Christopher Nolan ha hecho de la conciliación entre espectáculo y reflexión una seña de identidad. Su adaptación del poema homérico llega precedida por esa trayectoria y se inscribe en esa misma línea: propone un recorrido por el texto clásico que privilegia ciertos aspectos y convierte el viaje de regreso a Ítaca en una pesquisa sobre las secuelas que la guerra deja en quienes la protagonizan. Matt Damon encarna a un Odiseo que arrastra el peso de dos décadas de conflicto y errancia, mostrando a un guerrero cuyo ingenio y astucia, tan celebrados en la tradición literaria, aparecen aquí como herramientas que han perdido parte de su efectividad frente a la magnitud de sus propios fantasmas. La elección del actor estadounidense para un personaje concebido como arquetipo del héroe griego subraya la intención de Nolan de aproximar el mito a coordenadas más contemporáneas, despojándolo de la grandilocuencia que suele acompañar a las recreaciones de la Antigüedad. El director apuesta por un tratamiento que convierte el periplo mediterráneo en una travesía interior, donde cada escala, cada monstruo y cada dios encarnan aspectos de la psique atormentada de su protagonista. La estructura narrativa rompe la linealidad temporal, alternando los episodios vividos por Odiseo durante su decenio de vagabundeo con la situación en Ítaca, donde Penelope aguarda el regreso de su esposo mientras lidia con una corte de pretendientes que amenazan con despojarla del trono. Esta disposición del material narrativo responde a la voluntad del director de establecer paralelismos entre la guerra exterior y la guerra doméstica, entre el conflicto que arrasó Troya y la batalla silenciosa que libran quienes permanecieron en retaguardia.
Nolan aborda los episodios fantásticos del poema con una tensión constante entre la fascinación por el imaginario mítico y una pulsión realista que tiende a despojar a lo sobrenatural de su carácter extraordinario. El cíclope, las sirenas o la hechicera Circe aparecen en la pantalla como criaturas cuya naturaleza monstruosa resulta menos aterradora que la crueldad de la que son capaces los hombres, estableciendo así una jerarquía moral que sitúa la responsabilidad de los mortales en el centro del relato. La célebre astucia de Odiseo, ese rasgo que le permite burlar a sus enemigos y sortear peligros, se convierte en ocasiones en un lastre que acrecienta su culpa y aleja a sus hombres, hasta el punto de que Himesh Patel, en el papel de Euríloco, encarna la desconfianza creciente de la tripulación hacia un líder cuyas decisiones parecen guiadas por el orgullo más que por el instinto de supervivencia. La presencia de Atenea, interpretada por Zendaya, se limita a apariciones fugaces que recuerdan la relación ambivalente del héroe con lo divino, una conexión que Nolan presenta como incierta y sujeta a la interpretación de un protagonista cuya percepción de la realidad se encuentra alterada por el cansancio y el remordimiento. El personaje de Calipso, encarnado por Charlize Theron, añade una capa de complejidad al viaje de Odiseo al ofrecerle un refugio que resulta a la vez tentador y letal, un espacio donde la memoria se difumina y la identidad corre el riesgo de disolverse. El episodio de la isla de la ninfa, con sus flores de loto y su promesa de olvido, plantea una reflexión sobre el precio de la paz interior y la posibilidad de renunciar al pasado para aliviar el sufrimiento, una opción que Nolan sitúa como antítesis del deber del héroe hacia los suyos.
Las tensiones que atraviesan el relato homérico encuentran un correlato en la política internacional contemporánea, y Nolan sugiere que los conflictos armados responden con frecuencia a motivaciones económicas y estratégicas que poco tienen que ver con los ideales que los justifican. La guerra de Troya aparece en la película como un enfrentamiento cuyas causas verdaderas permanecen ocultas tras el relato del rapto de Helena. El propio Odiseo reconoce que la contienda se libró en realidad por el control de las rutas comerciales, despojando así al conflicto de su dimensión épica para revelar su naturaleza prosaica. Este desencantamiento del mito bélico encuentra su correlato en la descripción del asedio de Troya, un episodio que Nolan presenta en su crudeza a través de la mirada atónita de un Sinon que encarna la inocencia sacrificada en aras de una victoria que se revela amarga. La figura de Agamenón, interpretado por Benny Safdie, aparece envuelta en una armadura que oculta su rostro y que subraya la distancia entre el poder y los individuos que lo ejercen, estableciendo un paralelismo con ciertas formas de liderazgo contemporáneo que se blindan tras el anonimato institucional. La ausencia de figuras como Zeus o Poseidón en el primer plano de la narración refuerza la idea de que los dioses han cedido su lugar a fuerzas menos visibles pero igualmente determinantes, como el azar o la necesidad histórica, que guían los pasos de Odiseo hacia un destino que el héroe intenta desafiar sin éxito. El regreso a Ítaca, cuando finalmente se produce, supone más bien la constatación de que el hogar se ha transformado durante la ausencia. El guerrero que parte a la guerra nunca puede regresar verdaderamente al lugar que dejó atrás. Los pretendientes que asedian a Penelope, encabezados por un Antínoo que Robert Pattinson dota de una mezcla de cinismo y codicia, funcionan como metáfora de una sociedad que ha aprendido a prescindir de sus líderes ausentes y que contempla con recelo el retorno de quien abandonó sus responsabilidades.
El director despliega una puesta en escena que bebe del cine de género para explorar las contradicciones de sus personajes sin renunciar al entretenimiento, aunque el tratamiento formal de las secuencias de acción muestra a veces un desequilibrio entre la ambición visual y la densidad psicológica. La decisión de rodar el filme con cámaras IMAX confiere a las imágenes una textura que acentúa la sensación de inmensidad de los paisajes y la fragilidad de los personajes frente a un entorno hostil, pero la espectacularidad de los efectos prácticos convive con cierta rigidez en los pasajes que requieren mayor sutileza. La interpretación de Anne Hathaway como Penelope, una mujer que ha mantenido a raya a sus pretendientes durante años mediante una estrategia de dilación que recuerda su labor de tejer y destejer, añade una dimensión política al personaje que trasciende su papel de esposa fiel. La reina de Ítaca representa la inteligencia política que sabe adaptarse a las circunstancias y que comprende que el poder estriba menos en la fuerza militar que en la capacidad de manipular las previsiones ajenas, una lección que su esposo tarda en aprender. El arco de Telémaco, interpretado por Tom Holland, traza el camino de un joven que debe reconciliar la imagen idealizada de su padre con la realidad de un hombre que ha cometido errores y causado sufrimientos. Su llegada a la edad adulta requiere asumir que los progenitores son criaturas falibles. El combate final en el palacio de Ítaca, que Nolan resuelve con una coreografía precisa que explota el espacio cerrado y la escasez de recursos de los defensores, funciona como catarsis que libera la tensión acumulada, aunque deja en el espectador la duda sobre la posibilidad de reconstruir lo que la guerra ha destruido. Nolan parece decirnos que la guerra perdura más allá del regreso, enquistada en la mirada de los supervivientes.
Crítica elaborada por Andrés Gómez
