Cine y series

Lo dejamos acá

Hernán Goldfrid

2026



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La trayectoria de Hernán Goldfrid se caracteriza por una tensión sostenida entre el artificio narrativo y la búsqueda de una verdad incómoda en sus personajes. Tras más de una década dedicado a la dirección de episodios para televisión, el realizador regresa al largometraje con ‘Lo dejamos acá’, un relato que, en principio, promete sumergirse en las zonas más resbaladizas de la práctica terapéutica. La cinta arranca con una potencia innegable: Ulises Verón, un psicoanalista mediático interpretado por Ricardo Darín, rechaza un premio a la excelencia profesional en plena ceremonia. Su discurso, cargado de una autocrítica feroz, confiesa que su carrera se ha edificado sobre la impostura de escuchar sin poder transformar la vida de quienes acuden a su consulta. Esta premisa, que coquetea con el descrédito de una disciplina casi sagrada en la idiosincrasia argentina, instala una atmósfera de escepticismo que el film aprovecha para presentar a un profesional dispuesto a transgredir cualquier límite ético. La entrada en escena de Martín Bouchard, un escritor exitoso y bloqueado al que da vida Diego Peretti, desencadena el conflicto central: Verón decide intervenir de manera activa y manipuladora en la vida de su paciente para desbloquear su creatividad, convencido de que la única forma de curar es ensuciarse las manos. La película, entonces, se adentra en un terreno pantanoso donde la relación terapéutica se convierte en una batalla de egos, un duelo interpretativo que, por momentos, logra sostener el interés.

La química entre Darín y Peretti es el motor que mantiene a flote la propuesta durante su primera mitad. Ambos actores, dueños de registros complementarios, construyen una coreografía de complicidad y recelo que resulta verosímil y magnética. Verón, con su aire de superioridad moral y su necesidad de control, encuentra en Bouchard un rival a su altura, un hombre tan inteligente como él pero más cínico y autodestructivo. Goldfrid filma estos encuentros con una elegancia que evita la grandilocuencia, apoyándose en una puesta en escena sobria que deja respirar los diálogos. La fotografía de Rodrigo Pulpeiro captura la opulencia del hogar de Bouchard y la frialdad del consultorio de Verón, subrayando la distancia social y emocional que separa a estos dos hombres. Sin embargo, conforme avanza el metraje, la película empieza a perder el rumbo que había trazado con tanta precisión. La subtrama de la hija de Verón, interpretada por Antonia Bengoechea, funciona como un apunte moral que se desdibuja rápidamente, y los demás pacientes del terapeuta, entre ellos el personaje de Inés Efron, aparecen y desaparecen sin dejar una marca significativa en el relato. El guion de Emanuel Diez, que había planteado un conflicto rico en matices, opta por resolverlo por la vía del thriller, introduciendo giros y revelaciones que, lejos de potenciar la historia, la conducen hacia un terreno más previsible y menos interesante.

El problema central de ‘Lo dejamos acá’ radica en su incapacidad para sostener el tono que propone. La película se debate entre la comedia negra y el suspense psicológico, y ese coqueteo constante termina por diluir la fuerza de ambos registros. Goldfrid, que demuestra oficio en la construcción de atmósferas, cede a la tentación de resolver el conflicto mediante un giro argumental que transforma a los personajes en piezas de un mecanismo engañoso. La aparición estelar de un actor reconocido en el tramo final, lejos de aportar frescura, evidencia la falta de ideas para cerrar la historia de manera coherente. La música de Roque Baños, que apuesta por un aire retro y hitchcockiano, refuerza esa sensación de pastiche, de un ejercicio de estilo que se queda en la superficie. La película quiere ser un juego intelectual sobre la manipulación y la verdad, pero termina siendo un artefacto que se complace en su propia astucia sin llegar a conmover. La relación entre Verón y Bouchard, que había empezado como un duelo fascinante, se resuelve de forma atropellada, dejando la impresión de que el guion se vio obligado a cerrar cabos sueltos que nunca terminaron de anudarse.

En su tercio final, la cinta abraza por completo el thriller conspiranoico, y es ahí donde pierde definitivamente el pulso. Lo que había comenzado como una disección mordaz de la arrogancia profesional y la vulnerabilidad del artista se convierte en una sucesión de revelaciones inverosímiles que buscan sorprender al espectador a cualquier precio. Los personajes, otrora complejos y contradictorios, se reducen a títeres de una trama que prioriza el golpe de efecto sobre la coherencia interna. La relación paterno-filial, que prometía un contrapunto emotivo, se abandona sin explorar sus consecuencias. Goldfrid logra algunos momentos de tensión lograda, pero estos se ven lastrados por un montaje que, por momentos, parece haber sacrificado escenas clave en aras de un ritmo que nunca termina de encontrar su equilibrio. La película se ve sin esfuerzo, sostenida por el carisma de sus protagonistas, pero deja un regusto amargo, la sensación de estar ante una oportunidad perdida. La inteligencia del planteamiento inicial exigía una resolución que estuviera a su altura, y lo que se ofrece es un desenlace que opta por el entretenimiento fácil antes que por la coherencia temática.

En definitiva, ‘Lo dejamos acá’ es una comedia de suspense que se queda a medio camino entre la sátira punzante y el entretenimiento ligero. Hernán Goldfrid demuestra un dominio técnico indiscutible, pero la película naufraga en su intento de abarcar demasiado. La química entre Darín y Peretti es incuestionable, y sus escenas juntos justifican por sí solas el visionado, pero el conjunto se resiente por un guion que se pierde en vericuetos innecesarios. La cinta renuncia a explorar las implicaciones éticas de la terapia de choque que propone su protagonista para refugiarse en un juego de espejos que, a fuerza de querer ser ingenioso, termina por resultar vacío. Se agradece la intención de recuperar el espíritu de la comedia de suspense clásica, pero el resultado es un producto que, aunque digno, dista mucho de la excelencia que cabría esperar de un elenco y un equipo técnico de semejante calibre. La película se deja ver, entretiene a ratos y se olvida con la misma rapidez con la que se consume, dejando la impresión de que, en este caso, el talento reunido merecía un vehículo mucho más sólido y arriesgado.