Cine

La dolce vita

Federico Fellini

1960

Por -

«— Querría vivir en una nueva ciudad, para no encontrarme nunca a nadie.
— A mí, en cambio, Roma me gusta muchísimo. Es una especie de jungla, cálida y tranquila, donde uno se puede esconder bien. 
[…]
— ¡Qué aburrimiento, Roma! Necesitaría una isla. 
— Cómpresela. 
— Ya lo he pensado. Pero, luego, ¿adónde iría?
— ¿Sabe cuál es su problema? Tiene demasiado dinero. 
— Y el suyo no tener bastante. Entre tanto, aquí estamos los dos.»

Marcello Rubini (Marcello Mastroianni) es un periodista romano, con bastante más galanura que el resto de sus colegas, que merodea por Roma con cierto desencanto, entre las fiestas nocturnas que celebra la burguesía y demás grandes individuos de la sociedad italiana. Lleva una vida libertina, y ésta se verá influenciada por su peculiar relación amorosa con Emma (Yvonne Furneaux), su novia.

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Italia, ese país tan dotado en el que el único fallo es que todo redunda. La belleza, la miseria; el amor, el odio… Nos hallamos ante la más célebre de las celebérrimas películas del director italiano con más sobrenombre en el panorama internacional: Federico Fellini — autor de, entre otras, Ocho y medio (1963) o La strada (1954). Dejando de lado sus preferencias neorrealistas — durante la cinta, un periodista pregunta a la escandalosa actriz sueca Sylvia (Anita Ekberg) sobre si el neorrealismo está muerto; bien sea una respuesta propia, o simplemente lo que le haya dictado el jefe de prensa para no caer en bochorno, la actriz responde «no lo creo»—, decide filmar a golpe de plano secuencia una tragicomedia social que aúna en el espíritu y en la sociedad italiana de los años sesenta, sobre todo en lo referente a su vida y los modelos aristócratas.

Es brillante, además de la durísima radiografía de una sociedad italiana moderna impregnada por el más rotundo nihilismo social y personal, moral y vital, la ironía que desprenden ciertos pasajes de la película, donde el drama —o el slice of life o Recuentos de la vida, tan comúnmente denominado como drama — se mezcla en un refrescante cóctel con la más punzante de las ironías. Y es que, La dolce vita, no deja en ningún momento en buen lugar a esa labor tan esquizofrénica que es el periodismo, retratado aquí como una de las mayores pestes modernas, llena de trabajadores cuyo objetivo principal es sacar la mejor de las fotos, independientemente de las pésimas y humillantes acciones que deban realizar o la moralidad o fidelidad que tengan que dejar de lado frente a cualquiera de las personas, sea quien sea. Otro ejemplo de la ironía que adorna la obra de Fellini es la escena en la que, nuevamente, la prensa de medios de todas las zonas, lugareños y otros personajes acuden a contemplar el lugar en el que, supuestamente, unos niños han tenido una aparición divina y como todo ello se convierte, ni más ni menos, en un circo romano. El catolicismo, tan ligado históricamente a Italia, convertido durante la modernidad en una fachada vacía con la que rellenar la página de un periódico.

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Durante las casi tres horas que nos ocupan, circulan por el teatro de La dolce vita numerosos personajes, a cada cual más variopinto: desde el padre de Marcello, punto de inflexión en la cinta y foco principal de conocimiento sobre el trasfondo del personaje que interpreta Mastroianni, al ser un espejo con arrugas de éste y viejo conocedor de, parece, todo lo que encamina y encaminará nuestro protagonista a lo largo de su vida; un personaje que aparece, por cierto, sin mayores explicaciones dentro de la película y sin mostrar ningún tipo de referente materno en la relación padre-hijo. Hasta otros como su novia, con la cual mantiene una masoquista — al ser ella muy posesiva y pasional y estar los intereses de ambos tan distanciados: pues lo que Marcello desea dentro de su vida, Emma no se lo puede dar — e interesante relación. Pero, como ustedes mismos podrán comprobar, el personaje que hace de nexo en todos los casos e hipocentro de la película no es otro que Marcello, un personaje, aparentemente, siempre ajeno a todo lo que sucede — en el sentido emocional: todo parece darle igual —, aunque siempre involucrado al mismo tiempo. Y es que la película nos presenta a Marcello como un periodista distinto al resto, como un galán de alto estatus al que no le hace falta mendigar ninguna noticia: le basta con actuar a modo de titiritero y dedicarse a esperar. Poco a poco es él mismo quien se encarga de borrar esa imagen sobre su persona, mostrándose como un individuo algo detestable que sólo vela por sus intereses, sin prestarle demasiada atención a su mujer — a la que engaña. No tarda demasiado en dejarse llevar por los lujos y la vacuidad del sistema aristocrático italiano, convirtiéndose, al final de la película, en un agente de marketing y relaciones públicas pelele y borracho: un mero juguete para sus nuevos y supuestos amigos, a los que invita normalmente a fiestas celebradas en su increíble casa. Marcello está muerto, y es al final, en la playa, cuando una niña a la que habíamos conocido previamente durante el desarrollo de la obra, nos lo confirma.

La dolce vita es una de esas obras de arte particulares con la que muchos países tienen el placer cultural de contar, pero no obras de arte cualquiera, sino esas únicas e intransferibles, bien por hablar sobre la cultura del propio país o por retratar alguno de los momentos de su historia. Cuentos de Tokio (1953) es una obra magna del cine  y más concretamente del japonés. No estoy diciendo que La dolce vita sea igual de buena que Cuentos de Tokio, tampoco estoy diciendo que sea peor — intentar refutar cualquier debate de este tipo se antoja, muchas veces, absurdo. Lo que estoy diciendo es que, sea de agrado personal o no, lo intachable es que La dolce vita es una de las mayores obras artísticas que ha dado el cine italiano en y para su historia. Pero, ojo, La dolce vita no puede no ser italiana, igual que el viejo Ozu y sus historias jamás podrían ser de cualquier otro país que no fuese el del Sol naciente.

Crítica de Abraham Cea

Enrique

Amante de la música y el buen cine. Me gustan las películas que cuentan una historia a través de pequeños detalles. Hay mil formas en las que un director expresa una idea; yo trato de averiguarlas para contártela.

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