Cine y series

La muñeca

Pawel Maslona

2026



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La adaptación de 'La muñeca' que Netflix estrena en formato de seis episodios supone el regreso a la pantalla de una novela venerada en Polonia y prácticamente desconocida fuera de sus fronteras. Bolesław Prus publicó por entregas en 1890 un relato ambientado en la Varsovia de 1878, bajo el dominio del Imperio ruso, y la serie dirigida por Paweł Maślona traslada aquel universo a un lenguaje televisivo contemporáneo. Maślona, responsable también del guion junto a otros colaboradores, construye una recreación de época que combina decorados fastuosos con efectos digitales para levantar una ciudad que fue arrasada durante la Segunda Guerra Mundial. La propuesta llega acompañada por un largometraje paralelo que se estrena en cines polacos pocos días después, fenómeno que ha generado comparaciones jocosas con el cruce de estrenos que vivió la industria hace unos años. El reparto encabezado por Sandra Drzymalska y Tomasz Schuchardt da vida a una historia de ambición, orgullo y dependencia afectiva donde el dinero actúa como motor de todas las relaciones.

El eje argumental sigue a Stanisław Wokulski, un comerciante enriquecido que regresa a Varsovia tras amasar una fortuna y se obsesiona con Izabela Łęcka, una aristócrata cuya familia atraviesa una bancarrota silenciosa. La serie disecciona esa atracción como una transacción disfrazada de romance: ella necesita financiar su viaje a París y su vocación literaria, él pretende ascender socialmente mediante el matrimonio. La trama secundaria en torno a la revista feminista que Izabela desea alimentar introduce una capa de conflicto generacional y de género que el guion explota con inteligencia. Los episodios avanzan hacia un desenlace que altera elementos clave de la novela, decisión que Maślona justifica como una reinterpretación libre y que provoca desconcierto en quienes conocen el texto original. La reconstrucción de los bailes, los duelos y los salones nobles convive con secuencias oníricas que rompen el ritmo narrativo sin llegar a dominarlo.

Los personajes evolucionan desde posiciones rígidas hacia territorios ambiguos. Izabela pasa de ser leída como una villana frívola a convertirse en una mujer atrapada por las limitaciones de su clase y su época, mientras Wokulski encarna al emprendedor que utiliza el afecto como herramienta de control. Marianna, la criada interpretada por Maria Kania, funciona como testigo privilegiado de las contradicciones de sus señores. Las implicaciones sociales de la serie abordan la decadencia de la nobleza, el ascenso de la burguesía y el nacionalismo polaco bajo la censura zarista. La dirección de Maślona combina un dominio del plano amplio con una atención al detalle en los interiores, logrando una textura visual que recuerda al cine de época británico sin imitarlo. La serie plantea un retrato amargo sobre las prisiones que los individuos construyen para sí mismos.

La producción se integra en una tendencia de plataformas por adaptar clásicos nacionales con vocación internacional, línea que ha dado resultados dispares. La apuesta de Netflix por el mercado polaco responde a una estrategia de expansión europea donde la fidelidad al original importa menos que la capacidad de generar conversación. El resultado es una obra que maneja con soltura el melodrama y la crítica social, aunque su resolución apresurada deja cabos sueltos. La serie invita a revisitar la novela de Prus y a reflexionar sobre cómo las historias del siglo XIX siguen interpelando al presente. Su mayor logro radica en mostrar que el amor, cuando se confunde con el poder, termina por consumir a quienes lo practican.

Crítica elaborada por Esther Cunha

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