Cine y series

Gutiérrez is mai neim

Jesús Braceras

2026



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Jesús Braceras, realizador con una extensa trayectoria en el audiovisual argentino que abarca desde ficciones como 'Monzón' y 'Barrabrava' hasta el documental 'Muchachos, la película de la gente', asume el doble rol de showrunner y director en esta apuesta de Disney+ que combina el género policial con el humor ácido. El creador ha concebido una serie de ocho episodios de media hora donde la incompetencia institucional y la corrupción cotidiana se convierten en el motor de una trama que pretende desmontar los mecanismos del poder desde la óptica del disparate. La ficción se estrena el 26 de agosto de 2026 con Darío Barassi y Yayo Guridi como cabezas de cartel, secundados por un elenco donde destacan Juli Savioli, Abian Vainstein y Mario Alarcón. Braceras, que ya había explorado los márgenes de la ley en trabajos anteriores, encuentra en esta ocasión un territorio propicio para desarrollar su particular mirada sobre las instituciones argentinas, aunque el resultado final se revela desigual y carece de la contundencia que el material prometía en sus planteamientos iniciales.

El argumento arranca con el asesinato del embajador ruso en el conurbano bonaerense, un crimen que coloca a dos policías de la Bonaerense, Roberto Gutiérrez y Rubén Torcoletti, en el centro de una investigación que desborda sus competencias. La aparición del cadáver en su jurisdicción podría haber sido un contratiempo menor para estos agentes acostumbrados a pequeños sobornos y a eludir cualquier tarea que requiera esfuerzo, pero la magnitud del caso atrae la atención de la CIA y de otras instancias internacionales que pretenden hacerse cargo del asunto. Gutiérrez, sin embargo, se aferra a la posibilidad de resolver el enigma para obtener reconocimiento, aunque sus métodos distan mucho de los protocolos habituales: prefiere la intuición callejera y los contactos en el barrio antes que cualquier procedimiento técnico. El conflicto principal se articula entonces en torno a la pugna entre dos modelos de investigación opuestos, el estadounidense basado en tecnología y planificación y el argentino fundamentado en la improvisación y el engaño. Esta dicotomía permite a Braceras construir una sátira de las diferencias culturales que, sin embargo, se agota con rapidez al repetir los mismos chistes sobre la ineficacia local y la rigidez foránea.

La construcción de los personajes principales revela las intenciones del director de ofrecer antihéroes cercanos al espectador argentino, aunque el desarrollo de sus arcos narrativos se queda a medio camino entre la caricatura y el retrato costumbrista. Gutiérrez encarna al policía corrupto pero entrañable, aquel que conoce las reglas no escritas del barrio y las utiliza para sortear obstáculos, mientras Torcoletti funciona como su contrapunto más cínico y desencantado, especialmente en las escenas donde arrastra a su hija adolescente durante la jornada laboral y la expone a la crudeza del oficio. La relación entre ambos se nutre de una química evidente que Barassi y Yayo explotan con solvencia, pero el guion no profundiza en las contradicciones morales de estos individuos que roban cocaína de la comisaría mientras simulan investigar un crimen internacional. La incorporación de la sargento Ventura, interpretada por Juli Savioli, aporta un contrapunto femenino que podría haber cuestionado la masculinidad tóxica del entorno policial, pero el personaje permanece anclado en funciones secundarias sin lograr trascender el estereotipo de la agente novata que admira a sus superiores. Los superiores jerárquicos, como el comisario Capote y el ministro de Seguridad, aparecen retratados con trazos gruesos que acentúan su mediocridad y su preocupación exclusiva por las repercusiones políticas del caso, completando un panorama institucional donde nadie parece tener interés real en la justicia.

Las implicaciones políticas y sociales de la serie resultan evidentes desde sus primeros compases, pues Braceras sitúa la corrupción policial como un hecho asumido y naturalizado en el imaginario colectivo argentino. La trama insiste en mostrar cómo los agentes obtienen beneficios ilícitos de manera rutinaria, desde la comida gratuita en pizzerías hasta el desvío de estupefacientes incautados, y esta representación refuerza la percepción de que el Estado funciona a través de mecanismos paralelos que escapan al control ciudadano. La presencia de la CIA como antagonista externo permite al director reflexionar sobre las asimetrías de poder entre países, aunque el tratamiento resulta superficial al reducir el conflicto a una competición de astucias donde los argentinos salen victoriosos gracias a su picardía innata. Este planteamiento, que Braceras defiende como un homenaje a las virtudes nacionales, incurre en un peligroso esencialismo que justifica la ineficiencia estructural como un rasgo identitario y no como un problema político que requiere soluciones concretas. La serie parece oscilar entre la crítica social y la celebración acrítica de los defectos que pretende denunciar, una ambivalencia que resta mordacidad al discurso y convierte la sátira en un producto de fácil consumo para la audiencia local.

El estilo de dirección de Braceras se caracteriza por un ritmo narrativo irregular que alterna secuencias logradas con pasajes donde el humor pierde efectividad y la trama avanza sin rumbo claro. El director demuestra oficio en momentos puntuales, como la escena del suicida en la terraza donde el diálogo absurdo alcanza cotas de ingenio, o el episodio del viaje en patrullero con la hija de Torcoletti, que explora con acierto la incomodidad generacional. Sin embargo, estos destellos de creatividad se diluyen en un conjunto donde la repetición de gags y la dependencia de tópicos del género lastran el producto final. La fotografía de Daniel Ortega apuesta por tonos grises y una iluminación naturalista que refuerza la atmósfera del conurbano, aunque esta elección estética choca con la vocación cómica de la propuesta y genera cierta confusión tonal. La música de Sergei Grosny acompaña las escenas sin demasiada originalidad, recurriendo a motivos que evocan el cine de acción estadounidense para subrayar la parodia, pero sin alcanzar la distancia irónica necesaria. Braceras parece haber concebido la serie como un ejercicio de estilo que homenajea las 'buddy movies' de los noventa, pero la ejecución revela las limitaciones de un presupuesto ajustado y un guion que prioriza el chiste fácil sobre la construcción de situaciones verdaderamente absurdas.

La serie se presenta como un producto ligero destinado al consumo rápido, una característica que la sitúa en la línea de otras comedias argentinas recientes que apuestan por la identificación inmediata del espectador con personajes reconocibles. Este enfoque comercial tiene el mérito de ofrecer una alternativa al drama policial convencional, pero también limita las posibilidades de un relato que podría haber explorado con mayor crudeza las contradicciones del sistema de seguridad argentino. La decisión de distribuir los ocho episodios de manera íntegra el día del estreno favorece el visionado continuo, aunque la estructura episódica no aprovecha esta ventaja al mantener una trama principal demasiado delgada que se estira sin aportar giros significativos. Los guionistas, entre los que figura Leonardo Oyola, conocido por sus novelas negras como 'Gólgota', introducen algunos elementos del género policial duro que contrastan con el tono predominante de comedia, creando una tensión que podría haber resultado fructífera si se hubiera desarrollado con mayor sutileza. En cualquier caso, 'Gutiérrez is mai neim' confirma la apuesta de las plataformas por el contenido local con aspiraciones internacionales, aunque el producto final se queda a medio camino entre la sátira incisiva y la comedia costumbrista sin alcanzar la excelencia en ninguna de las dos vertientes.

Crítica elaborada por Andrés Gómez

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