Trina Vega regresa a los pasillos del instituto Hollywood Arts convertida en profesora sustituta, una premisa que Jake Farrow y Samantha Martin despliegan a lo largo de doce episodios para Netflix. La serie retoma el universo de ‘Victorious’ trece años después y sitúa a su protagonista, encarnada de nuevo por Daniella Monet, en un limbo vital: actriz sin trabajo, hermana a la sombra de una estrella llamada Tori, y adulta que acepta un puesto docente para el que carece de preparación. Esa contradicción sostiene el arranque, porque Trina llega al aula con tacones imposibles y un vaso gigante, dispuesta a improvisar lecciones mientras esquiva cualquier responsabilidad real. Farrow y Martin construyen así un personaje cuya incompetencia resulta menos cómica que patética, y esa ambigüedad lastra el conjunto desde el primer minuto. El reparto juvenil, formado por Qwest, Oscar, Emmy, Jen y Pepper, reproduce arquetipos reconocibles: el músico que miente a su padre, la estrella engreída, la técnica brillante que se esconde tras las bambalinas, y dos rivales que compiten por todo. La puesta en escena, plana y televisiva, subraya la sensación de producto reciclado, aunque el trabajo físico del elenco revela oficio y cierta química.
El principal problema de ‘Hollywood Arts’ radica en su empeño por replicar una fórmula caducada sin aportar una mirada propia. Los guiones encadenan enredos de instituto, disfraces estrafalarios y canciones originales tan breves que parecen concebidas para un vídeo de redes sociales. Esa fragmentación narrativa impide que los conflictos de los alumnos alcancen densidad, y los episodios se suceden como variaciones de un mismo chiste. La inclusión de versiones de temas ajenos, desde Kelly Clarkson hasta Chappell Roan, evidencia una falta de criterio musical: la serie alterna composiciones propias con covers que suenan a karaoke infantil, lo que rompe cualquier coherencia tonal. Farrow y Martin parecen dirigirse a dos públicos incompatibles, los nostálgicos de la serie original y los preadolescentes actuales, y ese doble objetivo diluye la propuesta. El resultado es un producto que imita a su antecesora en el vestuario, el decorado y hasta el casting, pero que carece del desparpajo que hizo memorable a aquella. La comedia amplifica cada situación hasta el absurdo, y lo que debería ser excentricidad se convierte en torpeza.
Dentro de ese panorama, Trina funciona como un espejo deformado de la adultez contemporánea. Es una treintañera sin estabilidad, con una carrera inexistente y una autoestima que oscila entre la euforia y la humillación. Sus llamadas telefónicas a Tori, personaje que permanece fuera de campo, insinúan una dependencia afectiva que la serie explora con poca sutileza, pero que constituye su aportación más interesante. Cuando Trina arenga a sus alumnos o se disfraza para inspirarlos, el relato deja entrever que la enseñanza puede ser un refugio para quien fracasó en su vocación. Esa idea, sin embargo, se diluye entre gags repetitivos y lecciones morales previsibles. La relación con Emmy, la estudiante que descubre su talento para el escenario, apunta a un vínculo mentor-alumna que podría haber articulado la temporada, pero la serie prefiere dispersarse en tramas secundarias. El personaje de Pepper, interpretado con desparpajo por Emmy Liu-Wang, roba cada escena con una energía que el resto del elenco rara vez iguala. Peyton Jackson aporta carisma como Qwest, y su episodio junto a Oscar, simulando un entrenador de fútbol, destaca como el momento más logrado.
La dirección de Farrow y Martin se apoya en un ritmo precipitado, con transiciones bruscas y una planificación que prioriza el primer plano sobre cualquier construcción espacial. Esa elección, coherente con el tono de sitcom juvenil, termina por aplanar las actuaciones y reducir el instituto a un decorado funcional. La música, omnipresente, cumple una función ornamental: las canciones aparecen y desaparecen sin integrarse en la evolución de los personajes. El vestuario y la dirección artística reproducen un imaginario colorista que remite a un ideal de instituto más publicitario que real, y esa estilización excesiva resta verosimilitud a los conflictos. La serie evita cualquier atisbo de conflicto social o moral incómodo, y se refugia en un entretenimiento inofensivo que, precisamente por su falta de riesgo, resulta olvidable. Los personajes apenas evolucionan: Trina sigue siendo insegura, Emmy continúa siendo ingenua, y los antagonismos entre Jen y Pepper se resuelven con la misma ligereza con que se plantean.
‘Hollywood Arts’ aspira a conectar con una generación que desconoce ‘Victorious’ y a complacer a quienes la vieron, y ese equilibrio imposible la condena a la mediocridad. La serie podría haber explorado la precariedad laboral de una actriz fracasada o la presión que sufren los adolescentes por destacar, pero prefiere el chiste fácil y la nostalgia vacía. Daniella Monet sostiene el peso cómico con entrega, aunque el material le exija más gestos que matices. El conjunto se ve lastrado por una escritura que confunde energía con sustancia y por una realización que renuncia a cualquier hallazgo formal. El resultado es un producto que se deja ver sin entusiasmo, una sucesión de episodios intercambiables que se olvidan tan pronto como terminan. La serie entretiene a ratos, pero su falta de ambición narrativa y su dependencia de un modelo agotado la convierten en una ocasión perdida para revisitar aquel universo con una mirada nueva.
