La trayectoria de Ridley Scott acumula cuatro décadas de propuestas visuales que han definido géneros enteros, desde el terror espacial hasta la épica histórica. Con 'La constelación del perro', el realizador británico se adentra en el territorio de la ciencia ficción apocalíptica desde una perspectiva que rechaza el espectáculo grandilocuente para abrazar una contención narrativa que roza la austeridad. Esta adaptación de la novela de Peter Heller, con guion de Mark L. Smith, sitúa su acción en un Colorado devastado por una pandemia gripal que ha diezmado la población mundial, reduciendo la existencia a pequeños núcleos de supervivientes que se aferran a rutinas despojadas de toda esperanza. La decisión de Scott de rodar en localizaciones italianas que emulan las montañas rocosas añade una capa de extrañeza visual, como si el paisaje americano hubiera sido sustituido por un doble europeo que refuerza la sensación de desubicación que impregna toda la cinta.
Hig, interpretado por Jacob Elordi, encarna al mecánico convertido en piloto que comparte un aeródromo abandonado con Bangley, un exmilitar paranoico al que da vida Josh Brolin. La dinámica entre ambos personajes constituye el eje sobre el que gira el primer tramo de la película, estableciendo un contraste entre la vulnerabilidad de Hig y la rigidez de Bangley que pronto deriva en un enfrentamiento ideológico sobre cómo afrontar la nueva realidad. Mientras Bangley defiende el aislamiento y la violencia preventiva contra cualquier intruso, Hig mantiene viva la llama de la conexión con otros seres, una postura que le lleva a arriesgar su vida para entregar suministros a una comunidad menonita o para seguir el rastro de una señal de radio procedente de Grand Junction. Esta dicotomía entre el instinto de supervivencia y el deseo de comunidad atraviesa toda la cinta, aunque Smith y Scott evitan tomar partido de manera explícita, mostrando ambas posiciones como respuestas comprensibles ante un mundo que ha perdido sus referentes.
La llegada de Hig al rancho donde residen Cima y su padre Pops introduce un nuevo escenario que replica, con ligeras variaciones, el mismo conflicto. Guy Pearce interpreta a un padre protector que recela de cualquier forastero, mientras Margaret Qualley da vida a una hija que anhela algo más que la mera subsistencia. El romance que se insinúa entre Hig y Cima carece de la chispa necesaria para sostener el peso dramático que la trama le otorga, quizá porque Scott parece más interesado en las implicaciones políticas de su relato que en las pasiones de sus protagonistas. La película establece paralelismos entre la actitud de Bangley y el aislacionismo, mientras que la búsqueda de Hig de otros supervivientes representa una apuesta por la cooperación frente a la desconfianza. Sin embargo, esta lectura política se desdibuja cuando el guion introduce a los Reapers, un grupo de depredadores pintados y montados a caballo cuya caracterización remite a los estereotipos del cine western clásico, una elección problemática que la película no cuestiona ni justifica.
El tercer acto de 'La constelación del perro' contiene un giro tonal tan brusco que parece pertenecer a otra película. La llegada a Grand Junction y el encuentro con Darlene, el personaje que interpreta Allison Janney, transforma el relato en una suerte de pesadilla kitsch que rompe con la contención previa. Esta digresión, que algunos espectadores considerarán un exceso, revela la faceta más lúdica de Scott, aquella que en otras ocasiones ha dado lugar a propuestas inclasificables y que aquí choca frontalmente con la sobriedad que había predominado. El realizador parece disfrutar durante estos compases, liberándose de las ataduras del realismo apocalíptico para entregarse a un surrealismo que desestabiliza al espectador y cuestiona la coherencia del conjunto. La decisión de incluir este pasaje, que se resuelve con rapidez y sin apenas consecuencias, plantea dudas sobre el control narrativo del filme, como si Scott hubiera querido injertar un cortometraje de tono dispar dentro de una estructura que reclamaba mayor uniformidad.
Elordi afronta el reto de encarnar a un personaje que combina la competencia técnica con una fragilidad apenas esbozada, aunque el guion le proporciona pocas herramientas para profundizar en esa dualidad. Las escenas de Hig en su casa vacía o sobrevolando las ruinas de Denver transmiten una melancolía que el intérprete sabe comunicar, pero carecen del desarrollo necesario para que el espectador comprenda las motivaciones más íntimas de su periplo. Brolin, por su parte, encuentra en Bangley un personaje que explota sus registros más conocidos, el de la autoridad curtida que oculta un poso de humanidad, y consigue que las escenas compartidas con Elordi ganen en intensidad cada vez que ambos intercambian reproches o bromas ácidas. Qualley y Pearce cumplen con lo exigido, aunque sus personajes resultan funcionales dentro de una estructura que los utiliza como catalizadores del cambio en Hig antes que como entidades con entidad propia.
La fotografía de Erik Messerschmidt captura la inmensidad del paisaje con una paleta cromática que privilegia los tonos grisáceos y ocres, contribuyendo a la atmósfera de desolación que envuelve cada secuencia. Las tomas aéreas de la avioneta de Hig sobrevolando montañas y ciudades fantasma constituyen algunos de los momentos más logrados del filme, estableciendo una dialéctica entre la libertad del cielo y la claustrofobia de la tierra que resulta visualmente elocuente. La banda sonora de Harry Gregson-Williams combina arreglos orquestales con guitarras acústicas y temas folk que refuerzan el carácter melancólico de la propuesta, aunque en ocasiones estos recursos musicales resultan excesivamente explícitos en su intención de subrayar la emotividad de las escenas.
La cuestión de la representación en 'La constelación del perro' merece una atención que la película no parece dispuesta a ofrecer. El predominio de personajes blancos en un mundo diezmado, la caracterización de los Reapers como salvajes y la escasa presencia de comunidades diversas plantean interrogantes sobre la visión de Scott respecto al futuro que propone. El giro final hacia un mensaje de esperanza y reconstrucción comunitaria choca con la crudeza de lo mostrado anteriormente, y la conclusión se antoja precipitada, como si la película hubiera perdido interés en desarrollar las implicaciones de su propio planteamiento. 'La constelación del perro' ocupa un lugar menor en la filmografía de su director, una obra que transita con inseguridad entre el drama intimista y la aventura, entre la reflexión política y el entretenimiento, sin alcanzar la coherencia que requeriría para trascender las limitaciones de un género sobreexplotado.
Crítica elaborada por Dani Miguel Brown
