmitiendo una mezcla de fragilidad y determinación que la convierte en la superviviente ideal para este infierno particular. Su trabajo físico resulta notable, sobrellevando las exigencias de unas coreografías de lucha brutales que explotan cada rincón del decorado. Sin embargo, el resto del reparto, como Tandi Wright o Erroll Shand, quedan a menudo reducidos a la caricatura de la suegra y el suegro malvados antes de sucumbir a la posesión, lo que limita sus registros a la ira y la agresividad. El diseño de sonido cumple con su función de crear una atmósfera asfixiante, aunque la banda sonora de Double Danger recurre a veces a los sobresaltos más predecibles para subrayar los momentos de mayor tensión, sin alcanzar la inventiva de otros apartados técnicos, como el maquillaje de efectos prácticos.

Vanicek demuestra su capacidad para manejar los mecanismos del terror físico, pero la solidez de su propuesta temática se ve empañada por una ejecución narrativa que prioriza el impacto inmediato sobre una construcción dramática más orgánica. La película, en su conjunto, deja la sensación de un ejercicio de estilo brillante en lo técnico, pero que termina atrapado en su propio mensaje, sin encontrar el equilibrio entre la crudeza social y el pulso del género. Al final, 'Posesión infernal: En llamas' arde con intensidad, pero sus llamas iluminan tanto sus aciertos como sus contradicciones, y el espectador sale con la certeza de que el infierno familiar que retrata merecía un tratamiento menos explícito y más turbio.

Crítica elaborada por Mario Lozano

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