Diego Luna lleva una década alejado de la silla de director, un periodo en el que su carrera interpretativa alcanzó una visibilidad enorme gracias a personajes televisivos de gran calado. Ese paréntesis, lejos de empujarle hacia un regreso estridente, desemboca en ‘Ceniza en la boca’, un acercamiento sereno a la figura de una joven mexicana que malvive en Madrid y Barcelona mientras arrastra las consecuencias de un abandono materno ocurrido ocho años atrás. La película, basada en la novela de Brenda Navarro, se presentó en las Proyecciones Especiales de Cannes y después pasó por Horizontes Latinos, y en ella Luna renuncia de manera consciente a cualquier efectismo para instalarse en un registro de observación paciente, casi documental, donde lo que importa sucede en los márgenes de las conversaciones y en los silencios que separan a los personajes. Anna Díaz encarna a Lucila con una contención que resulta decisiva: su rostro sostiene la película entera y traduce el cansancio acumulado de quien ha tenido que ejercer de madre antes de tiempo, sin que el relato necesite subrayar nada con diálogos explicativos. Esa apuesta por la sobriedad convierte el arranque en una experiencia incómoda, porque el espectador recibe a la protagonista ya endurecida por los años y debe reconstruir por su cuenta el daño previo.
El eje del conflicto reside en la convivencia tensa entre Lucila y su hermano pequeño Diego, un adolescente que se ha criado pegado a ella y que contempla cualquier intento de mudanza como una amenaza. Esa dependencia mutua funciona como motor de casi todo lo que ocurre, y Luna la filma con una distancia que evita el sentimentalismo, dejando que sean los cuerpos cansados y los reproches breves los que revelen la fractura. La relación con Isabel, la madre que se marchó a España para buscarse la vida, aparece marcada por un rencor que Lucila administra con frialdad, y Adriana Paz compone a esa mujer desde la escasez de gestos, sin pedir clemencia al público. La puesta en escena de Damián García recurre a ventanas y marcos que convierten los interiores en límites, y hay una imagen que condensa el conjunto: la protagonista observando desde la calle cómo una grúa eleva un sofá hacia un piso inalcanzable. Ese motivo visual habla de una desigualdad estructural que la película expone sin discursos, y el trabajo sonoro, con la ciudad creciendo hasta ahogar las voces, refuerza la asfixia de una vida precaria sostenida a base de encadenar empleos mal pagados.
La migración aquí adquiere un matiz poco frecuente, porque el idioma compartido entre México y España termina revelándose como un espejismo de integración. Lucila cuida niños y ancianos, reparte comida a domicilio y finge ante sus amistades que estudia en la universidad, y ese engaño sostenido mide con precisión el peso del estigma que recae sobre quienes llegan del otro lado del Atlántico. La película señala el racismo cotidiano, la arrogancia de una empleadora despectiva y la dificultad de aprender catalán como capas de una misma exclusión, aunque lo hace desde la anécdota concreta y huye de convertir a la protagonista en un emblema abstracto. Cuando la acción se traslada a Barcelona, la búsqueda de independencia se topa con una realidad laboral que replica la de Madrid, y el relato insiste en esa repetición como forma de desgaste: cada ciudad promete una vida nueva y entrega la misma rutina de supervivencia. Diego aparece entonces para romper el equilibrio, y su reproche más duro, ese que acusa a Lucila de haberse convertido en su madre, golpea porque nace de alguien igualmente abandonado y porque condensa el miedo compartido a repetir la historia familiar.
El regreso a México en el tramo final introduce un cambio de registro que desplaza la película hacia terrenos más reconocibles del cine de denuncia latinoamericano. La protagonista vuelve al barrio de su infancia con las cenizas de un ser querido en la mochila y se encuentra con unos abuelos que la acogen con afecto y con una violencia callejera que ya ha transformado el vecindario en un lugar ajeno. Ese contraste entre la calidez doméstica y la barbarie exterior resulta el pasaje más emotivo, aunque también el más esquemático, porque la irrupción de un grupo armado y la referencia a las desapariciones de niñas funcionan como pinceladas gruesas dentro de una narración que hasta entonces había confiado en la elipsis. La revelación sobre los motivos de Isabel, largamente postergada, llega en forma de explicación verbal y pierde parte de su fuerza al formularse de manera tan directa. La película se sostiene, en cualquier caso, sobre la interpretación de Díaz y sobre una idea que atraviesa todo el metraje: pertenecer a un lugar exige algo más que haber nacido en él, y Lucila descubre que también en su propia tierra puede sentirse extranjera. Luna firma un regreso discreto, incómodo y difícil de olvidar.
