Cine

Zatoichi

Takeshi Kitano

2003

Por -

«Incluso con los ojos abiertos… No soy capaz de ver nada…»

Japón, siglo XIX. Zatoichi es un samurái errante que vive de sus ganancias del juego y de su labor como masajista. Un día, un pueblo en las montañas, gobernado con filo de acero por la banda de Ginzo, se cruza en su viaje. Zatoichi y su nuevo y fiel amigo Shinkichi conocen a una pareja de geishas, bellas, pero con un aire peligroso. Okinu y su hermana, Osei, han llegado a la ciudad para vengar el asesinato de su familia a mano de una banda yakuza, y la única pista que tienen de aquel incidente es un nombre: Kuchinawa.

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Como lo haría Yojimbo a manos del maestro Akira Kurosawa, aparece aquí un Zatoichi errante a las afueras de un pueblo en las montañas. No es que ambos hitos de la espada en la cultura cinematográfica japonesa se parezcan entre sí — Zatoichi es más perro-viejo y, sobre todo, RUBIO — sino porque ambos están presentados, en esta — Zatoichi (2003) — y en aquella — Yojimbo (1961) — con la misma misma maestría, con la misma gracia. Nos encontramos ante la revisión posmoderna de uno de los clásicos de la filmografía japonesa por excelencia: la saga de Zatoichi, personaje que aunque naciese de inicio en la literatura a manos de Ken Shimozawa, se popularizó con su aparición en la gran pantalla. Desde 1962 a 1979 se hicieron veintiséis películas del personaje, hito que podríamos comparar con Godzilla — o Gojira — o con la saga cinematográfica de Tora-san, aunque en muchísima menor medida — ¡48 películas hasta 1995! —. Takeshi Kitano es quien se encarga esta vez de adaptar e interpretar la historia a nuestros tiempos, y bajo su peculiar estilo nos ofrece un ejercicio cinematográfico muy especial y muy propio, alejándose de la narrativa clásica y prototípica impuesta en el género chambara — de samuráis — tan propio, sobre todo, de mediados de s. XX en Japón, cuyos mayores exponentes podrían ser Akira Kurosawa o Masaki Kobayashi.

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Se van destapando desde el principio hasta cuatro o cinco frentes distintos con un nexo común: el mismo pueblo. Zatoichi, el masajista ciego y errante; el portentoso samurái, ajeno a todo lo que no sea prestar atención y protección a su amada o protegida enferma, la que durante la cinta reprocha al mismo sus actos en pos de esa misma seguridad, aunque a él parezca darle igual, pues incluso podemos verle disfrutando de ciertas acciones no precisamente bondadosas — aunque obligatorias si eres un samurái que se precie —; por otro lado a las geishas sedientas de sangre y venganza, buscando pistas alrededor del asesinato de su familia y, por último, el clan o los clanes yakuza que dominan la zona y a los lugareños, a los que someten a sus duros impuestos. Cuando desde estos frentes varios caminos se juntan, empieza el verdadero conflicto, que acabará en una espectacular y efímera lucha entre Zatoichi y el samurái guardaespaldas.

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El filme de Kitano es, sobre todo, un ejercicio de estilo increíblemente libre y divertidísimo, que aboga por las medias tintas entre la comicidad y el tomarse en serio a sí mismo. Las escenas de acción están filmadas con maestría, y pocas veces se puede hablar de recursos digitales como la sangre repercutiendo positivamente a la estética de esa forma. Si os gustan los samuráis y el cine de Tarantino, o el manga, pues considero que tiene bastantes recurrencias de lo que arquetípicamente puede significar un cómic japonés cualquiera — el baile entre lo cómico y lo serio, las escenas de acción y la gran variedad de personajes —, si os gusta eso, seguro que Zatoichi os encanta.

Crítica de Abraham Cea

Enrique

Amante de la música y el buen cine. Me gustan las películas que cuentan una historia a través de pequeños detalles. Hay mil formas en las que un director expresa una idea; yo trato de averiguarlas para contártela.

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