Zoe Kazan, nieta de Elia Kazan y responsable junto a Jeb Stuart de esta adaptación televisiva de ‘Al este del Edén’, traslada a la pantalla la novela de John Steinbeck con una ambición que roza lo temerario. Siete capítulos abarcan varias décadas y tres generaciones de los Trask, desde la Connecticut posterior a la guerra civil hasta el valle de Salinas en los albores de la Primera Guerra Mundial. La serie arranca con una mujer maltrecha arrastrándose por el barro hacia una granja, y esa imagen condensa el tono de una obra que observa cómo el sufrimiento se hereda y se transforma en crueldad. Kazan escribe cada episodio, salvo uno compartido con Alexander Chee, y dirige junto a Garth Davis y Laure de Clermont-Tonnerre. El resultado se sostiene sobre una tensión productiva entre la fidelidad al texto y la necesidad de justificar siete horas de metraje. Donde el filme de 1955 reducía el relato a su tercio final, aquí se despliega el conjunto, aunque con cesiones que lastran ciertos tramos.
Florence Pugh encarna a Cathy Ames, ese personaje que la propia novela describe como un ser monstruoso nacido de padres normales. Pugh compone una mujer que mide cada movimiento, que pasa de muchacha golpeada a esposa renuente y después a madame endurecida, y lo hace con una inteligencia interpretativa que convierte la mentira en máscara y la sinceridad en arma. La serie, sin embargo, decide explicar su maldad mediante un episodio traumático de infancia, y esa concesión al sentimentalismo del espectador rebaja la ferocidad inexplicable que hacía de Cathy una figura tan perturbadora. Steinbeck sostenía que los monstruos nacen; Kazan prefiere sugerir que se fabrican. Esa rebaja convive con una interpretación soberbia que sostiene el edificio incluso cuando el maquillaje envejece a la actriz con torpeza. Christopher Abbott compone un Adam melancólico y pasivo, mientras Mike Faist aporta una inquietud peligrosa a Charles, aunque el guion lo arrincona demasiado pronto. La tensión fraternal, eje del relato bíblico, pierde fuelle cuando la narración abandona Connecticut.
Hoon Lee interpreta a Lee, el cocinero chino-estadounidense que en la novela funcionaba como observador lúcido y que aquí gana un espacio propio hasta convertirse en el auténtico sostén afectivo de la función. Lee finge un dialecto torpe ante quienes lo desprecian, y entre puertas cerradas discute filosofía con Samuel Hamilton, encarnado por Ciarán Hinds con una calidez que compensa su papel reducido. Esa amistad permite articular el concepto hebreo de timshel, esa noción que otorga al individuo la capacidad de elegir su camino por encima del destino. La serie convierte esa idea en su eje moral, y lo hace con una claridad que roza la obviedad en los diálogos, pero que encuentra en la mirada cansada y digna de Lee una encarnación conmovedora. El episodio quinto, centrado en su pasado y en su relación con los hijos de Adam, ofrece los momentos más ricos de la temporada, y demuestra que el relato gana cuando se aparta del melodrama conyugal para atender a quienes observan desde los márgenes.
La puesta en escena de Davis y de Clermont-Tonnerre explota paisajes neozelandeses que suplen California con una belleza crepuscular, y la fotografía de Stuart Dryburgh y Sam Chiplin ilumina cada reencuentro y cada traición con una luz que subraya el paso implacable del tiempo. La partitura de Laura Karpman acompaña sin subrayar en exceso, y el diseño de producción reconstruye con esmero una época que se transforma mientras los personajes permanecen atrapados en sus rencores. Esa contradicción entre el movimiento de la historia y la inmovilidad moral de los Trask constituye el mayor acierto del conjunto, aunque el ritmo se resienta en los episodios dedicados al burdel y a la ascensión de Cathy, donde la serie se recrea en la crueldad con una complacencia que enturbia el juicio. El reparto joven que interpreta a los gemelos Cal y Aron cumple sin brillo, y la subtrama de Abra queda desdibujada. Aun así, la miniserie logra que una novela sobre la culpa y la libertad resulte vigente sin traicionar su pesimismo esencial.
